jueves, diciembre 18, 2008

Fisiología de un acto de locura


Por: Perro

Aquí comienza el relato de una locura que no quiso encontrar final hasta que ése final tuviera tu olor y que se propaga por todo mi ser con el deseo de hacerlo también en el tuyo…

Es acaso apenas más incierto el inicio que el estado actual de una locura que nació un día en mi cabeza y que clama por perpetuarse en lo más profundo de la capa más externa de un cerebro que no imaginó jamás la tarea que se le iba a encomendar. Nunca supo cómo lidiar con imágenes de una visión no pasajera que relataban un futuro desconocido pero acogedor. No estaba entrenado para desenmarañar los miedos que estorban al nacimiento de un tronco poderoso con ramas que trazarán los senderos (referirse al texto Senderos, próximo a salir) posibles de un camino único que desembocará en sólo más ramas y estas a su vez en hojas y flores y con suerte más ramas que sean bañadas por el sol o una brisa o una llovizna, o acaso una caída que simboliza el triunfo del mismo miedo a caer. No sabía qué era lo delicioso, lo apacible, lo sublime, lo más noble y lo más simple: la belleza que se derrama de un ser que no requiere máscaras de ningún tipo para ser irresistible. Más aún: tenía desparramados por todo su abstracto limbo lienzos inacabados de porciones de un sueño que nunca alcanzó a integrar hasta que tu presencia hizo posible delirar con tu existencia.

Inexperto, poco astuto, poco preparado, se hace un lío con la tormenta de estímulos que comienza a recibir de su contraparte femenina que no perdona y ataca haciéndole fallar el control, la cordura y la tranquilidad, le incita y le inquieta con miradas dirigidas desde lo más interno de su ser. El cerebro contendiente presta atención a sus debilidades y le ofrece la posibilidad de tomarle de la mano, de acariciar su cabello, de perder las manos en la inmensidad del cielo que representa el cuerpo que habita. Exhausto, un aturdido ser pierde el sueño reparador a cambio de horas de estímulo meramente auditivo donde el dulce de tu voz se engancha en mis tímpanos y recorre los nervios por todo el cuerpo y provoca que se erice la piel y cierre muy fuerte los ojos y las manos cuando escucho cosas para las que el pobre encéfalo no estaba preparado. Es entonces que empieza a asomar lentamente un líquido agridulce que cubre con su viscosa presencia el kernell de la mente y se emociona, se entrega, se enamora, sin caer en cuenta que está dejando atrás miles de actitudes, destellos y miedos y los cambia por nuevos planes, acciones y miedos.

Se pierde, víctima de tantos estímulos nuevos, de tanta belleza después de tanto tiempo de morder tierra y sorber gusanos. Se pierde y da paso a una sensación de realidad alterada, demasiado buena para parecer cierta, y se pregunta sin ganas de tener respuestas. Se daña y se altera a sí mismo porque no puede creer que de pronto sea el blanco de tantas palabras que no contemplaba percibir. Graba instantáneas tridimensionales ayudado por sus más pobres instrumentos para intentar interpretar la naturaleza de su realidad que más tarde registra incesantemente por todos lados en búsqueda de algún indicio de las redes neuronales hubieran fallado y hubiesen creado la ilusión tan perfecta que representas en mi efímero camino.

En el colmo de tan irreal despliegue de virtudes, se exhibe el detonante del contacto físico que legitima la existencia tan poco probable de dicho encuentro con un beso que ya no encontró final y que se sigue filtrando por entre los milímetros o kilómetros que nos separen y deja su huella perpetua con la sensación de aún tenerte fundida en mi boca, dejando tu sabor recorrer otro cableado de neuronas que registrarán cada partícula derivada de tu presencia susceptible de ser recordada en futuros encuentros. No hay más, se pierde irremediablemente el pobre órgano distribuidor de órdenes en un estado de incredulidad y franca alegría. Es el contacto físico elevado a un nivel inmaterial acaso, probablemente así percibido por una bioquímica que escasea de argumentos para poder describir el acto en el cual dos seres terminan por volverse uno solo, o miles, o volverse parte de un todo que los envuelve y los exime por momentos de la realidad que les acompaña desde que la memoria los condena se anidó por vez primera en su ser. Son acaso los miedos los únicos detractores que se asoman y profieren contra la causa en nombre del pasado que debe ser derrotado, un pasado donde la constante era el frío y el común denominador la decepción. Ahora el atormentado animal lucha por mantenerse entre el gozo absoluto y el terror de la pérdida causada por los simples temores, y pelea y no quiere caer, pero el vértigo de encontrarse entre lo más bello y lo más detestable lo confunde atrozmente. Es hora de ser feliz, decide el animal y no le queda más remedio que dejarse envolver entre tus cabellos, embriagarse con tu saliva, adormecerse entre tu olor y quedarse prendado de la cálida sensación de tu presencia. Se convence de tomar el sendero del camino que cree correcto y perderse en una nueva selva que no le pertenece ni a uno ni a otro sino que se traza, se desdibuja y modifica su tamaño conforme los pensamientos de quienes protagonizan la locura van encontrando la madurez de aceptar su condición de seres completos, plenos. Y felices.

martes, diciembre 02, 2008

Naranja


Por: Perro

Es a veces complejo comprender por qué ciertas percepciones se arraigan tan fuertemente en nuestra cabeza hasta el momento de hacerse parte de nosotros. Una de ellas es la experiencia visual, que puede dejar enclavado en la memoria un momento a perpetuidad. Y entre más simple –natural- el estímulo, más increíble la sensación que despierta. Sin pretender ser un texto esotérico, una guía de personalidad ni mucho menos un análisis estético, se deja al lector la tarea de sentir lo que le plazca, sin remordimientos, con las siguientes líneas.


El naranja es un ejemplo de belleza y natural contraste. Es, visualmente, la mezcla del rojo y el amarillo. Así pues, el rojo es el estímulo más fuerte que puede tenerse como color puro: es el inequívoco patrón que emana de la herida, ese patrón que simboliza asimismo vida. Es el color asociado a la pasión, a la valentía, al arrojo, al dolor, a la carne viva expuesta al frío viento. El rojo habita en los labios, en los besos, en el rubor que provoca la persona deseada al pasar, en los atardeceres que deseamos nunca terminen y en los amaneceres que saben tan bien a lado de ciertas personas. El rojo es el desbordamiento, es la entrega, es el color que se asocia con el dulce de la fresa, el sabor a fierro de la sangre, el olor a cereza inocente. Es la máxima visual que se arraiga en nuestro inconsciente y despierta sueños y pesadillas, victorias y fracasos, símbolo de hazañas y derrotas. Quien lo posee tiene fuerza, atracción, determinación, seguridad, pero así mismo es objeto de deseo, de búsqueda, de la mirada infinita del ojo colectivo e individual que goza de su presencia.


El amarillo es delicado, es suave, es parte de lo más noble y admirado que anega el horizonte. Es el final del amanecer, el color de la luz del sol (al menos en el periodo geológico en el que estos retazos de ideas son escritos), es el polen, que a su vez es inicio y fin de ciclos que alternan el crecimiento con la muerte temporal. El amarillo lo tienen las plantas que recién maduran, es la elegancia que reviste los campos y las praderas, se confunde con el dorado y baña las planicies. Es también el que marca el fin de la estación de abundancia y el inicio de una parte de resistencia, de cambio constante, es la promesa de una tregua cuando se vive entre dos excesos. Es la tranquilidad, voluntaria o no consentida, que embarga al espectador de los escenarios donde habita. Es el sabor ácido y fresco de los cítricos, es el olor a fruta que invade el aire de verano, es el color de la frescura de la primavera.


El naranja, por último, puede ser una mezcla de los dos colores primarios o la simple presencia simultánea de ambos, cosa obvia pero no por ello menos asombrosa. Indica el amanecer y el atardecer, límites visuales del horizonte que contrastan con el azul del cielo que es infinito en tanto masa de gases que bordea pero no atrapa, y límites así también de la noche y el día, mediador entre la luz y la oscuridad. Es el color que despierta el apetito y es el que caracteriza el justo medio entre dos extremos. Agridulce. Puede ser el olor dulce de la naranja pero también el sabor picante de ciertas salsas. No permanece estático pero tampoco en movimiento perpetuo, equilibrio dinámico de seductor vaivén que atrae y provoca pero guarda un dejo de inocencia que vuelve irresistible su presencia. Hay también unos pocos que lo mantienen como estandarte innegable de su temperamento, tienen la libertad de las patas de las aves que portan dicho color en la mencionada extremidad, pero asimismo son poseedores de la responsabilidad de sostener el emplumado medio de transporte. Existe en este color una belleza controvertida pues por mero contraste su sola presencia puede crear un punto de atracción sobre un plano monocromo, más no se deja empequeñecer cuando se le coloca en un medio alborotado y saturado, pues su sutil manejo es suficiente para despertar las más diversas emociones. Es libre, rico, se le observa desde el fondo del mar hasta lo alto de la copa de los árboles. Implica el necesario fin del verano y su calmada transición hacia el invierno, intermedio ineludible de agradable clima que toma lo mejor del calor del primero y la necesidad del mismo del segundo y coordina el cambio entre ambos extremos. Tiñe con sus tonos los atardeceres de octubre y le da su color a la luna crepuscular durante ese mismo mes.

lunes, noviembre 10, 2008

Límites

Por: Perro

Cuando pasan las tardes y veo el sol ponerse en el fin del ocaso es inevitable pensar en que ciertas veces se vive sin tener conciencia de ello. Nacemos y crecemos sin saberlo, y cuando tomamos conciencia es porque ya morimos. Es cuando descubres que una mano, el aire cargado de los residuos de la vida de alguien más, cobran importancia. ¿Por qué no es sencillo dejar de cometer errores humanos cuando lo trascendente es divino?

Es a veces la imprudencia, a veces la sensación de despojo, a veces el remordimiento... los puedes llamar como quieras, pero no puedes condenarlos. Puedes correr, mentir, gritar, pero no puedes hacerlos desaparecer. Son ellos los únicos que te acompañan a cada paso, en cada instante y en todo camino. Son ellos quienes te recriminan y te asustan, son los fantasmas de los errores del pasado.

¿Qué hacer? Negarlos es matar una parte de tus ayeres. Vivir con ellos ensombrece tu existencia. Dejarlos ir no tiene sentido pues ellos viven por tí y se alimentan de tus palabras... no se irán. ¿Qué hacer? una tregua. Convivir y conocerlos, que te conozcan. No los puedes matar, no te pueden matar. Sólo escucha las vagas voces que emiten y trata de no entorpecer ni que te entorpezcan (Live and let die...).

Son, están, porque vives. Y es en los atardeceres que los ves, sentados en las nubes esperando el siguiente error que mates y se una a ellos en las alturas, desde donde te vigilan. Pero no te preocupes, que aún cuando para tí sea un atardecer, para alguien más apenas amanece.

... Venid y habladme de las cosas idas
de las tumbas que callan,
de muertos buenos y de ingratos vivos...
Voy con vosotras,
vamos a casa.

fragmento de Mis enlutadas, Manuel Gutierrez Nájera

¿Renovarse o morir?


Por: Perro

Es en días oscuros y en noches claras cuando se percata uno de la inmensidad del horizonte. Es entonces que los destinos se hacen infinitos y las posibilidades se antojan eternas. El tiempo pierde su medida tradicional y las distancias pierden todo sentido y respeto. Es entonces que el viento arrastra los pormenores superfluos y deja las cosas de fondo, las que han dejado hondas huellas y cimientos suficientes para que al desnudar el alma no pierda forma la esencia de nuestro ser.

Entonces surgen las verdaderas preguntas que forjarán los futuros ayeres de nuestro camino: ¿hay direcciones correctas? ¿hay errores irrevocables? ¿estamos realmente solos, o realmente acompañados?

¿Qué quise de mi vida? ¿Qué pasado quiero mañana? ¿Qué tanto puede repercutir una palabra, un soplido ínfimo con un significado etéreo?

Es acaso esta, la despedida que hago a mí mismo al final de un camino. Son acaso estas líneas el inicio de un vuelo que no pretende ser eterno ni de tardío aterrizaje, sino simplemente un vuelo, un medio para despegarse de lo habitual y que lleve a una parte nueva el conocimiento y experiencias viejos.

Hoy decido partir y digo no adiós, sino hasta luego. Si, amenazo con volver, más fuerte y más sabio de lo que hoy considero que soy. ¿Volver? pero si volver implica regresar al mismo sitio! aaahhhh, no es una cuestión espacial, ni espacio-temporal, es una metáfora... engañosa, como lo es el destino y las razones que hacen pensar en él.

¿Arriesgado? no, porque nada se está arriesgando... no se puede poner en juego lo que no existe, ni se corre el riesgo de perder algo que no se tiene. ¿Por qué partes, si en todos lados encuentras las respuestas -o la omisión de las mismas- a tus preguntas, balas que matan falsas amistades, que cortan mentiras y cercenan vanidades?

El cielo yace hoy a mis pies recordando que representa la falsa frontera de un mundo regido por leyes que nos hacen esclavos, porque están pensadas para hacernos sentir que hay un esquema único y una salida óptima, cuando en sí afuera hay mucho más que sólo lo que se percibe desde la prisión de la diaria vida.

Gracias amigos, gracias amigas, gracias hermanos y hermanas, que con cada frase, cada palabra, cada instante, han contribuído a hacerme crecer. Cada experiencia a su lado me recuerda que hay más por vivir que lo que se considera vivir. Gracias enemigos y enemigas, hipócritas y aventajados de todo calibre, que ustedes son quienes me han enseñado a defenderme, a jugar este ajedrez sociopolítico que me hace hoy un poco más difícil de engañar que ayer.
Gracias mentiras, por obligarme a construir una verdad más cercana a la realidad que no dependa de falsas vigas para sostenerse.

Gracias a quienes me han dado amor, amistad y apoyo, porque sin ello hoy sería más duro y frío de lo que es saludable ser. Y gracias a los que me han negado lo anterior, porque por ustedes es que hoy soy lo suficientemente duro y frío como para evitar caer en depresiones estúpidas.

Gracias mediocres, cretinos, vividores, espurios, falsos amigos, porque sin ustedes no tendría hoy el coraje de terminar con su existencia, situación que me lleva a buscar nuevas fronteras. Gracias a los que no creen en mí, porque me convierten en el único loco que se atreve a desafiarme y llevarme lejos.

"Cada quien es responsable de lo que siente" T.J.P.N.M.

Tonos


Por: Perro

He escuchado que “decirlo todo, está muy cerca de no decir nada”, y decido correr el riesgo.


Ciertos momentos ofrecen a los sentidos un deleite particular. Y ciertas ocasiones son los sentidos con su deleite particular lo que puede hacer la diferencia entre lo natural y lo extraordinario. Es poco común encontrar en una sola situación la conjunción perfecta de un sentido afinado y un estímulo adecuado que den por resultado una experiencia extraordinaria. Dicha rareza se debe a que pocas veces la belleza se encuentra con un receptor capacitado para apreciarla y cuando esto ocurre lo más mundano que se nos ocurre decir es que se trata de una obra de arte. Dado que hablar de quien observa es superfluo en tanto carente de objetividad, pasemos al tema de la fuente. No es fácil explicar por qué razón algunas composiciones, eventos o personas nos resultan atractivos, y menos aún por qué esta atracción puede ser tan fuerte como para mantenernos cautivos, sin embargo siempre hay presente en dichos escenarios armonía, contrastes y una sensación que saca a quien percibe el evento de esa cotidianeidad que nos vacía. Bien apunta Picasso: “El arte sacude del alma el polvo acumulado en la vida diaria”. Impacta el hecho de que quien logre ese balance de propiedades sea otro ser vivo, más si es de la misma especie.


Es difícil explicar más allá de las meras reacciones bioquímicas y de la fisiología de Homo sapiens lo que nos hace sentir tan bien por ser espectadores de tales eventos, y es más difícil aún entender cómo es que se sacia el individuo de esa sensación, si es que en algún momento puede llevarse a cabo dicho final. ¿Qué puntos espacio-temporales son capaces de despertar en nosotros tales resultados de la percepción? Es la conjunción de la brisa que mece suavemente los pastos dorados, naranjas, en un amanecer de otoño, con los aromas dulces que despide la tierra que recién despierta a los rayos de un sol que no abrasa pero que deja sentir su calor a pesar del frío terrenal que nos invade con su dinero, su corrupción y sus mentiras. Son las fuentes de donde brota el agua de pureza prístina con sus tonos al fondo, desde donde se aprecia el mero reflejo del asistente a tan íntimo evento rodeado de halos inciertos de colores que engañan y seducen, como si quisieran adueñarse inocentemente del observador. Es la tersa superficie de un mundo entero que se mueve por dentro, por quién sabe qué motivos, que sufre de erupciones y terremotos, que llora ríos desde las partes más altas e inaccesibles de su ser y que crea penínsulas, valles, islas, de formas caprichosas y que contrastan con cuanta agua pueda rodear dichas estructuras. Son los movimientos de la flora y la fauna los que anuncian vida, los que hacen ruidos que pretenden comunicar y cuyo mensaje se pierde en la traducción por culpa de nuestro antropocentrismo y de nuestra capacidad de otorgar actitudes y sentimientos “humanos” a otros seres con tal que despierten en nosotros humanos sentimientos.


Cuando es otro ser de la misma especie el que nos despierta sensaciones, entonces se vuelve un complejo caldo de emociones mezcladas con ilusión y un toque de razón. Y comienza una lucha interna entre lo que se quiere, lo que se cree y la percepción de lo que realmente es. Y nos fijamos en cosas que a otros podrán parecer vanas, carentes de sentido o ridículas. ¿Por qué razón ocurre esto? El capricho de las neuronas, los recuerdos de patrones de la infancia o incluso antes, la tendencia a repetir ciclos e incluso el hecho de querer salir de lo convencional –lo que sea que “convencional” signifique para cada quien-… todo se mezcla y genera un modelo prototipo basado en el pasado (biológico, psicológico, cultural) que asegure que es posible un futuro con dichos elementos.


Y sobreviene la etapa de acercamiento, en la que cada elemento dispara señales que arraigan cada vez más las sensaciones ligadas a dicha persona y posteriormente las vuelve sentimientos conforme maduran y crecen. Adquiere mayor dramatismo el contraste del cabello con la tez del rostro, aumenta la profundidad de la mirada, se hacen delicados los trazos y las fronteras con el mundo externo se tornan confusas y perdemos la división entre el ser y el entorno con la consecuente elaboración de metáforas con respecto a los pastos en otoño, los olores del amanecer y los volcanes, ríos y demás situaciones geográficas que desean exaltar no tanto las características de quien admiramos sino más bien la forma en que percibimos la grandeza del todo que conforma a la otra persona. Vaciamos los atributos más naturales encima de sus características y los amasamos con palabras suficientes para que se transmita la idea de lo que su presencia o su ausencia nos hace sentir y evocamos a las voces de mil aves, a los colores de mil atardeceres, a los olores de mil flores, a los sabores de mil manjares y a las texturas de mil paisajes para tratar de explicar lo que sigue a la fisiología en el proceso de enamoramiento


Acurrucada en la incertidumbre del evento siguiente, vive la ilusión, y es la que provoca los inmensos deseos de ir a dormir y soñar con quien nos quita el sueño, es la razón por la cual se espera el final del día para poder estar de nuevo solos y convencernos de que lo que sentimos es en realidad algo posible. En ocasiones se llega al extremo de “soñar despierto” y nos planteamos situaciones mentales que apresuramos a resolver en tanto que sabemos que, por obra y gracia de nuestro inconsciente, terminarán en final feliz. Pensamos repetidamente en la persona y el conjunto de situaciones que la rodean y se desea saber más, percibir más, conocer más y sentir más de ella. Cada acercamiento se vuelve un paso más a la adicción, reforzada por la recompensa interna que ofrece la dopamina cada vez que hacemos algo y a cambio se nos devuelve una sonrisa, una mirada, una caricia, cualquier indicio de que lo que llevamos a cabo fue del agrado de nuestro inmejorable receptor. Cada vez que hacemos algo deseamos hacer algo más y luego un poquito más, sólo para asegurarnos de que vivimos en un pequeño pedazo del consciente (o del inconsciente, en el mejor de los casos) de la víctima de nuestros intentos.


Y entonces se nos acaba la bioquímica, la celularidad de nuestros sentimientos, la fuerza de los argumentos, y sucumbimos ante lo desconocido, traspasamos la última frontera, donde se pierde la objetividad y por tanto se queda al descubierto nuestra incapacidad para analizar las situaciones anestesiados por una sustancia de naturaleza química incierta, un choque que despierta y adormece selectivamente ciertas regiones del cerebro, la razón más poderosa por la cual alguien arresta a la razón a favor de un instante de locura. Y así nace la sensación del amor.


Apunte al margen: se dice que el amor es “la pasión por la felicidad del otro”, situación que me parece adecuada para describir la serie de eventos que somos capaces de llevar a cabo con tal de arrancar una sonrisa; sin embargo, es fácil perderse con esta definición, pues no se debe confundir el cortejo con el amor, puesto que este es más maduro y sólido que el primero, que es más una conjunción de eventos fisiológicos que psicológicos y se deja influir, a veces en exceso, por la sociedad que nos rodea.


”Something in the way she moves,
Attracts me like no other lover.
Something in the way she woos me.
I don't want to leave her now,
You know I believe in how.”


Something, The Beatles

viernes, octubre 03, 2008

3 de octubre



Por: Perro


En el colmo de la falta de memoria histórica del colectivo de colectivos que habitan Mezxicco (literalmente: “lugar en el ombligo de la luna”), los eventos que definieron una generación, una postura –en su momento- de la máxima casa de estudios de nuestro país, el entorno sociopolítico de un México que adolecía de fragmentación y que portaba una máscara ante el mundo –los XIX Juegos Olímpicos de México 1968-, han muerto. Los han asesinado vilmente al dar el “carpetazo” al caso de México 1968. El imbécil en turno en la silla presidencial de este país de mentiras y contrastes ha permanecido a la expectativa y no tiene los pantalones para reabrir un expediente que por demás no lo afecta: simplemente desea que el país siga sumido en la mentira, en la desinformación, en preservar “intacta” la visión que se tiene sobre el ejército, el uso de la fuerza militar (a favor de la defensa del pueblo, dicen) y de los mandatos presidenciales de este país. Aún cuando Amnistía Internacional ha pedido que se examine a detalle el expediente y se aclare lo sucedido, poco se podrá hacer pues no se puede confiar en que lo que se entregue sea verdaderamente el registro de los hechos, sino una novela donde las versiones se contradicen y al final un pueblo feliz es salvado heroicamente por nuestras Fuerzas Armadas de la subversión, el alcoholismo y la drogadicción que caracterizan a los “44” (si, la versión oficial es 44) “fallecidos” (porque tampoco se espera que digan los hechos con todas sus palabras: ASESINADOS) en la Plaza de Tlatelolco aquella tarde de 1968.


México, DF, 2 de octubre de 1968, 18:00

Un grupo de estudiantes, trabajadores, amas de casa, y otros animales peligrosos para el país (¿Será que en ese momento también se les adjudicaba la frase “Un peligro para México”? tal vez por eso no se quiere exponer el papel al aire…) se reúne en la plaza de Tlatelolco para apoyar el movimiento del Consejo Nacional de Huelga a diez días del inicio de los Juegos Olímpicos de México ’68 que fueron ingeniosa y apropiadamente llamados “Los juegos de la Paz”, quienquiera que Paz sea. Al oscurecer, un grupo de héroes disfrazados de villanos por unos pocos entraron triunfalmente en la Plaza de Tlatelolco y lograron abatir al lastre social que representan los estudiantes en nuestro amado México. 44, 500, da lo mismo, total, ni quién vaya a recordarlos en unos años. El movimiento del CNH, que en ese momento tuvo todo para asegurarse un escaparate internacional para poner en manifiesto la situación del México de aquel entonces, vendió su fuerza en un pacto de “no manifestaciones” del 12 al 28 de octubre y la ciudad se mantuvo sitiada por militares y turistas, dando lugar a que se enfriara el pueblo, el coraje, la tristeza, y a cambio, nuevamente, Panem et circenses y después, Luis Echeverría, asesino no confeso, pudo llevarse como recuerdo el haber organizado las Olimpiadas más sarcásticas de la historia: celebrar el espíritu humano y la convivencia pacífica de muchas culturas en torno a un evento que había sido manchado por sangre de estudiantes, amas de casa, trabajadores y otras molestas criaturas de un inframundo que fastidian con su presencia a las clases económicas media (hoy extinguida) y alta de un mundo que no entiende lo que no vive.


México, DF, 2 de octubre de 2008, 18:00

Ha cambiado el mundo. México recuerda con unos cuantos a los asesinados en 1968 en la tristemente célebre Plaza de las Tres Culturas y la masa actual, más preocupada en cómo llegar a sus sitios de trabajo, esparcimiento, encuentros sexuales, descanso o perdición maldicen a los revoltosos que taponean las calles con manifestaciones sórdidas. Muchos de los habitantes de nuestro México no saben ni qué es la matanza, ni qué es la UNAM, ni por qué se recuerdan los hechos, ni qué tiene que ver eso con nada más de sus vidas, ni habían nacido y menos les interesa. Viven y estudian, algunos de esos, en la Universidad Nacional Autónoma de México y no sienten el peso que conlleva ser parte de esa comunidad. No entienden que ser parte de la UNAM no es sólo prestigio académico sino honor de cargar con toda la historia de millones de personas que han pasado por sus pasillos, que han colocado las rocas con que se formaron sus cimientos (en todos los sentidos) y que en algún momento pudieron ser la base de una nueva sociedad mexicana y hoy parece ser que han renunciado a ello en pos de un estilo de vida más ligero, más seguro, más despreocupado. Otros más recuerdan el 2 de octubre como el día en que por fin México logró el campeonato del mundo de fútbol (sub-17) y por ello sienten que es un motivo de orgullo y festejo, que las tristezas pasadas deben olvidarse y que es una muestra de cómo el deporte siempre ha estado presente en la historia del mexicano (me pregunto cómo un país con 10 millones de diabéticos y 30% de población con sobrepeso puede verse tan marcada por eventos deportivos… aaaahhh!!! Claro!!!!! Gracias Sabritas, Grupo Modelo, Maseca, Coca-Cola –Siempre en los grandes eventos [no veo ningún camión de Coca-Cola en las fotos de la masacre del ’68… mentirosos!]-, Pepsi, Wonder, Bimbo…). En el ’68 no mataron sólo 500 personas, mataron la esperanza de un país unido, una base social responsable y cauta, mataron toda posibilidad de crecimiento y dejaron en terapia intensiva (más bien en coma) la posibilidad de contar con una identidad para un México que hoy no existe. Somos el patio trasero de un imperio mediocre gobernado por la cultura del miedo y la desconfianza que colinda con Guatemala y Belice a quienes, de no ser por el fútbol –y por el gran poeta Ricardo Arjona-, el pueblo no conocería. Hoy ser de la UNAM implica ir a los partidos de los Pumas, tener para el carro y la gas, weee, porque como no pago colegiatura, weee, pues nos vamos a Cuerna, no, weee? No existe ya la consciencia social de los estudiantes, y poco a poco se pierde la esperanza de que renazca cuando aún su cuerpo académico pretende olvidar lo que es el ideal y el espíritu de la que es, según, la Universidad mejor posicionada de Latinoamérica. ¿Acaso nadie puso atención? ESTUDIANTES, AMAS DE CASA, TRABAJADORES, apoyando un movimiento de maestros y alumnos de los “rivales” IPN y UNAM. Pudo haber marcado la consolidación de un sector de este país. Hoy, a nadie le importa.


¡Por mi raza hablará el espíritu! Y vaya que tendrá mucho que decir… pobre raza, pobre espíritu…

lunes, agosto 11, 2008

Fragilidad y Fortaleza


Por: Perro


La mujer, Homo sapiens 46XX: De estructura estilizada, posee una mezcla deliciosamente aterradora de fuerza y delicadeza (no hay quien vea en una mujer sólo fuerza o sólo fragilidad, he ahí la razón de su éxito como entidad biológica que nació para escoger de entre miles que la pretenden). Tiene por capacidades una mirada que sostiene ante cualquier amenaza pero también ante situaciones de cortejo. Posee tantos sitios donde fijar la mirada –o con mayor confianza, las manos- que confunden. No son culpables de atraer la vista de cualquiera que las divise hacia dichos puntos, si bien la biología eximiría de una parte de la culpa también a quien ose cometer este acto: ¿quién puede culpar a las redes neuronales de activarse ante dicho derroche de belleza natural, Helenas todas ellas, si su única falla es la de detectar la perfección de los trazos?


De su tórax se desprenden brazos que rematan en unas manos muy sensibles. Dichos brazos ocupan toda su fuerza para lograr acciones que pocas veces nos sorprenden pero que sin embargo suponen un reto a la fisionomía femenina, poseen gran aguante y los emplean en las más diversas tareas. Hacia el norte remata en un juego de cervicales que, en conjunto con juegos musculares adecuadamente dispuestos, dan origen a un soporte cefálico impresionante por su acabado fino y su extraordinaria fuerza. Se trata de un pedestal que salvaguarda la arquitectura delicada que da forma a las facciones de la cara que reconoceremos el resto de nuestras vidas y que grabaremos con ayuda de algún estímulo como una sonrisa o mirada que impregne la memoria con su esencia. Asimismo, esa región es susceptible de ser estimulada con suavidad y reacciona, bruscamente en ocasiones, provocando el movimiento de un conjunto de hélices de proteína que se conocen como cabellos, y cuyo meneo provoca un vértigo especial, más si se puede tener contacto con ellos, en particular sobre la tez propia. Generalmente perfumados con delicadas fragancias: rara vez una mujer huele mal, a menos ante las narices de quienes las amamos.


Del frente cuelgan dos redondeces, de tamaño variable, para todos los gustos, que pueden sufrir cambios en función de la gravedad, dando efectos inimaginables, tal como se puede jugar con la apariencia de una escultura que se observa con distintas formas de iluminación. Se dice que guardan leche en periodos perinatales, más en realidad mantienen almacenada una explosiva mezcla de sensaciones que ellas perciben a través del comportamiento de quien se prende de ellos. Son, empero, uno de los detonantes más poderosos así mismo de la salvaje condición de animal de Homo sapiens 46XY, sin pretender justificarlo, puede enloquecerlo al grado de ofender, de lastimar, de morder, de denigrar, sin que por ello podamos decir que es entendible dicho comportamiento.


Hacia el sur la cintura desemboca en el mar de las caderas, sitio donde también se han perdido muchas vistas navegantes y se reencuentran con el aire cual náufragos sobre la arena, tan pronto se recupera el aliento de sobrevivirlas. Protegen la entrada del centro de creación en su máxima expresión, sitio donde recombinará la historia con el potencial a futuro, los linajes de todos los antepasados del mundo y se escindirán en todas las posibles descendencias, el retorno a la vida, el símbolo de la semilla, del entierro, de la tierra fértil que convierte horas de placer, adrenalina y serotonina en descargas hormonales, dolor y sangre nueva. Es también la cueva donde millones han muerto en las ansias, compartidas con cualquier espeleólogo, de encontrar el fondo, el principio del vacío que impera desde dentro de la tierra desde el principio de los tiempos. Se han cansado de tratar de llenar ese vacío simbólico, grande y noble.

La mujer individual: De estructura delicada, posee una mezcla de capacidades mentales extravagantes y fortaleza engañosamente aterradora (no hay quien pueda mentirle a una mujer mirando a sus ojos, sin sentir que deja en ello una parte de su vida que no podrá recuperar jamás). Tiene por capacidades poder ver más allá de lo que dejamos ver, porque una mujer sabe ocultar pero también sabe cuando le ocultan. Posee tantos pensamientos y sentimientos donde perder la noción del tiempo –o con mayor descuido, la razón- que confunden. No son culpables de hacer sentir por ellas un deseo incomprensible de ser deseados por ese cúmulo de pensamientos y sentimientos, si bien la sociedad eximiría de una parte de la culpa a quien ose enredarse entre sus ideas: ¿quién puede culpar a nuestras señales químicas por liberarse ante dicho derroche de emociones, Afroditas todas ellas, si su única falla consiste en no alertar sobre la posibilidad de perder el juicio con un beso?


De su tórax se desprenden brazos que rematan en unas manos muy sensibilizadoras. Dichos brazos ocupan toda nuestra fuerza para lograr acciones que pocas veces nos sorprenden pero que sin embargo suponen un reto a nuestra individualidad, poseen gran fuerza de persuasión y nos mueven para que las protejamos de las más impredecibles inclemencias (incluidas las que nosotros mismos, amantes de las mujeres, provocamos). Hacia el norte remata en un juego de cervicales que, en conjunto con juegos musculares adecuadamente dispuestos, dan origen a un soporte cefálico impresionante que supone uno de los sitios de contacto más sensuales de que se tienen noticia. Se trata de un pedestal que salvaguarda la ingeniería delicada que da forma a las acciones de la compañera que reconoceremos el resto de nuestras vidas y que grabaremos sin ayuda de mayor estímulo que el provocarnos una sonrisa o desviar hacia ella nuestra mirada de forma tal que su inconsciente roba nuestra esencia. Asimismo, esa corteza cerebral es susceptible de ser estimulada con detalles y reacciona, bruscamente en ocasiones, alterando el curso de los pensamientos y acciones premeditadas, y cuyo vaivén provoca un vértigo especial, más cuando son las primeras ocasiones en que observamos dichas respuestas. Generalmente rematadas con delicadas palabras: rara vez una mujer se escucha mal, a menos ante los oídos de quienes las amamos.


En su frente se enclavan dos redondeces, de pequeño tamaño, para todos los gustos, que pueden sufrir cambios en función de la situación, dando efectos inimaginables, tal como se puede jugar con la apariencia de una belleza natural que se visita en distintas épocas del año. Se dice que son la ventana del alma, más en realidad mantienen almacenada una explosiva mezcla de emociones que de ellas emanan a través de su comportamiento cuando alguien se prende de ellos. Son sus emociones, empero, uno de los detonantes más poderosos así mismo de la innegable condición incomprensible de Eros (el gusto del hombre por el hombre, porque es más fácil entender lo que no es diferente), sin pretender justificarlo, puede enloquecerlo al grado de ofender, de lastimar, de mutilar las oraciones de la mujer, de denigrar, sin que por ello podamos decir que es entendible dicho comportamiento.


Hacia adentro su cabeza desemboca en un río de aguas dinámicas, sitio donde es fácil perderse y zozobrar entre caprichos y peticiones razonables que se confunden y nos dejan como gladiadores tras la batalla, exaltada nuestra persona pero con el cansancio de quien cumple una peligrosa campaña y se reencuentran con el aire tan pronto alcanza la cima de la montaña, sólo para ver que hay neblina. Protege la entrada del centro de creación en su máxima expresión, sitio donde recombinará las experiencias pasadas con las expectativas a futuro, los precursores de todos los errores y aciertos de su mundo y se escindirán en todas las posibles vivencias, la continuidad de su vida, el símbolo de las plantas, del tronco y las raíces, del trabajo útil que convierte horas de esfuerzo, adrenalina y dopamina en descargas eléctricas, color y sensaciones nuevas. Es también la inmensidad del universo donde millones han muerto en la espera, compartida con cualquier astrónomo, de encontrar el límite, el principio del silencio que impera desde dentro de la tierra desde el principio de los tiempos. Se han cansado de vagar por entre las estrellas de pensamientos, nebulosas de sentimientos, fugaces destellos de esperanza y galaxias de nobleza


La mujer, una experiencia: De estructura deliciosa, posees una mezcla francamente anestésica de fuerza y delicadeza (no hay quien pueda verte y se resista a pensar en tus labios curiosos, delicados, sabor a fruta grasosa por el labial color cereza que usas). Tienes por cualidades una mirada que me desconcierta y no sé si estás huyendo o promoviendo el cortejo. Posees tantos sitios donde fijar la mirada –o con menos preocupaciones, las manos- que confunden. No eres culpable de atraer mi vista hacia dichos puntos ni de hacerme querer besarte las ideas, si bien la experiencia me eximiría de una parte de la culpa también por osar cometer este acto: ¿quién puede culpar a mis estúpidas redes neuronales de activarse ante dicho derroche de belleza natural y pensamiento misterioso, simultánea niña y mujer toda tú, si su única falla es la de emocionarse ante la perfección de tus trazos y ante la dulzura de tu voz que pronuncia lo que siempre quise escuchar, aunque efímero fuera?


De tu tórax se desprenden un par de delicados brazos que rematan en unas manos muy estilizadas. Dichos brazos ocupan toda su fuerza para lograr acciones que nos sorprenden pero que sin embargo no representan mayor reto que el sentirse bien juntos el uno con el otro, poseen gran carga de sensaciones y los empleas en las más diversas tareas.

Hacia el norte remata en un juego de cervicales que, en conjunto con un toque de perfume y la suavidad de tu piel adecuadamente dispuestos, dan origen a un camino de impresionante sensualidad por los matices de olores, temperaturas, sabores y texturas que me dedica conforme lo recorro con mi vista, olfato, gusto y tacto. Se trata de un pedestal que salvaguarda la naturaleza delicada que da forma a los sinsabores y condimentos de mi existencia, que compartiremos el resto de la vida de nuestra relación y que grabaremos en el inconsciente de los dos sin más ayuda que los momentos vividos, la intimidad común a ambos, las discusiones que celebran nuestras diferencias y la tristeza del seguro desenlace. Asimismo, estamos en una situación espacio-temporal susceptible de ser estimulada con cualquier acción y reaccionar, tardíamente en ocasiones, provocando el movimiento de un conjunto de emociones de origen en dos puntos cualesquiera que no son arbitrarios porque viven dentro de nosotros y se alimentan de nosotros, hasta el día de su inevitable muerte porque sabemos que hay mejores y más lejanas cosas y experiencias que nos llamarán a la separación. Generalmente aderezados con exquisitas idealizaciones: rara vez una relación sabe mal, a menos ante las bocas de quienes desean aún besarse.


Del frente cuelgan dos problemas, tu inseguridad y la mía, de tamaño variable, para todos nuestros disgustos, que pueden sufrir cambios en función de nuestro estado de ánimo, dando resultados inimaginables, tal como se puede jugar con los caminos cuando se cambia el rumbo sin decir por qué. Se dice que guardan los secretos de los celos, más en realidad mantienen almacenada una explosiva mezcla de culpas que se perciben a través de nuestro comportamiento cuando no estamos prendidos el uno del otro. Son, empero, uno de los detonantes más poderosos así mismo de la innata condición de animal de ambos, sin pretender justificarnos, puede enloquecernos al grado de besar, arañar, morder, dormir uno junto a otro por la tarde olvidando que el mundo sigue girando, sin que por ello podamos decir que es entendible dicho comportamiento.


Hacia el sur nuestras cinturas desembocan en la selva de los genitales, sitio donde también hemos perdido la cordura (con o sin cariño) y se convierte en la región más sincera, donde los orgasmos no mienten y la cercanía es superflua. Son la salida del centro de instinto en su máxima expresión, sitio donde recombinará la historia permitida de los dos con el potencial incierto de seguir a futuro, las experiencias que pondremos a disposición en la naciente relación y se escindirán en todas las posibles consecuencias, el retorno al inicio, la aceptación de nuestra condición de humanos con pasado, el desentierro de los traumas, de las preguntas incómodas que desean salir a flote y buscar respuestas que conviertan horas de incertidumbre, adrenalina y saliva en recuerdos cálidos, dolor y llanto nuevo. Es también la madeja de DNA donde millones han muerto en la incertidumbre, compartida con cualquier biólogo molecular, de encontrar la verdad, el principio de la vida como la conocemos que impera desde dentro de nuestras células desde el principio de nuestros tiempos juntos. Se han cansado de tratar de existir con un vacío real, frío y seco.

domingo, agosto 10, 2008

Por temporada: Se busca pretexto


Por: Perro


A veces se puede decir que es insuficiente la cantidad de palabras para expresar lo que se siente. En ocasiones se puede decir que es insuficiente la cantidad de eventos vividos para la necesidad de expresión que tenemos. Lo que es cierto es que nuestra nece(si)dad (para más información sobre la curiosa relación entre la escritura de ciertas palabras, remítase el lector a:
http://lastierrasyermas.blogspot.com/ y a un texto con personajes llamado Entre Marx y una mujer desnuda del ecuatoriano Jorge Enrique Adoum) de expresión nos lleva a crear. Creamos para otros y para nosotros mismos, aunque siempre es más auténtico olvidar el para qué y dejar sólo el por qué: porque quiero sacar algo.


Un pretexto: Darle a nuestra expresión una causa (formalmente le llamaremos excusa o pretexto) equivale a darle un creador al universo: no podemos explicar su aparición y nos come el vacío si no podemos justificar su existencia como el resultado de un evento inicial. ¿Por qué hemos de decir ante quien sea, incluso nosotros mismos, que el nacimiento de tal expresión es producto de un algo? ¿O sea que, si no hay motivos, no puedo generar algo que no existe? Entonces habrá mucho trabajo para justificar cada una de las acciones, y esto no será siempre posible, por fortuna (”bienaventurados los que carecen de moral, porque de ellos no será ningún reino post-terrenal, pero sabrán gozar la vida”).


Piense el lector, por favor, en alguna de sus tantas vivencias y póngale un punto inicial. Escojamos el beso sabor ron/cerveza/tequila que damos o nos es dado. Si hay un lazo, sentimental o no, con otro Homo sapiens, mejor. Es deprimente que al día siguiente de dicho evento se recurra a la poca cabeza que nos queda en ese momento (por demás aturdida) para inventar un pretexto –durante el transcurso de lo que suele llamarse, hipócritamente, cruda moral-: me sentía solo, bendito/maldito alcohol, me quiere separar de él/ella/ti, me quiero separar de él/ella/ti y por eso pasó, y un largo y entretenido etcétera –obviamente entretenido unos años después, en primera persona. En tercera persona puede aplicarse inmediatamente el adjetivo-. Pero no es cuestión de explicarle a nadie, ni a la primera ni segunda ni tercera persona, o al colectivo involucrado (de manera voluntaria o involuntaria, sea por ellos mismos, sea por los actores) lo ocurrido, sino de saber que fue y que nos gustó o no. Punto.


Así igual pasa con los textos y en general cualquier forma de arte: si lo hacemos, es porque se quiso hacer y no por nada más. Hacer algo pensando en agradar o desagradar a alguien más es el origen de lo que se denomina comercial y es una ofensa más que un reflejo de nosotros en tanto que no es auténtico (ojo: no confundir dedicar un algo a alguien o escribir con algo o alguien en el pensamiento con la atrocidad recién descrita). ¿Cómo podemos fiarnos de lo escrito si quien escribe no es capaz de sostener que lo hizo porque quiso? ¿Cómo otorgarle credibilidad a su texto, por más elocuente/despreciable/fuerte/subversivo que sea si tiene que justificarse ante sus lectores por expresar lo que ha dejado al descubierto?


El genial acto de pensar: Y si bien, auténtico, cuestiona el lector, es aquello que no es vivido ni sentido de igual manera por otro entonces sólo se ha de poder escribir de lo que se ha experimentado y nada más. No. No es preciso haber muerto para hablar de la muerte en tanto sea nuestra interpretación libre de la misma lo que relatamos en torno a ella. El cerebro humano no es grande por lo que puede percibir y asociar –de hecho estamos bastante limitados en el primer punto- sino por lo que puede suponer, modificar abstractamente, masticar por dentro antes de aprovechar. Por tanto, podemos imaginar (no confundir con predecir) eventos que no son, de nuestra percepción, objeto y modificarlos, sentirlos, hacerlos nuestros, e incluso transmitirlos por varios medios. Ergo, podemos escribir del amor como evento pasado, como evento futuro, como evento atemporal, incluso sin experimentarlo en ese preciso momento. Incluso sin que sea un evento. Es la maravilla de la mente humana, y sólo ella, la que permite jugar (dentro de los límites cognitivos de la experiencia personal) con nuestro universo, a tal grado que puede incluso ponerle un creador al comienzo de los tiempos si con eso desea justificar su existencia, dado que no le baste ser para poder creer que existe…

sábado, julio 26, 2008

Independence day


Por: Perro


Hoy desperté con un sueño extraño, había una chica en mis labios, y un grito ahogado al fondo… era 16 de septiembre. No me atormentó el primer suceso, pero sí el segundo: ¿qué demonios festeja el mexicano típico el 16 de septiembre?


Nada. Este país no festeja nada. El 16 de septiembre es un pretexto para no ir al trabajo, para embriagarnos (como si necesitáramos un pretexto), para construir puentes y hacer nada dos o tres días. Quien asevera que el mexicano es independiente miente al mismo tenor que quien dice que las nubes son de algodón. Se promueve mucho acerca de los Festejos del Bicentenario. ¿Bicentenario de qué? Aquí no existe la mínima idea de quién hizo qué y para qué y qué implicó eso en su vida diaria. Quienes lucharon por sacarnos de la colonia primero y de la dictadura después son hoy molestos objetos de la memorización en las primarias y secundarias y una vez aprobados dichos cursos –¡Gracias Josefina Vázquez Mota, grandísima pendeja, por tus reformas educativas!- se vuelven no más que colonias, calles o delegaciones.


No es éste un llamado nacionalista o un acto patriótico, es una crítica a un pueblo que no le importa la crítica, pues está muy ocupado en sus telenovelas, el reggaetón, el fútbol y si acaso, las palabras mediáticas de una piara de comunicadores a los que les dan el grado de periodistas junto con su traje estampado con el logo de su cadena televisiva –¡qué bonito es cuando saltan las cosas a la vista!-. ¿Qué independencia celebran, si es que acaso saben qué es la independencia? El patético momento en que el imbécil presidente en turno emula la acción de Don Miguel Hidalgo y Costilla al hacer sonar las campanas en el Zócalo retumba en el oído colectivo, sordo por cierto, como una bofetada a cada individuo, una demostración más de que al pueblo
Panem et circenses, y ahí van y le festejan al que ganó la subasta del país por seis años que se vanaglorie diciendo que vivan los héroes de la independencia…


La independencia de la corona española ocurrida hace casi ya 200 años no ha traído mayor beneficio al pueblo de México, un pueblo que fue aplastado por la ignorancia de un pueblo bárbaro que catalogó de bárbaro a un pueblo diferente. De lo que quedó de aquel acto de conquista se erigieron las columnas que sustentaron un país donde la clase y el apellido eran el permiso para hablar. A ese clasismo lo asesinaron las masas movidas por motivos poco entendidos pero que a la postre derivaría en un nuevo cacicazgo donde el motor sería el dinero. Para tener dinero había que juntarse con los que tenían dinero, y hacer favores. Las cadenas de favores provocaban dependencias, y las dependencias se vencían sólo con tratados que se dieron por llamar “compadrazgos”. Entonces, los favores ya no se pagaron con oro, sino con minas: “ahí te encargo a mi hijo, compadre…” y cuando no fue suficiente, entonces con favores administrativos: “¿qué pasó? Pues si somos amigos, ¿no? ¿a poco me lo va a cobrar?”… Llegamos así al descaro de cambiar niños por botellas de cognac y a la realidad de que al pueblo no le importe. ¿Qué puede importarle sumido en su ignorancia y en su indiferencia? ¿De qué le importa si le quitan su petróleo, si venden su país a los extranjeros, si le amputan los bosques para vender sus maderas en el mercado ilegal? De nada, mientras ellos puedan hacer lo mismo a su paupérrima escala. Heredamos de la revolución sólo su nombre para una avenida, porque hoy día, a casi 100 años de su inicio, nunca concluyó y nos dejó deshermanados y truncos. El voto no se respeta, México es un traspatio de EEUU y nuestros gobernantes, regidores y demás cargos –que sólo sirven para hacer favores y generar respeto- hacen con nosotros lo que se les da la maldita gana porque, como pueblo, ni siquiera sabemos qué están haciendo. No entendemos cómo se mueve el país, la economía, la ciencia, y no queremos aceptar la responsabilidad –palabra ligada a independencia, dicho sea de paso- de reclamarle a esa manada de acéfalos que ellos están a nuestro servicio y por tanto deben representar lo que el pueblo quiere y necesita…


La derrota -
Lo triste, es que este pueblo sí está representado (“cada pueblo tiene el gobierno que merece”), y está contento con ello, hasta que le sube el precio a la tortilla, el pasaje o le cobra más impuestos. Sólo a ese nivel. Si venden sus recursos, si cometen una injusticia, no le afecta: “y a mí qué, ¡si yo no soy petrolero!”, “!qué bueno que mis hijos no andan de revoltosos como esos vagos de la UNAM!, ¡bendito dios!”. Se los comen los problemas pequeños, pero no se dan cuenta de que nacen de raíces grandes. No les incomoda porque viven y comen, aunque sea con un nivel deprimente, en esas raíces que los distraen con seductoras florecillas televisivas, con la falsa miel de las promesas y los discursos que nadie atiende pero que si existen “es porque algo están haciendo”.


Copian un modelo gringo y son fáciles de manipular. No hay nada más vulnerable que la ignorancia voluntaria y consentida. Son felices con el mínimo necesario que obtengan con el mínimo esfuerzo. ¿Independencia? Si fluctuamos con el mercado gringo, si dependemos de las remesas que nos envían los expatriados del norte, si no podemos vivir sin el amarillismo, Televisa, TV Azteca, Coca-Cola, la Zeta (¡salvajemente grupera! ), “música” estéril, los domingos con la familia en torno a la cerveza, el América, la selección (¡este mundial si la hacemos! ¡Vamos muchachos!), los tacos de carnitas con todas las tortillas del mundo (’tan resabrosos, ¡éntrale!), el desprecio (“¡pinche indio!” “¡ya quítate el rebozo!”), la falta de conocimiento (“…-Yo no sé leer, pero veo la televisión. -¡Mejor!, va usted a vivir más contenta-… con ustedes, nuestro ex-mandamás Vicente Fox) y tantos distractores de
la realidad grosera que vivimos. ¡ay, Amparo Ochoa, ay, las premisas de tu pueblo!...


Si han de celebrar, auténticos retrasados mentales, un día que engalane su condición, debería ser el 4 de julio o el thanksgiving day, símbolos de un ideal que tanto les ha dado y que tanto les promete, ciegos, tarados.


continuará…