viernes, junio 10, 2016

Eeeeeeeehhhhh... ¡Putoooooo!



Por: Perro

puto, ta (Asoc. Academias de la Lengua Española)
Quizá del lat. vulg. *puttus, var. del lat. putus 'niño'.
1. adj. malson. U. como calificación denigratoria.
2. adj. malson. U. c. antífrasis, para ponderar.
3. adj. malson. U. para enfatizar la ausencia o la escasez de algo.
4. m. y f. malson. prostituto.
5. m. malson. sodomita (‖ que practica la sodomía).

Adendum: Se denomina puto a un platillo típico de la cocina filipina que consiste en un pastel de arroz cocido al vapor.

No es una situación de querer imponer una hipócrita política de comportamiento “decente” en las tribunas cuyos cánticos siempre han estado asociados a mostrar el irrespeto que se tiene por el rival. Ni siquiera se trata de apoyar a un gobierno y al reclamo de una sociedad que ante el mundo se presentan (falsamente) como combatientes de la homofobia y próceres de la equidad de género, pero que en todos sus peldaños, casi impreso en sus huesos, tienen expresiones de homofobia, injusticia y odio. No es que el término “puto” cause escozor, ni siquiera a aquellos ultraconservadores que desean mantener en privado lo que públicamente los mancha, los corroe, pero que en la seguridad de su vida íntima sacan a relucir de vez en cuando. No es intención crear una cacería de brujas y pretender que con la erradicación del mentado grito la sociedad  mexicana será ejemplar, funcional, educada, pulcra en su hablar y su pensar.

Es la crítica a un mexicano estúpido que, embrutecido por el aborregamiento absoluto, se lanza al grito de “¡Puutooo!” con singular alegría, como desafiando a la autoridad, como plantando cara a la imposición, pretendiendo que se libera de cadenas opresoras que amarran lo más profundo de su identidad y se arroja al desfogue con un sentimiento de camaradería y lucha por la justicia, por estandartes comunes a su origen y su sociedad. Como si el aberrante sonido fuera símbolo de un grupo de personas que retan a su pasado, a su condición, a todos sus fantasmas, y demostraran, sin callarse, que unidos pueden hacer frente a un modelo injusto y esta manifestación fuera sólo un acto más de subversión al cual invitasen hasta al más apático a incorporarse y volverse visible en la masa justamente amalgamada para resistir los embates del enemigo.

Pero no. Es únicamente un grito emblemático de la carencia de identidad nacional, de la ausencia de tejido social y de ingenio colectivo, que rezumban por entre las gargantas ebrias de júbilo que al gritar ese “¡Puutooo!” quisieran ver sucumbir al rival, presa de los nervios, profundamente ofendido por escuchar algo que sólo tiene un significado ofensivo en un puñado de humanos en todo el planeta. Esos mexicanos de ocasión, mexicanos de nacionalismo/patriotismo fácil y obtuso, mexicanos de nombre, son los que gritan “¡Puutooo!” sin saber a qué hacen referencia, mexicanos ignorantes, nimios, insulsamente insignificantes y difícilmente trascendentes. Les hace gracia que el menor de edad aprenda desde pequeño a ofender, a esconderse en la multitud, a burlarse cuando los argumentos no son suficientes. Por si se careciera de algún elemento para completar ese fatídico panorama, no falta quien desea confundir el folclor con el papel que debe jugar la tribuna en el deporte y califica de “atentado contra la afición” el intento de la FIFA por aniquilar la abyecta costumbre. Sí, existen quienes protegen la expresión como parte de “la cultura mexicana” y enmaraña una sarta de estupideces para defender lo indefendible. Si se va a salvaguardar la expresión de la tribuna como integrante esencial de la “cultura” en el estadio, entonces vamos a defender los rituales de intimidación o “presión deportiva” que pueden llevarse a cabo en el inmueble, en sus inmediaciones, en las redes sociales. Si en verdad queremos promover la expresión de nuestros conciudadanos, hay que defender la voz de la sociedad cuando ésta se pronuncia contra auténticos crímenes. No veo al reconocido antropólogo de la nota citada con algún reclamo por el acallamiento de las manifestaciones políticas en los estadios. No veo sus quejas por la intervención de la policía en el Estadio Olímpico de CU cuando la gente del pebetero expresó su descontento por la imposición mediática del limitado Peña Nieto, o cuando las mantas y pancartas se unieron a la protesta de una minoría que pide justicia en el caso Ayotzinapa.

No veo por qué un recinto universitario debería de gritar “¡Puutooo!” cuando tienen modos más innovadores, ingeniosos, incluso más severos, que ese lamento falto de imaginación. No veo por qué la afición mexicana se deba distinguir de las de otros países por berrear “¡Puutooo!” en un estadio cada que el balón abandona la cancha. A Pavlov le hubiera causado curiosidad el condicionamiento imperante que causa la desdichada salida del esférico. Que al fútbol dominante le cause dolor no es razón para quitar el grito. Ese fútbol de McDonald’s, Coca-Cola y BBVA no merece el respeto que la afición pueda profesar al abandonar su cántico. La razón del desencanto es que el mexicano tenga tan poco de qué asirse que se entregue al infame alarido ante la falta de elementos de identidad, de orgullo, de colectividad. Es deplorable ver que la razón por la que se une la sociedad es para tratar de denigrar a otro ser humano y no para evitar que su gobierno lo denigre. Protesta para que veneren su “folclórico” ser, su expresión de “mexicanidad”; protesta para que le reconozcan sus derechos de expresión, pero se calla ante el gobierno, ante el duopolio televisivo, ante los manipulados medios masivos. Se arma de valor para gritar en el anonimato y se hace ínfimo ante el injusto opresor. Se vuelve valiente por usar un término comúnmente peyorativo, pero de esa acción exige respeto. Se cree imponente, revolucionario, poderoso, ante la FIFA, pero se muestra cooperativo con la corrupción, con la inequidad, con el gobierno y con su propio compinche que le grita “¡Puutooo!” a su cara todos los días, cada que lo asaltan, cada que paga un nuevo impuesto, cada que sufre un nuevo reglamento, cada que alteran las “elecciones populares”, cada que el taxista cobra con el taxímetro alterado, cada que la burocracia le roba horas de su vida, cada que se paga una mordida, cada que el microbusero, el patrullero, el asesino, el oficinista delincuente, el gobernador, el presidente municipal, el secretario, el diputado, el senador, el repartidor de despensas, el funcionario público, el de la tiendita que manipula los precios, el vendedor del tianguis que le pega metal a la base de la báscula para que marque más, el que cobra A y entrega B, el que tima, el que engaña, el que saca ventaja desleal, el que manda levantar, el que secuestra, el que mutila, el que viola, el que adultera, el que compra pirata, el que vente pirata, el que apalabra, el que amaña la competencia, el que actúa con dolo y alevosía, el que hace todo lo posible por trabar al otro, porque si triunfa, me hace quedar como pendejo y en vez de ponerme a trabajar, mejor que nadie trabaje. Es la expresión que pone en manifiesto que en este país, el que se apendeja, el que sobresale, el que me lleva al baile, al que me llevo al baile, el mejor, el peor, todos, todos los que no son yo, todos son putos. Y es deleznable que se defienda la tesis de que el folclor implícito en la expresión sea marca de la mexicanidad, cuando al menos un puñado de acciones podría ser mejor etiqueta ante el mundo, ante nosotros mismos, de lo que significa ser mexicano.