viernes, junio 10, 2016

Eeeeeeeehhhhh... ¡Putoooooo!



Por: Perro

puto, ta (Asoc. Academias de la Lengua Española)
Quizá del lat. vulg. *puttus, var. del lat. putus 'niño'.
1. adj. malson. U. como calificación denigratoria.
2. adj. malson. U. c. antífrasis, para ponderar.
3. adj. malson. U. para enfatizar la ausencia o la escasez de algo.
4. m. y f. malson. prostituto.
5. m. malson. sodomita (‖ que practica la sodomía).

Adendum: Se denomina puto a un platillo típico de la cocina filipina que consiste en un pastel de arroz cocido al vapor.

No es una situación de querer imponer una hipócrita política de comportamiento “decente” en las tribunas cuyos cánticos siempre han estado asociados a mostrar el irrespeto que se tiene por el rival. Ni siquiera se trata de apoyar a un gobierno y al reclamo de una sociedad que ante el mundo se presentan (falsamente) como combatientes de la homofobia y próceres de la equidad de género, pero que en todos sus peldaños, casi impreso en sus huesos, tienen expresiones de homofobia, injusticia y odio. No es que el término “puto” cause escozor, ni siquiera a aquellos ultraconservadores que desean mantener en privado lo que públicamente los mancha, los corroe, pero que en la seguridad de su vida íntima sacan a relucir de vez en cuando. No es intención crear una cacería de brujas y pretender que con la erradicación del mentado grito la sociedad  mexicana será ejemplar, funcional, educada, pulcra en su hablar y su pensar.

Es la crítica a un mexicano estúpido que, embrutecido por el aborregamiento absoluto, se lanza al grito de “¡Puutooo!” con singular alegría, como desafiando a la autoridad, como plantando cara a la imposición, pretendiendo que se libera de cadenas opresoras que amarran lo más profundo de su identidad y se arroja al desfogue con un sentimiento de camaradería y lucha por la justicia, por estandartes comunes a su origen y su sociedad. Como si el aberrante sonido fuera símbolo de un grupo de personas que retan a su pasado, a su condición, a todos sus fantasmas, y demostraran, sin callarse, que unidos pueden hacer frente a un modelo injusto y esta manifestación fuera sólo un acto más de subversión al cual invitasen hasta al más apático a incorporarse y volverse visible en la masa justamente amalgamada para resistir los embates del enemigo.

Pero no. Es únicamente un grito emblemático de la carencia de identidad nacional, de la ausencia de tejido social y de ingenio colectivo, que rezumban por entre las gargantas ebrias de júbilo que al gritar ese “¡Puutooo!” quisieran ver sucumbir al rival, presa de los nervios, profundamente ofendido por escuchar algo que sólo tiene un significado ofensivo en un puñado de humanos en todo el planeta. Esos mexicanos de ocasión, mexicanos de nacionalismo/patriotismo fácil y obtuso, mexicanos de nombre, son los que gritan “¡Puutooo!” sin saber a qué hacen referencia, mexicanos ignorantes, nimios, insulsamente insignificantes y difícilmente trascendentes. Les hace gracia que el menor de edad aprenda desde pequeño a ofender, a esconderse en la multitud, a burlarse cuando los argumentos no son suficientes. Por si se careciera de algún elemento para completar ese fatídico panorama, no falta quien desea confundir el folclor con el papel que debe jugar la tribuna en el deporte y califica de “atentado contra la afición” el intento de la FIFA por aniquilar la abyecta costumbre. Sí, existen quienes protegen la expresión como parte de “la cultura mexicana” y enmaraña una sarta de estupideces para defender lo indefendible. Si se va a salvaguardar la expresión de la tribuna como integrante esencial de la “cultura” en el estadio, entonces vamos a defender los rituales de intimidación o “presión deportiva” que pueden llevarse a cabo en el inmueble, en sus inmediaciones, en las redes sociales. Si en verdad queremos promover la expresión de nuestros conciudadanos, hay que defender la voz de la sociedad cuando ésta se pronuncia contra auténticos crímenes. No veo al reconocido antropólogo de la nota citada con algún reclamo por el acallamiento de las manifestaciones políticas en los estadios. No veo sus quejas por la intervención de la policía en el Estadio Olímpico de CU cuando la gente del pebetero expresó su descontento por la imposición mediática del limitado Peña Nieto, o cuando las mantas y pancartas se unieron a la protesta de una minoría que pide justicia en el caso Ayotzinapa.

No veo por qué un recinto universitario debería de gritar “¡Puutooo!” cuando tienen modos más innovadores, ingeniosos, incluso más severos, que ese lamento falto de imaginación. No veo por qué la afición mexicana se deba distinguir de las de otros países por berrear “¡Puutooo!” en un estadio cada que el balón abandona la cancha. A Pavlov le hubiera causado curiosidad el condicionamiento imperante que causa la desdichada salida del esférico. Que al fútbol dominante le cause dolor no es razón para quitar el grito. Ese fútbol de McDonald’s, Coca-Cola y BBVA no merece el respeto que la afición pueda profesar al abandonar su cántico. La razón del desencanto es que el mexicano tenga tan poco de qué asirse que se entregue al infame alarido ante la falta de elementos de identidad, de orgullo, de colectividad. Es deplorable ver que la razón por la que se une la sociedad es para tratar de denigrar a otro ser humano y no para evitar que su gobierno lo denigre. Protesta para que veneren su “folclórico” ser, su expresión de “mexicanidad”; protesta para que le reconozcan sus derechos de expresión, pero se calla ante el gobierno, ante el duopolio televisivo, ante los manipulados medios masivos. Se arma de valor para gritar en el anonimato y se hace ínfimo ante el injusto opresor. Se vuelve valiente por usar un término comúnmente peyorativo, pero de esa acción exige respeto. Se cree imponente, revolucionario, poderoso, ante la FIFA, pero se muestra cooperativo con la corrupción, con la inequidad, con el gobierno y con su propio compinche que le grita “¡Puutooo!” a su cara todos los días, cada que lo asaltan, cada que paga un nuevo impuesto, cada que sufre un nuevo reglamento, cada que alteran las “elecciones populares”, cada que el taxista cobra con el taxímetro alterado, cada que la burocracia le roba horas de su vida, cada que se paga una mordida, cada que el microbusero, el patrullero, el asesino, el oficinista delincuente, el gobernador, el presidente municipal, el secretario, el diputado, el senador, el repartidor de despensas, el funcionario público, el de la tiendita que manipula los precios, el vendedor del tianguis que le pega metal a la base de la báscula para que marque más, el que cobra A y entrega B, el que tima, el que engaña, el que saca ventaja desleal, el que manda levantar, el que secuestra, el que mutila, el que viola, el que adultera, el que compra pirata, el que vente pirata, el que apalabra, el que amaña la competencia, el que actúa con dolo y alevosía, el que hace todo lo posible por trabar al otro, porque si triunfa, me hace quedar como pendejo y en vez de ponerme a trabajar, mejor que nadie trabaje. Es la expresión que pone en manifiesto que en este país, el que se apendeja, el que sobresale, el que me lleva al baile, al que me llevo al baile, el mejor, el peor, todos, todos los que no son yo, todos son putos. Y es deleznable que se defienda la tesis de que el folclor implícito en la expresión sea marca de la mexicanidad, cuando al menos un puñado de acciones podría ser mejor etiqueta ante el mundo, ante nosotros mismos, de lo que significa ser mexicano.

jueves, julio 17, 2014

Desgaste



Por: Perro

No es el cansancio, ni el hartazgo, ni la insufrible cotidianeidad que a fuerza de ser constante hipnotiza. No es desidia, ni desagrado, ni es flojera, acaso. No es miedo o respeto alguno por la página en blanco, por la base vacía, por la carpeta a medio revisar. Podría pensar que la cantidad obscena, insalubre, ridícula de pendientes, podría ser la explicación para mi apatía. Pero no. Ni siquiera es falso existencialismo, sensación de vacuidad, o el desgano mortal producto del entretenimiento pasajero de las masas. Resulta que todo cerebro, aún acostumbrado a trabajar todo el tiempo, toda la vida, simplemente a veces decide: no más. Y así como el conductor cansado al que no se debe tentar, y menos aún, invitar, a continuar su camino, no conviene incrementar la presión a un cerebro recargado. Nunca se sabe de qué manera va a explotar. No se puede predecir hacia dónde se dirigirán sus ácidos contenidos y sus tóxicos gases. Si se fuerza un cerebro, si se le hace perder su liviano equilibrio de fuerzas, podemos desatar la belleza mortal de una supernova.

No se debe aumentar la presión a ese caldo delicado en el que se cuecen lentamente las ideas sobre los conflictos políticos internacionales, la indolencia del mexicano, los recuerdos de tiempos menos graves, los dolores, los pesares, las ausencias, las carencias, los excesos, con trozos de resignación que pelean contra los ideales (reprimidos o no), el agridulce sabor de las escasas victorias, el peso nebuloso de las derrotas; ese caldo que alberga también partículas de miles de millones de favores, compromisos, pedidos, refranes, proyectos, deseos, promesas, sitios por visitar, libros por leer, trabajos por hacer, días por reposar, deudas por pagar (o adquirir), normas por acatar, lazos por atar, ataduras por cortar, vicios por disfrutar, caminos en los cuales perderse y estrellas por contemplar. Conforme pasa el tiempo, se espesa cada vez más, los elementos iniciales van perdiendo forma hasta quedar inmersos en un concentrado amorfo con tantos ingredientes que la memoria se atreve a confundir. En la parte más profunda, más alejada de la luz, se adquiere ese sabor amargo, a quemado, de los miedos, los “deber-de”, “tener-qué”, las falsas poses, las auténticas poses, las envidias, los engaños, las mentiras, las imprecisiones, los errores, las trivialidades que se apoderan de los pensamientos en el momento definitivo, durante el minuto final, al realizar la incisión definitiva. Se amasan y acumulan y caramelizan en una costra difícil de remover, cuyo tamaño, grosor y contenido resulta arduo de estimar. Sólo sabemos que se componen de la materia sobrecalentada del mismo caldo, todo aquello que no logró escapar a la fuente de energía de esta olla que llamamos existencia.

De tanto en tanto, esta masa arroja aromas y vapores agradables, algún pedazo correctamente cocinado cuyo sabor y aspecto es resultado de miles de reacciones y la paciencia para que ocurrieran. Son los menos, por mera entropía. Muchas de las partículas, trozos, y del mismo caldo, se pierden en las brasas al caer inevitablemente producto de la incorporación de nuevas partículas, y trozos y caldo, sin que podamos retenerlas, sin que queramos detenerlas, y sin que siquiera acertemos a percatarnos de su ausencia. En un vano intento por controlar lo que se quema y acomodar lo que se cae, el mismo movimiento empuja por el borde más y más materia amorfa que se vuelve humo, charco, ceniza.

Vivimos por esos afortunados y menos probables resultados finales agradables. Es por eso que seguimos pegados a la olla, es por eso que mantenemos vivo el fuego.

domingo, julio 06, 2014

Mate al ingenuo



Por: Perro

Era una tarde que parecía cualquier cosa menos una declaración de guerra, una plegaria al suicidio. Ahí estábamos, tú y yo. Separados por un tablero. Ese tablero era al mismo tiempo lienzo y espectador. No sabía cómo había llegado ahí. No sabía cómo habías llegado ahí. ¿Por qué habrías de querer darme una lección, precisamente hoy? Titubeaba para hacer mi primera movida, como si tuviera que impresionarte, como si tuviera que asombrarme a mí mismo. Peón a d4. Tú a e6. Antes de tocar el caballo, me preguntas: ¿Es así como quieres proceder?

¿Será que me estás retando? Me quedo en silencio. Cf3. Te pregunto por qué lo hiciste. e6. No respondes, y lo reflejo en el tablero. c4. “No lo hice yo. No lo hiciste tú. A veces es mejor pensar que las cosas son así porque independientemente de los errores y aciertos, poco o nada habría cambiado el panorama actual. A veces es mejor no ponerse a pensar qué llevó a ese estado, pues es peor darse cuenta de la cantidad de veces que pudimos cambiar el camino, que pudimos realmente influir en el resultado final, y por desconocimiento o desidia, no lo hicimos”. Mueves a c6. Me hiere tu falta de respeto a mi auténtica angustia. e3. Lentamente y como si no quisieras desatar la tormenta, mueves Cf6. No dices nada. En el tablero y en la batalla, esperas mi respuesta. Da4 y replico: “No es justo”. Ad2 “Bussiness are bussiness”. Exploto. cxd5. exd5. “¿Por qué haces esto?”. Un ave cercana trina, con desprecio, con falta de intención. Casi como me siento en estos momentos. “¿Por qué juegas si no quieres jugar?”. Cc3 y me reclino hacia atrás. ¿Cómo fue que empezó todo esto?

Mueves a a5. Quiero anticipar tus jugadas, quiero anticipar tus preguntas. Pero quiero aún más desentrañar respuestas para las mías. Ad2. Esto te tiene que hacer retirarte de ese flanco. Mueves a b5 y me haces retroceder a mí. “¿Por qué juegas a defender tu causa de lo que los demás hacen? ¿No sería mejor que propusieras?” Me quedo como empapado, sorprendido. Con una mirada diriges mi atención al tablero. Retrocedo Db3. Sopla una brisa que por poco y desacomoda algunas de las piezas. Tú adelantas a a4. “¿Por qué si no quieres perder entras a un juego con apuestas tan elevadas, sin saber qué es lo que en realidad pasa en el tablero?”. Ad6 y casi de inmediato me apresuro a responder Ae2. “Tienes mucho miedo. Temes que al perder piezas que consideras importantes, no puedas seguir jugando. Olvidas con facilidad que el objetivo no es llegar con todas las piezas al final, sino llegar al final. No sabes matar.” O-O. A falta de mejor respuesta, copio el movimiento y obtengo tu desaprobación. Continúas: “Matar es tan definitivo y eso es lo que no cuadra en tu pequeña mente. No sabes qué hacer con la pérdida.” Cg4. Respondo que no uses las pérdidas para dar lecciones mientras muevo mi torre a c1. Dc7 y noto condescendencia en tus actitudes. “¡Tú no vas a venir a decirme qué significa la muerte! Tú no sabes ni siquiera qué es la vida. It's when you start to become really afraid of death that you learn to appreciate life. Do you like life, sweetheart?”. Ah2+. Una lágrima asoma por la comisura de mis párpados. “Te dije que no jugaras. Te advertí que no te sintieras más inteligente de lo que realmente eres. Te dije, puta madre, que no jugaras piezas cuyo valor desconocías, no el valor para ti, ése no importa en lo absoluto. El valor para los demás. Ése es el que te debe importar. El precio. No rompas lo que no puedes pagar”. Cxh2. Y continúas “Y todavía te di una oportunidad de escapar. Y no la aceptaste. Y te ofrecí una tregua, y no supiste su valor”. Me doy cuenta de lo que dices, en el tablero. “Creíste que con un par de palabras de disculpa se arreglaría todo. Tú no has matado a nadie. No. No podrías dispararle a alguien aunque tu vida dependiera de ello, porque tu concepto de eternidad es muy idealista. No podrías matarte a ti mismo, pero no hiciste nada para salvarte”. El viento comienza a soplar más fuerte. A lo lejos se escucha música, como de esa que se pone en sábados por la tarde para amenizar el consumo de alcohol, con la familia, con los amigos. Esa que uno reproduce en el estéreo para recordar que la vida es más sencilla de lo que se plantea. Que los lunes no son más que lunes. Que el amor puede caducar y que todo contrato puede extinguirse.

Sacas una cajetilla y una pistola. La colocas junto al tablero. Abro los ojos como nunca antes en mi vida lo había hecho. Siento la sangre subir a mi rostro al tiempo que enciendes tu cigarrillo. Vacilo al decir “Anda, somos amigos”. “No. Tú crees que somos amigos”. Siento mi rostro trabarse en una mueca que denota nerviosismo y al mismo tiempo abandono, y una sensación de tímida risa nerviosa se apodera de mí. “No puedes hacer amigos con la gente con la que haces tratos, así como no puedes hacer tratos con los amigos. Algo terminará padeciendo ante ese proceder.” Observo como el humo del cigarrillo se desprende y se aleja. Apenas distingo su silueta contra las hojas de un frondoso árbol cercano. “No sabes jugar. ¿Qué pasa cuando no sabes jugar?”. Respondo con una falsa sensación de seguridad “¿Pierdes?”. “¿Qué quieres que haga entonces? Al menos tu congruencia llega hasta aquí. Si sabías a lo que te exponías, ¿Por qué no mediste las consecuencias antes de lanzarte así al vacío? Sí, sí somos amigos. Eso sólo lo hace más difícil. También te quiero, y eso lo hace un suicidio, porque con cada cosa querida que perdemos, muere una parte de nosotros. Irreparable. Pero tu abuso del conocimiento de que te quiero le devuelve el valor de trámite a esta partida. No debiste entrar con el pensamiento de que por existir este o cualquier otro vínculo, estarías a salvo. Mi nombre no es Paracaídas”. Tu seriedad invadía todo el espacio abierto. De pronto ya no escuchaba más aves. La música sonaba como una burla a lo que vivía. Era como una escena de película en la que lo único que esperaba era que cesara esa parte y pasáramos a otra toma. “¿Qué quieres que haga?”. El grito asustó a un grupo de palomas que buscaba migas de pan cerca de nuestro encuentro. Pedirte retroceder las jugadas sería un error, una ofensa. Pedirte clemencia sería ignorar tu ciencia. Pedirte olvidar la partida y dejarme huir sería lo más insensato que podría cruzar por mi cabeza, después de no hacerte caso cuando pude haber modificado el camino. Tantas veces. La ceniza caía del cigarrillo prendido de tu mano inerte. No sabía cuánto tiempo más esperarías mi respuesta. Conforme la Tierra dejaba de dar esta cara al sol, se encendían algunas luces y algunos sonidos cotidianos me servían como flotadores a los cuales asirme en esta tormenta en la que me encontraba. ¿Cómo fue que empezó todo esto?

Se murió la punta incandescente del cigarrillo. Yo no podía creer lo que sucedía a mi alrededor. Pensaba en una mordedura de cobra recibida, y en el reloj que marca los minutos restantes antes de que el veneno haga su efecto. Pensaba en lo inevitable de la caída del avión cuando no queda más combustible en la reserva. Tú, impaciente pero en calma, veías fijamente a mi rey. Yo distraía mi tensión en cuentas estúpidas: cuántos automóviles de color rojo, cuántas casas con luces encendidas, cuántas veces pude haber evitado este desenlace. Sentía cómo se entumían mis piernas, en parte por el frío, en parte por el nerviosismo, en parte por la posición. No acertaba decir ni una sola palabra, ni mover un solo dedo. Cada parpadeo pesaba como si fuera una cortina de acero blindado, y el lapso antes de volver a abrir los ojos desechaba esperanzas de que ese momento no existiera, albergaba la oportunidad de empezar de nuevo. O al menos, de que mi oponente, tú, te retiraras y dejaras que todo acabara en una lección para mí.

Sin levantar la vista, hiciste una pregunta que me dejó helado. “¿Qué es lo que más vas a extrañar de vivir?”. Entendí que la partida había terminado. No habría segundas oportunidades en el tablero. Jugué precipitadamente y sin saber muy bien qué hacía. No sé en qué orden enlisté lo que, según yo y así, sin más preparación, extrañaría de la vida. No recuerdo cuántas ni cuáles de estas cosas te las dije, y cuáles me guardé para mis entrañas. Las rutinas de los domingos por la tarde cuando era más joven, siempre llenas de música. El olor de la cerveza al entibiarse. Las noches de billar. El sabor que deja el vino tinto, el buen vino tinto. Los obituarios. Los homenajes. Lo exagerado de los tabloides amarillistas. El olor a pasto recién cortado. Las tardes que conversamos en las que no entendía que parte de lo que decías era para salvarme. Todas las veces que declaré no necesitar de nada ni de nadie que me salvara. La inocencia de mi sobrina al jugar con las flores. Las tardes viajando por autopistas con destinos no siempre conocidos. El aroma frío de los pinos en las montañas. Las crudas con whiskey. El olor a chocolate quemado por no moverlo frecuentemente al prepararlo. Los amaneceres lluviosos de sábado, sin más compromisos que pedir pizzas que inundaban con su olor el departamento. Las canciones sin sentido que tantas veces criticamos pero que indudablemente son necesarias para hacer descansar el cerebro de su tormentoso pensar diario. Esas fiestas llenas de música electrónica y tragos irrepetibles, producto de las manos de decenas de barmans profesionales improvisados. Sobre todo las que terminaban al amanecer. Los chistes gráficos. Los licuados de vainilla. Las tardes de beisbol con mi padre. Las festividades que se pasaban entre reclamos y odio con la familia, pero que al final terminaban con ese dejo de añoranza.

“Extraño más cosas de las que puedo extrañar. Por favor, deja esto de lado”, exclamé. Agarraste la pistola y mientras se me escapaban algunas lágrimas, colocabas el silenciador. “Sabes que no quiero hacerlo. Sabes que vivimos vidas en las que seguro la mitad de lo que hacemos, o más, no corresponde con lo que queremos hacer. Sin embargo, todos debemos estar arruinados, entonces todos debemos hacer cosas que colectivamente denominamos ‘deberes’. Esos deberes no son más que la venganza de alguien más que no pudo hacer lo que quería, y desquita su frustración al imponer deberes a quienes tiene bajo su poder”.  Suspiré sin mucho afán. “Do you like life, sweetheart?”. No podía creer que fueras tú quien estuviera haciendo esto. “Sí´”. “¿Qué?”. “Sí, si me gusta la vida”. “Entonces no será una bala mal gastada; ‘I take no pleasure in taking life if it’s from a person who doesn’t care about it’”.

Con la pistola en tu mano derecha, te inclinaste sobre el tablero y me miraste fijamente. “¿Qué haras con mi cuerpo?” “¿Yo? Nada. De eso se encarga alguien más”. Sabía que todo había acabado. Pasaste la pistola cerca de mi cabeza, y luego apuntaste al rey. Dxh2++. Apretaste el gatillo. La figura del rey desapareció tras el disparo. Ahora la dirigías a mi cabeza. “Por favor, date la vuelta. No quiero que tus ojos me claven tu última mirada. No quiero sufrir eso”. Me invadió la sensación inequívoca de que era el momento de abandonar este plano existencial. Sentí tu mano en mi cabeza “Reclínala por favor”. Como si fueras a hacerme un corte de pelo, colocaste mi cabeza a tu conveniencia. Sin percibir otra cosa que los sonidos lejanos y el movimiento del pasto provocado por la brisa, esperaba el disparo. No sabía si cerrar los ojos o dejarlos abiertos. Escuchaba tus movimientos, lentos, calculados. Sacaste algo de un bolsillo y lo colocaste sobre el tablero, sin importar que se alterara el orden de las piezas. Ese fue el momento final. No pude escuchar el gatillo, pero sí el disparo. Instintivamente, cerré los ojos y me dejé ir, solté mi cuerpo. Luego, nada. No sé cuánto tiempo pasé así. Poco a poco hice consciencia de que no estaba muerto. Yacía en el pasto, inmóvil, sobre mi lado derecho. Ya estaba francamente oscuro cuando decidí ponerme de pie. O la muerte era extrañamente similar a la vida, o ésta última no había terminado aún para mí. Voltee hacia el tablero. No había ningún rastro de ti. Ni de nadie más. La molesta música seguía con su ofensiva cotidianeidad. Había una nota sobre el tablero. La abrí.

“Querido muerto en vida:

Pocas sensaciones deben ser tan terribles como saber el momento exacto en que se ha de morir. La diaria batalla entre la vida y la muerte tiene el encanto de no saber en qué momento se jugará la última pieza, cuándo se exhalará el último aliento. Te dije que te quiero. Por esta razón, mi regalo para ti no es el perdón, sino el no retirarte ese final derecho a no saber cuándo has de perder el rey.

No me esperes. No vivas tu vida esperando nada más. Llévate tantas cosas en la cabeza como puedas. Que tu camino a la inconsciencia final esté lleno de recuerdos que desees extrañar por el resto de tu eternidad”.

sábado, marzo 15, 2014

Sin título, sin palabras



 

“There are no happy endings.
Endings are the saddest part, 
So just give me a happy middle
And a very happy start.”

-Shel Silverstein, Every Thing on it.

Por: Perro

Nunca está uno preparado para las despedidas. Nunca. Nunca imaginé tampoco que la tuya llegaría en marzo, sino más bien hacia finales de diciembre. Marzo es tan temprano, tan cercano. Nunca es una palabra tan triste y tan vacía, tan definitiva. Como cuando se escribe “nunca podré volver a verte”. Como cuando se cae en cuenta que nunca regresaré y te oleré, y me olerás, y te abrazaré y vendrás a recordarme que la computadora durará más que esas tardes. Y no pensé que tendría que decirte adiós así. Y es que uno es ateo y no cree en nada hasta que desea uno un segundo encuentro, un “hasta luego”, un “te veo más tarde”. Uno es escéptico hasta que abre uno la puerta y desea que todo haya cambiado, que ese día no haya nunca pasado, que las malditas pesadillas son así. Y es que uno no cree en caminos y en destinos hasta que se le planta a uno la muerte. Tan rápida, tan inadvertida.

Hoy me enfrento al dolor más cruel que recuerde en los últimos tiempos. Hoy perdí la esperanza de que siguiéramos siendo una familia como la habíamos soñado. Hoy tuve que aceptar que esa barca imaginaria que nos llevaba al futuro se dañó y no nos lleva juntos nunca más. Hoy tuve que olvidar las preocupaciones de cómo viajar contigo a otros países, de cómo iríamos a la playa, de que las vacunas vienen el mes que entra, y tuve que desligarme del hecho de que el mundo me da un descanso al entrar a ese lugar que gracias a tu mamá, a tu hermana y a ti se hizo hogar. Hoy tuve que poner a prueba las palabras que tantas veces me he oído decir, pragmáticamente, que todos somos polvo de estrellas y que a polvo de estrellas vamos a regresar. Hoy tuve que renunciar a volver a ver la alegría, la tuya y la mía, y resignarme a que esos momentos ya no llegarán, sino que se quedarán por siempre como fragmentos en un cerebro que hoy es un poco más pequeño, y mucho más triste. Hoy tengo que inventarme un pretexto para seguir adelante y no pensar que qué pasó, en qué falló, en qué pude haber cambiado. Tuve que quedarme con tu partida en mis brazos, y mi coraje hecho pedazos.

No volveré a sentirte dormir pegada a mí, ni tu pelito moviéndose al saltar, ni tu emoción al verme llegar. Hoy dejas un vacío que nada podrá llenar, ni que pretendo que nada llene jamás. Todos esos pequeños detalles ahora tendrán que vivir en estos recuerdos que por ahora no pueden aparecer sin causar tristeza. Todavía llego y espero encontrar un rastro, una huella, un ladrido, un poquito de la alegría que nos brindabas. Ahora me pesa buscarte por los rincones que te gustaban, comer las cosas que compartíamos, salir y no poder llevarte, dormir y no poder despertar y buscarte. Siempre estarás aunque ya no estés. Porque es fácil decir que el consuelo llega y la resignación aparece y la sobriedad coloca de nuevo todo en su lugar, y que el ajetreo y las responsabilidades y la mierda de cada día ayuda a superar o hacer que duela menos, y es más fácil aún decirlo cuando no se vive, pero lo que realmente termina con todo es tener que tragarse el cuento cuando es uno quien lo experimenta.

Te extraño, Phoebe. Te extraño y te quiero, y eso nunca cambiará. Y nunca dejaré de pensar en que te fuiste muy temprano, pero que seguirás aquí mucho tiempo después de tu partida.


Por tu papá, a diez días de haber tenido que decir adiós.