domingo, septiembre 15, 2013

La nación perdida



Por: Perro

Mientras la clase media se divide entre los simpatizantes de “los folklóricos pobres”, los clasistas repugnantes y los comprometidos en un gradiente de accionares, el cerca del 60 % que componen la pobreza de la nación sufren por culpa del 40 % restante. Sufren de discriminación, de insultos, de olvido. El espíritu latinoamericano que había caracterizado a los movimientos contra la opresión en 1968 y 1972 ha decaído en un caldo político del que todo mundo busca sacar provecho, favores, reflectores o likes. Individuos supuestamente letrados como Roger Bartra (hijo de exiliados –sí, esto es, desalojados, movidos de su lugar de origen por causas seguramente ajenas a su voluntad, a menos que hayan sido franquistas-) delegan en las faltas de los sindicatos la génesis de, y cito [1],

[…] un híbrido extraño, una mezcla de sindicato y organización política que rebasa con creces las demandas laborales y que hoy se opone a todas las reformas que se están discutiendo en el Pacto por México.”


al tiempo que tratan de legitimar y calificar como justo, bueno, necesario, el transitar de las instituciones hoy tan en descrédito en un festejo anacrónico y descontextualizado. Estos son los mejores. Los peores son simplemente clasistas acomodados en una esfera (no cúpula) en la cual se sienten protegidos por “cuantiosas” sumas económicas en una o varias cuentas, tarjetas de crédito, membresías y acceso a clubes y sitios exclusivos (o excluyentes; francamente el que redacta no entiende la necedad de usar ambas palabras como si se tratara de definiciones o al menos consecuencias distintas). Son los pequeñoburgueses que leen críticas de López Dóriga o Loret de Mola, que se refugian en la filosofía de Paulo Coelho, Mariano Osorio o cualquier otro que abunde en los anaqueles de Sanborn’s, que visten pagando a crédito costosísimos trajes, suéteres y bolsas de “renombradas” marcas adquiridos en Sears, Suburbia o, ya entrados en lujos, Liverpool o El Palacio de Hierro, y que de todo ello hacen gala ya sea en las comidas familiares o en las redes sociales. Gente que pide la gasolina por litros y no por precio, porque para ellos la adquisición es cuestión de uso, no de necesidad. Y creen que esta esfera los protege, creen que es justo que sus impuestos mantengan los vicios del gobierno del cual son secretos cómplices, aún cuando sus moralistas actos públicos los obliguen a pensar que son mejores que los “mugrosos cierracalles”. Y no, no es resentimiento social lo que permeo en estas líneas. Es auténtico desprecio por la gente que cree que el dinero hace al individuo. Son éstos los que por la incomodidad que provocan las marchas, por lo anti estético de la imagen del zócalo, y por las ideas que les imponen desde televisa, tv azteca, milenio, reforma y los estándares adoptados de belleza física, acoplado todo ello a la idea de status, sacan a relucir su más interesante lado promoviendo el odio hacia los sectores que luchan. Tristemente, incluso personas que cumplen con el fenotipo que incentiva el desprecio por los clasistas se unen a éstos en una ola de reclamos por la protesta.

Están, también, los que pertenecen al llano pueblo, pero que no se identifican con él. Son los que también marchan, pero para romperles la madre a los manifestantes. Ávidos de ejercer el poder encomendado en ellos, abusan de sus armas, armaduras, escudos y número para reducir las protestas y favorecer el mecanismo de control de las masas que tanto gusta al colectivo indignado suponer que se maneja. Y digo suponer, porque el control es sólo a medias. Si bien es cierto que se nos espía, se nos clasifica, se nos censura, realmente las cúpulas tampoco pueden dotarse de tanta creatividad. Sería un reconocimiento inmerecido. En palabras de Eduardo Galeano:


Burócratas armados, que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea. Eso, y nada más que eso. No son monstruos extraordinarios. No vamos a regalarles esa grandeza.


No es que activamente estén buscando cómo joder al país. Cómo provocar la ira de la sociedad. Cómo exaltar a las “minorías”. Nada de eso. Sólo es estrategia de supervivencia: ante la gran pérdida de recaudación inminente, producto de los regalos y favores a las transnacionales y empresas poderosas que otorgan jugosos fines de año a sus beneficiarios gubernamentales, la Secretaría de Hacienda debe recuperar el dinero para sostener la escueta supervivencia financiera del país. ¿A quién explotar? A los cautivos. Aumenten o generen IVA, aumenten ISR, busquen nuevas maneras de recaudar a lo grande para encubrir lo que se deja de captar de parte de los grandes de la economía mexicana. No se despiertan pensando cómo hacer más pobre al pobre: simplemente no existe en su mente. Ni la clase media. Ni los mandos medios, ni los gerentes. Sólo los empresarios. Sus proveedores de insumos negros a costa de los impuestos del país. Y los mantienen con la leyenda: 8 de cada 10 empleos del país se generan por las empresas. ¿Empleos? Y encima de todo… para la empresa tampoco convienen los empleados con seguro y prestaciones. Piden a cambio reformas laborales que avalen el uso del régimen de subcontratación y la pauperización del explotado. Ahora pueden sacar dinero de las extintas prestaciones para pagar a sus facilitadores gubernamentales sin perder sus ganancias programadas.

Aún cuando las medidas también afectan a la población más pobre, puesto que no carecen por completo de poder adquisitivo, se suman a las protestas anti protestas de la clase media acomodada porque a) lo escuchan en los medios masivos al servicio del estado; b) saben que un retraso, en los regímenes contractuales vigentes, puede acabar con su vida laboral y por tanto, con la renta, los pagos de elektra, banco wal-mart, sky y el nuevo Smartphone que da la sensación de pertenecer a un mundo más exclusivo; c) simplemente implica menos esfuerzo sentarse a pensar que ya no hay nada más qué perder; d) viven en otra esfera de la ilegalidad (habría de revisarse severamente las leyes que rompen y por qué motivos) en la que no importa nada la situación del país, los maestros, los indios de Wirikuta están muy lejos, la gente necesitada por el abandono al campo está en los noticieros, “¿Mexicana? ¡Si yo ni avión uso!” y sólo importa el día a día, la selección, la academia, la rosa de guadalupe o lo que sea que transmita la cadena nacional en estos días en su “horario estelar”.

En este contexto, la inmensa mayoría de los mexicanos saldrá en unas horas a festejar la independencia de México. ¿Por qué? Porque el lunes es puente y no hay que ir a trabajar. Porque está lindo ser mexicano y el sombrero, y la banderita, y el zócalo lleno de tricolor, y alegría, y tacos y tortas y sopes y coca-cola y mexicanadas vacías. Porque el tequila y las fotos y la familia y los amigos. Porque no hay mejor forma de festejar que cuando no se carga con el peso del festejo. Porque ser incongruente y vivir ensimismados es para gritarse y postearse y enorgullecerse. Porque nadie lee a Octavio Paz, pero dominan a Espinoza Paz. Porque nadie sabe qué dice el artículo 3° constitucional pero saben la alineación de la selección, el club en el que militan todos los jugadores y las posiciones en la tabla de sus equipos. Porque es malaondita no apoyar al presidente y no hay que ser mal perdedor y unirnos como mexicanos y alabar a la virgencita y apoyar al teletón y ser entreguistas y que nos valga madres si el petróleo, porque pues, nunca lo vemos de cualquier manera, y si las mineras, pues, parafraseando a Pedro Ferriz de Con (lástima que no cuento con la cita textual) qué importan los sitios sagrados si se les brinda a estos ignorantes oportunidad de trabajar (y que luego no se anden quejando de la pobreza), y si el I.V.A. pues total, qué es otro tantito (una raya más al tigre) y si privatizan la educación y los recursos y toda la energía y las bandas de transmisión y el transporte y sube la gasolina (“y sube, sube, sube que sube”) y hay que disfrutar de la vida, entonces sí se puede, pero no hay empleos, entonces no se puede, pero hay sky y si no dish, entonces sí se puede…

Y al final, todo sigue igual. El lunes nos demuestran todo lo que tienen para reprimirnos (a ver si desfilan las flamantes tanquetas de agua anti motines) en un desfile de mierda que nadie ve por la puta cruda que hay que pagar, y el martes, después de todo, pues qué bueno, ya nomás faltan cuatro días para el fin de semana… pero no importa. Hoy es el grito (¿quién lo dio y por qué? Vale madres), es fin de semana, es puente, es quincena y es todo lo que importa.


[1] Bartra, Roger. Insurgencias incongruentes. Reforma. 2013.
[2] Galeano, Eduardo. Días y noches de amor y de guerra. 1983.