jueves, diciembre 18, 2008

Fisiología de un acto de locura


Por: Perro

Aquí comienza el relato de una locura que no quiso encontrar final hasta que ése final tuviera tu olor y que se propaga por todo mi ser con el deseo de hacerlo también en el tuyo…

Es acaso apenas más incierto el inicio que el estado actual de una locura que nació un día en mi cabeza y que clama por perpetuarse en lo más profundo de la capa más externa de un cerebro que no imaginó jamás la tarea que se le iba a encomendar. Nunca supo cómo lidiar con imágenes de una visión no pasajera que relataban un futuro desconocido pero acogedor. No estaba entrenado para desenmarañar los miedos que estorban al nacimiento de un tronco poderoso con ramas que trazarán los senderos (referirse al texto Senderos, próximo a salir) posibles de un camino único que desembocará en sólo más ramas y estas a su vez en hojas y flores y con suerte más ramas que sean bañadas por el sol o una brisa o una llovizna, o acaso una caída que simboliza el triunfo del mismo miedo a caer. No sabía qué era lo delicioso, lo apacible, lo sublime, lo más noble y lo más simple: la belleza que se derrama de un ser que no requiere máscaras de ningún tipo para ser irresistible. Más aún: tenía desparramados por todo su abstracto limbo lienzos inacabados de porciones de un sueño que nunca alcanzó a integrar hasta que tu presencia hizo posible delirar con tu existencia.

Inexperto, poco astuto, poco preparado, se hace un lío con la tormenta de estímulos que comienza a recibir de su contraparte femenina que no perdona y ataca haciéndole fallar el control, la cordura y la tranquilidad, le incita y le inquieta con miradas dirigidas desde lo más interno de su ser. El cerebro contendiente presta atención a sus debilidades y le ofrece la posibilidad de tomarle de la mano, de acariciar su cabello, de perder las manos en la inmensidad del cielo que representa el cuerpo que habita. Exhausto, un aturdido ser pierde el sueño reparador a cambio de horas de estímulo meramente auditivo donde el dulce de tu voz se engancha en mis tímpanos y recorre los nervios por todo el cuerpo y provoca que se erice la piel y cierre muy fuerte los ojos y las manos cuando escucho cosas para las que el pobre encéfalo no estaba preparado. Es entonces que empieza a asomar lentamente un líquido agridulce que cubre con su viscosa presencia el kernell de la mente y se emociona, se entrega, se enamora, sin caer en cuenta que está dejando atrás miles de actitudes, destellos y miedos y los cambia por nuevos planes, acciones y miedos.

Se pierde, víctima de tantos estímulos nuevos, de tanta belleza después de tanto tiempo de morder tierra y sorber gusanos. Se pierde y da paso a una sensación de realidad alterada, demasiado buena para parecer cierta, y se pregunta sin ganas de tener respuestas. Se daña y se altera a sí mismo porque no puede creer que de pronto sea el blanco de tantas palabras que no contemplaba percibir. Graba instantáneas tridimensionales ayudado por sus más pobres instrumentos para intentar interpretar la naturaleza de su realidad que más tarde registra incesantemente por todos lados en búsqueda de algún indicio de las redes neuronales hubieran fallado y hubiesen creado la ilusión tan perfecta que representas en mi efímero camino.

En el colmo de tan irreal despliegue de virtudes, se exhibe el detonante del contacto físico que legitima la existencia tan poco probable de dicho encuentro con un beso que ya no encontró final y que se sigue filtrando por entre los milímetros o kilómetros que nos separen y deja su huella perpetua con la sensación de aún tenerte fundida en mi boca, dejando tu sabor recorrer otro cableado de neuronas que registrarán cada partícula derivada de tu presencia susceptible de ser recordada en futuros encuentros. No hay más, se pierde irremediablemente el pobre órgano distribuidor de órdenes en un estado de incredulidad y franca alegría. Es el contacto físico elevado a un nivel inmaterial acaso, probablemente así percibido por una bioquímica que escasea de argumentos para poder describir el acto en el cual dos seres terminan por volverse uno solo, o miles, o volverse parte de un todo que los envuelve y los exime por momentos de la realidad que les acompaña desde que la memoria los condena se anidó por vez primera en su ser. Son acaso los miedos los únicos detractores que se asoman y profieren contra la causa en nombre del pasado que debe ser derrotado, un pasado donde la constante era el frío y el común denominador la decepción. Ahora el atormentado animal lucha por mantenerse entre el gozo absoluto y el terror de la pérdida causada por los simples temores, y pelea y no quiere caer, pero el vértigo de encontrarse entre lo más bello y lo más detestable lo confunde atrozmente. Es hora de ser feliz, decide el animal y no le queda más remedio que dejarse envolver entre tus cabellos, embriagarse con tu saliva, adormecerse entre tu olor y quedarse prendado de la cálida sensación de tu presencia. Se convence de tomar el sendero del camino que cree correcto y perderse en una nueva selva que no le pertenece ni a uno ni a otro sino que se traza, se desdibuja y modifica su tamaño conforme los pensamientos de quienes protagonizan la locura van encontrando la madurez de aceptar su condición de seres completos, plenos. Y felices.

martes, diciembre 02, 2008

Naranja


Por: Perro

Es a veces complejo comprender por qué ciertas percepciones se arraigan tan fuertemente en nuestra cabeza hasta el momento de hacerse parte de nosotros. Una de ellas es la experiencia visual, que puede dejar enclavado en la memoria un momento a perpetuidad. Y entre más simple –natural- el estímulo, más increíble la sensación que despierta. Sin pretender ser un texto esotérico, una guía de personalidad ni mucho menos un análisis estético, se deja al lector la tarea de sentir lo que le plazca, sin remordimientos, con las siguientes líneas.


El naranja es un ejemplo de belleza y natural contraste. Es, visualmente, la mezcla del rojo y el amarillo. Así pues, el rojo es el estímulo más fuerte que puede tenerse como color puro: es el inequívoco patrón que emana de la herida, ese patrón que simboliza asimismo vida. Es el color asociado a la pasión, a la valentía, al arrojo, al dolor, a la carne viva expuesta al frío viento. El rojo habita en los labios, en los besos, en el rubor que provoca la persona deseada al pasar, en los atardeceres que deseamos nunca terminen y en los amaneceres que saben tan bien a lado de ciertas personas. El rojo es el desbordamiento, es la entrega, es el color que se asocia con el dulce de la fresa, el sabor a fierro de la sangre, el olor a cereza inocente. Es la máxima visual que se arraiga en nuestro inconsciente y despierta sueños y pesadillas, victorias y fracasos, símbolo de hazañas y derrotas. Quien lo posee tiene fuerza, atracción, determinación, seguridad, pero así mismo es objeto de deseo, de búsqueda, de la mirada infinita del ojo colectivo e individual que goza de su presencia.


El amarillo es delicado, es suave, es parte de lo más noble y admirado que anega el horizonte. Es el final del amanecer, el color de la luz del sol (al menos en el periodo geológico en el que estos retazos de ideas son escritos), es el polen, que a su vez es inicio y fin de ciclos que alternan el crecimiento con la muerte temporal. El amarillo lo tienen las plantas que recién maduran, es la elegancia que reviste los campos y las praderas, se confunde con el dorado y baña las planicies. Es también el que marca el fin de la estación de abundancia y el inicio de una parte de resistencia, de cambio constante, es la promesa de una tregua cuando se vive entre dos excesos. Es la tranquilidad, voluntaria o no consentida, que embarga al espectador de los escenarios donde habita. Es el sabor ácido y fresco de los cítricos, es el olor a fruta que invade el aire de verano, es el color de la frescura de la primavera.


El naranja, por último, puede ser una mezcla de los dos colores primarios o la simple presencia simultánea de ambos, cosa obvia pero no por ello menos asombrosa. Indica el amanecer y el atardecer, límites visuales del horizonte que contrastan con el azul del cielo que es infinito en tanto masa de gases que bordea pero no atrapa, y límites así también de la noche y el día, mediador entre la luz y la oscuridad. Es el color que despierta el apetito y es el que caracteriza el justo medio entre dos extremos. Agridulce. Puede ser el olor dulce de la naranja pero también el sabor picante de ciertas salsas. No permanece estático pero tampoco en movimiento perpetuo, equilibrio dinámico de seductor vaivén que atrae y provoca pero guarda un dejo de inocencia que vuelve irresistible su presencia. Hay también unos pocos que lo mantienen como estandarte innegable de su temperamento, tienen la libertad de las patas de las aves que portan dicho color en la mencionada extremidad, pero asimismo son poseedores de la responsabilidad de sostener el emplumado medio de transporte. Existe en este color una belleza controvertida pues por mero contraste su sola presencia puede crear un punto de atracción sobre un plano monocromo, más no se deja empequeñecer cuando se le coloca en un medio alborotado y saturado, pues su sutil manejo es suficiente para despertar las más diversas emociones. Es libre, rico, se le observa desde el fondo del mar hasta lo alto de la copa de los árboles. Implica el necesario fin del verano y su calmada transición hacia el invierno, intermedio ineludible de agradable clima que toma lo mejor del calor del primero y la necesidad del mismo del segundo y coordina el cambio entre ambos extremos. Tiñe con sus tonos los atardeceres de octubre y le da su color a la luna crepuscular durante ese mismo mes.