Sunday, December 23, 2012

Escalas



Por: Perro

La globalización y el capitalismo son el último crimen que cometió la humanidad contra sí misma. En el zenit de la catástrofe humana –pobreza, recursos limitados malgastados, deuda, muerte, extinción, insalubridad, epidemias, etc.- poco se puede decir que ilumine una salida a la situación actual del planeta. Es un mundo donde la principal empresa de elaboración y distribución de bebidas gaseosas (y otros productos que compran a los mercados locales –extinción de la competencia-) patrocina estudios sobre nutrición, diabetes y obesidad, donde se vanagloria a la belleza como objeto de consumo, donde la nueva protesta contra el control mental es a través de redes sociales, páginas y demás recursos cibernéticos –incluyendo al presente blog-. Mucho se critica de la visión actual de los distintos grupos de poder, y éstos responden mediáticamente con celebraciones de la estupidez humana que son consumidas con avidez por un inmenso porcentaje de la población. El falso altruismo, ése que se deduce de impuestos, ése que consigue publicidad sin gravamen, socava los pocos yacimientos de esperanza en el planeta. La farsa del “sentido humano” de la vida, de la moral de dos, tres, cuatrocientas caras, la política y sus actores, todos estos inventos tratan de convencer a la masa de que “todos somos uno”.

No existe tal cosa como la comunidad global. Es imposible. Los grupos humanos, aún cuando han sobrepasado los límites biológicos de interacción gracias a la adicción tecnológica (más detalles en la entrada titulada “Breve ensayo sobre la autenticidad electrónica” en este mismo blog) sólo ven por sí mismos. Empero, el altruismo verdadero es más frecuente de lo que podría imaginarse. Es cuestión de superar la ilusión de las escalas. ¿A qué apunto? Primero, imagine el lector su red social (real, no los amigos de Facebook, Goggle+, aplicaciones de los Smartphones –quienes suelen ser, ahora, más inteligentes que muchos de sus propietarios-, y demás medios de comunicación a distancia): Si pudiera salvar a la mitad de ellas, ¿qué criterio emplearía para elegirlas? Seguramente se fijarían posiciones para la familia (puede o no ser el caso), los amigos más cercanos, las personas importantes para ellos, etc. Se jerarquizan en función de lo que representan para nosotros. Es inevitable. Esta misma jerarquía aplica al momento de elegir entre quienes se repartirá un beneficio, y aún cuando presumamos de objetividad extraordinaria, siempre estaremos sujetos a estándares internos que son partícipes inextirpables de la decisión. Claro que existe la ética, pero ella ha sufrido mucho ya en las instituciones, y con tan mermada fuerza no reluce demasiado en asuntos mundanos. Segundo: asumimos que todos los Homo sapiens son, en principio, seres sociales con un sentido de altruismo o al menos una sensatez suficientes como para ejercer acciones que promuevan el beneficio en su grupo (desde uno –él o ella- hasta el número que sea posible). Este punto en particular se debe considerar para contextualizar  Tercero: también se asume, salvo en el budismo, el perjuicio, más allá del acto de perdón. Cuarto: la consecución del beneficio puede suponer una empresa enajenante para el individuo, casi una adicción. Por ello, puede emplear métodos que sobrepasen los socialmente admitidos e, inclusive, pasar por encima de códigos éticos y legales.

Así, se puede trazar el panorama completo de por qué es imposible la existencia de una comunidad global: dado que hay jerarquización comprometida por las interacciones sociales, el beneficio no puede ser para todos, pues no hay interacciones sociales con todas las personas del mundo. La empatía experimentada ante la presencia (simbólica o física) de otros individuos en situaciones desventajosas en un principio puede calificar como distribución altruista de los bienes; sin embargo, se denota que existe un beneficio para el actor: ya sea la simple sensación (moralista o no) de complacencia por ayudar, o motivos más ocultos como la evasión fiscal, favores políticos o incluso el pago de una “deuda religiosa”. Entre más beneficios haya por repartir, más poder se adquiere sobre la sociedad. Si bien es cierto que existen (sólo en la teoría) derechos o beneficios inalienables, intransferibles e inextinguibles, sólo algunas personas tienen acceso –limitado- a ellos. El beneficio económico sólo se hace patente cuando existe un desequilibrio, cuando no todos tienen acceso a todo. La dosificación del beneficio en forma de programas, apoyos, donaciones y demás mierda mediática es esencial para mantener el desequilibrio, y para encubrirlo: quien lo otorga se pinta color héroe, la sociedad de clase media manifiesta su aprobación con el apoyo al consumo de los productos o servicios responsables y así se hace partícipe del ciclo pobreza-empatía-apoyo. Pero para que sea rentable, debe explotarse al máximo esa falsa beneficencia: la pobreza, las llamadas capacidades diferentes, la “apertura” a la expresión libre de las preferencias sexuales, pertenecer a un grupo originario (también denominados indígenas, nativos, salvajes, aborígenes, indios, etc.), es decir, todas las minorías (que en su conjunto son la gran mayoría) son fácilmente explotables. Y la clase política es la mejor comercializadora de estas situaciones: derrocha el erario público en un puñado de personas y sus gustos particulares, en la milicia para garantizar que no habrá golpes de estado, en comprar propaganda, televisoras y demás medios para hacerse visible ante la clase media. Mientras tanto, promueve la preservación del folclor del que tanto gustan los extranjeros y los adinerados, mantienen al pobre, pobre. Así garantizan que siempre habrá pobres y desvalidos y homosexuales e indígenas, en situación desventajosa, exprimible. Y pueden, entonces, haber campañas de recolección de cobijas, el “buen fin”, juguetones, teletones, campañas sociales para la aceptación de los derechos homosexuales e indígenas, comisiones de desarrollo del campo, comisiones de preservación de la cultura indígena y demás parafernalia avocada a vender al sistema como una “organización” “responsable” y “bondadosa”. Y es en este nicho donde encuentran cabida las transnacionales, los grandes corporativos, siempre ávidos de dinero, de publicidad gratuita, disfrazada de participación social, disfrazadas de acciones que están obligados a hacer en tanto humanos y causantes de la desgracia que “solucionan”.

Y luego, no conformes con lo ganado en estas puestas en escena, se cuelgan del aparato fiscal y deducen las donaciones que convencen de realizar al público. Es una estrategia ganar-ganar-ganar. Nunca pierden. Nunca. Y la gente participa a cambio de migajas. Descuentos ficticios, apoyos no deducibles, donaciones inexistentes, participación comprobada y exenta de impuestos. Y la población no sólo no emite juicios en torno a tan sensible punto, se apega a esas actitudes y las exalta, aún cuando es en su detrimento. La población está absorta en el mundo mínimo que el mismo sistema le ha construido. Son tan vulnerables porque no se percatan de ello. Se preocupan por mantenerse vivos día a día. Y eso beneficia al sistema. Lo nutre. Lo cuida. Y, siendo así, lo que más molesta es que se preocupen por crear un teatro para un público tan reducido. Pocos cuestionan, indagan, sopesan, y deciden. El resto se deja llevar. Pero ese resto compone un porcentaje abrumador de la masa humana. Algunos deciden no decidir. Otros no tienen siquiera esa opción. No conviene que unos ni otros decidan. Y podrían ser, los políticos, las empresas, cínicos con sus acciones, y nada pasaría. Tienen la milicia y la policía de su lado, con la tecnología y metodología para perseguir, amedrentar, desaparecer y burlarse de quien pretenda cambiar sus intereses. Es estúpido que gasten miles de millones de pesos en montar “complejas” maquinarias para exprimir el voto, el dinero y la preferencia de las personas: no lo necesitan. Las generaciones anteriores de políticos y empresarios ya hicieron el camino. Poco queda por hacer. Ellos cuidan a su pequeña comunidad, se cuidan entre sí, y esbozan “elaboradas” estrategias para preservar sus utilidades, como el ignominioso “pacto por México”, que pretende hacer creer a la masa que sus intereses están por encima de los de la clase política, cuando en realidad es un cierre de filas entre los actores de una estrategia de extinción de criterio en la población mexicana. Es imposible pensar que un idiota del calibre del actual presidente del país (casado en segundas nupcias con una ex-“actriz” de telenovelas de televisa, la impulsora y principal interesada de esta presidencia de juguete) pueda tener intenciones de desparasitar a la masa, arrancar las herramientas del sistema del que él emana, más cuando realiza propuestas tan estúpidas como prometer “mejores telenovelas” (Proceso, 2 de marzo de 2012). No es creíble que desee que la gente piense y reclame que le han visto la cara toda la vida. Sólo importan sus amigos [no su familia; se presume que tentativamente mató a su primera esposa tras una serie de escándalos de pareja (Proceso, 11 de enero de 2007)] y la gente a la que le debe su posición política: el Grupo Atlacomulco.

Se entiende, entonces, que este grupo de individuos hará lo que sea por defender sus intereses a costa de la población. Cambian menores de edad y pornografía infantil por botellas de cognac, terrenos para mineras por grandes sumas de dinero, favores de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por regalos, bonos y bienes inexplicables. Todos ellos ganan. Pierde la gente del pueblo, y es feliz con ello: resulta que el sistema les conviene porque en su mediocre escala, les permite jugar al mismo juego: tranza y aprovéchate de quien puedas, con tal de poder compartir lo que has acumulado con quien te interesa compartirlo.

Referencias:

·         Redacción de Proceso. Promete Peña Nieto mejores telenovelas al electorado femenino. Proceso (2 de marzo, 2012); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=299806.
·         Villamil J. Peña Nieto: El político. Proceso (30 de marzo, 2012); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=302702.
·         Redacción de Proceso. De 1910 al Teletón. Proceso (5 de diciembre, 2010); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=258766.
·         Hernández Alcántara M. El escándalo por la conjura contra Lydia Cacho, la peor experiencia de Mario Marín. La Jornada, año 27, número 9508 (1 de febrero, 2011).

The Big Crush Theory



Por: Perro

El pseudoexistencialismo se ha vuelto un sitio común, un consuelo recurrente para apaciguar, justificar o aminorar ciertas conductas y problemáticas que se encuentran en la vida diaria. Pero ¿hasta qué punto este escudo, esta disculpa, brinda un verdadero regocijo, un alivio, para todo aquello con lo que no queremos, o podemos, lidiar? Recuerdo que cuando era chico, la forma de afrontar el dolor (físico) consistía en recordar que en un tiempo, unos días, ese dolor habría desaparecido para siempre. En ocasiones la gente finca sus esperanzas en la esperanza última: que esa situación termine. Pero las preguntas (pseudo)existencialistas dieron lugar a razonamientos –su validez no será discutida en este texto- cuya propuesta puede mover las motivaciones personales a un camino sin final. La esperanza en la desesperanza de la esperanza.

Podemos esperar a que el dolor pase (“el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, decía Siddhārtha Gautamá). Se puede esperar a que mejore el clima, el ánimo, a que termine este año, este período de tiempo, este sexenio. Hay quien pretende la muerte pasivamente, y da por sentado que esta vida es sólo una transición a un espacio-tiempo distinto, mejor.  Así, se puede aguardar al término de la vida con la promesa de otra oportunidad. Reset. Y si todo termina, si todo llega a su fin, ¿para qué hacer?

El final definitivo, de acuerdo con ciertas propuestas físicas actuales, podría ser el final del universo mismo. Se propone que uno de esos finales será una reversión al estado inicial supercompacto de densidad infinita por acción de la gravedad. Este desenlace en particular no deja lugar para salvar evidencia alguna de nada cuanto acontece, aconteció y acontecerá en ningún rincón. Y entonces, todo lo que se haga, bueno o malo, todos tus triunfos, todos tus fracasos, los errores y los aciertos, las decisiones útiles y las inútiles, los engaños, las mentiras, las notas de cordura, todas tus locuras; las historias, los miedos, las demasiadas generaciones que pesan sobre todos desde el pasado, y la responsabilidad de las venideras; la evolución, la música, la guerra, la iglesia, el dinero, los 10 000 actos de bondad de Gould, las familias, las relaciones que terminan, los accidentes, cada muerto, cada especie extinguida, cada enfermedad combatida, cada comentario fuera de contexto, las vergüenzas, los momentos épicos, las peleas, las visiones, las ideas, las teorías, la arquitectura, el conocimiento, los secretos, los premios, las deudas, las urnas robadas, las voces excluidas, la discriminación, los reclamos, la tortura, la historia, el plagio, la fama, el efímero reconocimiento, los resultados, las fobias, los recuerdos, los gritos, las invenciones, la mitología, las explicaciones, los pretextos, las recetas, los olvidos, las condenas, los orgasmos, las cirugías, la poesía, los dolores, las preocupaciones, las primeras veces, las últimas veces, las despedidas, las discusiones, la posteridad, las apuestas, los consejos, los atardeceres, las lágrimas derramadas, los préstamos, lo peor y lo mejor de esta historia, de esta especie, de esta realidad, todo, se compactará sobre sí mismo y no quedará rastro alguno de nuestra existencia. Los nuevos universos potenciales que se generen después de ese Big Crush serán ajenos a todo cuanto ocurrió, de la misma manera en que nosotros lo somos no de universos pasados, sino de lo que ocurre en este momento dentro de este universo, fuera de nuestra galaxia, fuera de nuestro sistema solar, fuera de nuestro planeta, de nuestro país, de nuestra comunidad, fuera o más allá del lugar donde respiras en este momento. Esta frontera de eventos nos permite hacer consciente lo vasta e insignificante que es la existencia. Desde esta perspectiva, la evidencia del absurdo al tratar de encontrar una posición y una explicación de la situación de la consciencia humana en el contexto del universo es abrumadora. Los grandes problemas de la humanidad resultan insignificantes no por carecer de importancia, sino por la facilidad que supondría su resolución en tanto producto de la historia –mínima- de sus actores. Y más ridículamente ínfimos se antojan los eventos personales, intrascendentes más allá de unas cuantas personas; problemas propios de las relaciones humanas, nacidos del hecho de discutir a la persona, de criticar al otro como ajeno a la vivencia diaria, de ese egoísmo de querer que las cosas salgan como uno –seguro conocedor de su posición en el universo- supone, o asume, que deben de salir.

¿Qué hacer? Vivir y abarcar tanto de esta existencia espaciotemporal como sea posible. Independientemente de que creas que hay otro plano existencial posterior a éste, o que no lo haya, que exista un futuro u otra dimensión, o que la frágil vida termina y con ella toda posibilidad… no somos conscientes de su presencia. Se puede pensar que están ahí, esperándonos, pero eso no demuestra su existencia. Vive hoy. Procura no quedarte con ganas de nada. Total, si es un error o un acierto, al final, no persistirá. No es, empero, una invitación a la falta de consideración y consciencia de los actos; una justificación al comportamiento desmedido que afecta a terceros.

Bien dicta la sentencia: quien mata el tiempo, no es un homicida, es un suicida.

Friday, October 26, 2012

No pienso regresar.



Por: Perro

Fue uno de los funerales más épicos (si se me permite la expresión) que jamás haya vivido. Era una luchadora. Una auténtica guerrera. Ni el cáncer, ni su padecimiento obstructivo crónico de las vías respiratorias, ni la muerte de su marido en un momento clave, fueron capaces de quebrarla. Pero esta semana, su corazón decidió que ya no más. Camelia y yo nos tomamos de la mano cuando nos trajeron sus cenizas. No tenía hijos, pero tenía tantos alumnos que sus familiares eran superados por una proporción de 9:1. Parece ser que la gente con la que compartía más genética no entendía de dónde salían tantas lágrimas de esa anciana aburrida, que no hablaba en las reuniones familiares más que de premios, tesis, publicaciones y congresos. Cuando iba. El séquito de desconocidos compartiendo historias y sollozos parecía interminable. Más de un sobrino tuvo que rectificar la sala de velación al no reconocer a nadie inmediatamente después de entrar al recinto.

Es muy difícil vaciar una casa llena de tantos recuerdos, de tantos logros, de tantas vivencias. Al llegar, su doctorado Suma cum laude fue lo primero que se vislumbró por entre los juegos de luces y sombras que el atardecer plasma momentáneamente en las paredes de su antiguo recinto. Poca familia –no puedes llegar a los 69 años con tanta historia y suficiente cariño de hogar- arribó para llevarse las cosas menos valiosas: sus joyas, un automóvil que prácticamente no usaba, una colección de libros antiguos, un boceto de Cézanne –nunca supimos cómo se hizo de él, pero sospechamos que fue una aventura en París-, un par de carpetas con datos de bancos para sacar el frío dinero. Camelia se acercó a la repisa del pasillo que llevaba a su habitación y tomó un álbum de fotografías: fue entonces que nos percatamos que habíamos vivido demasiado.

No sé cuántas botellas de vino rosado espumoso habremos bebido con ella; botellas de tequila, botellas de ron. Creo que hasta botellas de anís. No pocas veces masticó tabaco. Un  verano al comienzo de la década de los 70 nos llevó en un viaje express a Veracruz. Llegamos al atardecer, brincamos del malecón y rodamos por la arena hasta unos 5 metros del mar. Mientras contemplábamos el océano, de la nada, sacó un par de cigarrillos de marihuana. ¿Dónde los guardó? Nunca supimos. Esa noche acabamos bebiendo con un grupo de canadienses del que tuvimos que escapar al día siguiente cuando una de las chicas notó que su novio había pasado la noche con Anna y conmigo.

Siempre estuvo en su camino Raúl, quien tuvo la imprudencia de morir demasiado joven. Anna y él llevaban cuatro años de casados, cuando un día no regresó más. Fue terrible. Acompañamos a Anna al SEMEFO a reconocer el cadáver. Lo baleó un policía ebrio por rebasarlo y se estrelló contra un muro; todavía estaba vivo cuando lo remataron a balazos. Le vertieron mezcal encima para argumentar que estaba borracho. Los policías no requirieron más que su explicación para no sufrir de ninguna consecuencia. Desde esa madrugada, se volvió más seria, pero nunca perdió ese carácter libre y desenfadado. Sólo odiaba a la policía, en especial a los tamarindos. Aún después de su partida, no dejó de ir nunca a los lugares que frecuentaban: bares, cafés de esquina de los vecindarios exclusivos –que ella odiaba-, y todos los años invariablemente pasaba la transición otoño-invierno en el zócalo. Alguna vez la abordaron mientras bebíamos en el Río de la plata, con la finalidad de hacerle una entrevista. ¿Qué respondió? Pregúntales a mis acompañantes: si no te pueden responder por mí, no deberían estar en esta mesa. Esto bastó para ahuyentar al curioso.


Siempre fue apreciada su belleza. Tuvo al menos dos docenas de novios, y un par de novias. Cuando obtuvo su grado de investigadora titular, nos fuimos a festejar a Coyoacán. Ahí, en compañía de una cada vez menos numerosa comitiva académica, se fue transformando el vino en champaña, la champaña en cerveza, la cerveza en tequila y el tequila en mezcal. Lástima de festejo en martes. El miércoles se presentó en el auditorio principal de la Unidad, y no bien terminó la presentación de su plan de trabajo, salió corriendo-tambaleándose hacia el baño. El triste baño. Un mal arquitecto decidió ubicarlo a dos metros y medio de la salida del auditorio, donde un estrepitoso festejo salió tan pleno, tan desinhibido, que la audiencia entera se estremeció. Regresó como pudo, subió al estrado y dijo: para quien no haya estado presente anoche, ¿alguna pregunta?

Sin embargo, ese lado romántico cada vez era menos conocido. Sólo quienes vivimos a lo largo de su camino lo conocimos cabalmente. Pero era una mente prodigiosa. Respetada, incluso venerada, nunca se portó como una diva, como una rockstar. Y una semana antes de morir, dijo: “Pues esta fue mi vida, pésele a quien le guste, gústele a quien le pese. Para mí que este cardiólogo me va a matar. Como sea, me vaya hoy o dentro de diez años, me tenga que retirar de la profesión o de la vida, no pienso regresar. Y háganle como quieran. No me recuerden, déjenme descansar”. Lo siento, te quisimos tanto que no te podemos dejar ir. Ya no te puedes quejar, tus apacibles cenizas no repudian el relato. No regresarás, porque nunca te fuiste. No te fuiste pero no podemos encontrar tus litros de lágrimas, tus cajas de cabello, tus voces, risas y gritos; fallamos al buscar esos minutos, horas, días, que cantabas, insultabas, amabas o despreciabas. No vemos dónde escondiste los errores, los aciertos, la inmensa alegría y el desconsuelo. No supe dónde buscar tu ausencia. Mueres hasta que tus acciones dejan de hacer eco en la existencia de alguien más. No sé cuándo morirás.



EPÍLOGO

Hace cuatro años que te tuve que ver partir. Siento el dolor de la aguja que bombea su esfuerzo por mantenerme con vida. Camelia no pudo venir. Qué bueno. No quiero que me vea así. Hace tres semanas que no puedo comer más. Extraño cagar. De pronto vienen a mí imágenes de momentos que terminan y se fugan y no regresan, ¡ah! Pero qué bien saben. Nunca pensé conocer Houston así. Es el mismo desfile: alumnos, amigos de carrera, colegas, todos vienen a despedirse. Camelia nos tuvo que ver partir. Ojalá ella estuviera aquí. Ojalá yo estuviera aquí. La transmutación de humano a recuerdo-fantasma es tan poco creíble… cada manguerita, cada cable, cada dolor que inicia y muere con el analgésico, cada uno de estos eventos te hace menos ser vivo, y más ser cósmico. Creo que es mi última tarde, en el ocaso de mi vida. Hora de partir. Empaco mis mejores memorias, me pongo mi mejor actitud y me desprendo de todo lo que nunca fue mío. No dejo nada pendiente, pues no pienso regresar.

Thursday, October 25, 2012

Caldo de gallina

Por: Perro

El domingo habrá caldo de gallina. Habrá caldo de gallina en la cancha, Pumas tiene los huevos para salir con el triunfo del Estadio Olímpico este fin de semana. Habrá caldo de gallina en la tribuna, esa bola de minimentales que se mea encima cuando la tienen enfrente. Y habrá caldo de gallina en la banca: el pendejo de carrillo sabe que no puede jugar a perder este partido, sus compromisos con mierdevisa lo atan por un lado, pero lo que le espera si pierde es motivo suficiente para que ni siquiera lo considere. Si gana Pumas, él pierde. Si pierde Pumas, él perderá mucho más. Ese imbécil sólo habla. Y suda, suda mucho. Caldo de gallina.

Wednesday, July 04, 2012

La física de la protesta

Por: Perro

A pesar de lo renuente que normalmente soy a la extrapolación de las leyes físicas a las cuestiones sociales, creo que aplica perfectamente en el caso de ciertas desgracias electorales/fraudes que se imputan a los gobernantes cuando los que los permitieron llegar a eso somos quienes componemos al pueblo. He aquí, estimado lector, un repaso de las leyes más importantes de la física clásica y su aplicación a los fenómenos sociales que actualmente padece la sociedad mexicana.

Primera Ley de Newton

Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él.

Nada cambia si no actúa sobre ese objeto una fuerza que lo desvíe de su rumbo o que lo ponga en marcha en primer momento. El país no va a cambiar. Es el argumento más sólido al que debemos aferrarnos. Si bien nada es eterno, no podemos esperar que el cambio llegue. Hay que ser gestores del cambio, promotores del cambio. Sin esta idea, la pasividad nos hará culpables.


Segunda Ley de Newton

El cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz impresa y ocurre a lo largo de la recta sobre la que la fuerza se imprime

Protestar es un acto de valentía porque demanda compromiso y resistencia. Si quieres un gran cambio, tendrás que imprimir una gran energía. Protestar en las redes sociales es muy sencillo. Protestar en las calles demanda gran esfuerzo físico y conlleva el riesgo de perder desde amigos hasta la vida. Protestar con el cerebro es el acto de insurrección más complejo, pues requiere levantar conciencias, extinguir apatías, contagiar ánimo, educar al pueblo y hacer frente al gobierno, elegantemente. La dirección de la fuerza es también importante. De nada sirve movilizar un cambio si no se afecta trascendentalmente el destino de las acciones. Entonces no es únicamente el hecho de protestar, sino cómo protestar y hacia dónde está dirigido nuestro esfuerzo. Entre más personas empujen hacia el mismo horizonte, con todas sus fuerzas, mayor será el cambio alcanzado, es aquí donde radica la importancia de la organización.


Tercera Ley de Newton

Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto

No esperemos sacar un cuerpo de una trayectoria sin fricción u oposición. Al menos, esperemos la reacción de misma magnitud (aquí se rompe la física y la represión suele ser implacable) pero en sentido contrario. Un comentario en Facebook recibirá comentarios en Facebook; una movilización en las calles provocará que la policía salga de sus agujeros; despertar conciencias puede desembocar en amenazas, persecución y cacería. Tal vez quede mejor decir que la reacción es proporcional a la acción ejercida e, incluso, que la relación no es directa, sino exponencial en los momentos de máxima trascendencia: conforme mayor es la fuerza de cambio, la reacción será exponencialmente mayor.


Segunda Ley de la Termodinámica

La entropía del universo tiende a incrementarse conforme pasa el tiempo

La entropía es la propiedad universal de los procesos de avanzar hacia el estado energéticamente más bajo. Generalmente, es el denominado de menor orden. Esto quiere decir que conforme avanza el tiempo, todo tiende al desorden. Y también supone una irreversibilidad de los procesos: no podemos esperar que de la nada, surja el orden. Resumiendo: si deseamos llegar a un estado de mayor orden, necesitamos invertir energía en ello, y no es sólo para alcanzarlo, sino para mantenerlo. Si no hacemos nada (la pasividad antes mencionada) no es para sorprenderse que todo vaya hacia el estado energéticamente más bajo. Es más fácil dar mordida que ir a pagar una multa o una estancia en una correccional, y aún esto es más fácil que haber evitado la infracción en primer lugar. Es más fácil prender la televisión que leer un libro. Es más fácil vender CDs piratas, asaltar o robar que trabajar. Ha sido más fácil obtener votos comprándolos que trabajando por ellos. Es más fácil tener un contacto que te ayude a conseguir una posición laboral, gubernamental, gerencial, que haber hecho méritos para conseguirlo. Es más fácil comprar al pueblo que trabajar por el pueblo. Se ha hecho más fácil protestar por vía electrónica que con trabajo real. La direccionalidad de los eventos es asombrosa. Se ha dejado tanto tiempo que la entropía avance en esta sociedad que nos hemos acostumbrado a vivir en el estado energético mínimo. El esfuerzo mínimo. México se ha estancado porque ha encontrado la manera de sobrevivir con la menor cantidad de energía gastada. Revertir las consecuencias de ello no será tarea sencilla, pero el precio de no hacerlo ya es evidente.

Monday, July 02, 2012

2 de julio

Por: Perro

Huele a revolución. Huele a inconformidad. Huele a fraude. Huele a esos aromas acres que nos invadieron en 2006 y tras unos cuantos calificativos se fueron diluyendo hasta hace unos meses que se comenzaron a revelar los detalles: que el fraude no ocurrió en tu casilla ni en la mía, no pasó en los consejos distritales del IFE ni viajó con los miles de acarreados. El fraude fue flagrantemente televisado. Estuvo ahí, expuesto, al alcance de todos. Nadie pudo frenarlo porque no hemos sabido cómo se combate el morbo, la pereza, la falta de exigencia, la tranza, los favores políticos. No sabemos combatir el dinero.

Queda claro qué quiere la gente: telenovelas, fútbol, Lopez Dóriga, El Gráfico con el muerto y el pedazo de carne femenina, la mordida, la obesidad, el clasismo, la no-educación. El país de No Pasa Nada. La simulación y el juego. El Potrillo, el reggaetón, televisa, tv azteca, mejores celulares, automóviles, créditos, préstamos, deudas, pretextos, $500 para festejar con Ron Bacardi dos días que ganaron el guapo y la actriz. Secundarias mediocres, preparatorias inalcanzables, cero universidades. Futuro como mecánico, como esposa, como microbusero, como jardinero en el gabacho, como vendedor de CDs piratas en el metro, revendedor de boletos, al margen de la ley, a’i lo que alcance pa’l chesco, compro y vendo, no crear, no generar, sólo consumir. Coca-cola, Pepsi, Sabritas, Bimbo y las despensas de Eruviel en el EdoMex. Los piropos, el humor simple, insulso y poco inteligente, “artistas” cantando al amor que quieren que vivamos, programas de concursos, modelos de Corona, de Telcel, de Banamex, de quien sean.

Queda claro qué no quiere la gente: Secretaría de Cultura, un gabinete académico y artístico, pensar, sacrificar, avanzar. No quiere trabajar. No quiere leer. No quiere crecer. No quiere protestar. No quiere la responsabilidad que conlleva una vida digna. Pero menos aún querría un movimiento que le haga responder por sus actos, elegir representación que le exija para servirle. Ayer me denunciaron a la FEPADE por querer firmar las boletas y ser representante del PT. Eso demuestra mucho de lo que tenemos en nuestras manos. En nuestras cabezas.

Lo último que podemos hacer en este momento es perder la cabeza, perder la memoria y perder la esperanza. Movimientos tan impresionantes como #YoSoy132 dejan una enseñanza y una posibilidad. Nunca en la historia el clasismo universitario había sido superado por una meta en común. Desde hace varios años la brecha entre los sindicatos, los movimientos estudiantiles, los reprimidos, los saqueados y los grupos obreros no se dejaba ver. Por desgracia, llegaron demasiado tarde a esta contienda. No existe la política en este país. Ganó el mercantilismo, no votaron por un presidente o una propuesta, votaron por la mierda mediática que les dieron a desear, votaron por una marca. Fallamos en ver la estrategia gestada desde 2005 (quién imaginaría un fraude fraguándose a la par de otro fraude).

El sistema exige respeto a las instituciones que nos defraudan. Ese gris y frío monumento a la indiferencia del pueblo, sumido, con la cabeza mirando al suelo en busca de migajas en lugar de tener los ojos puestos en lo alto, con un dejo de reto, de despecho. No necesitamos un cambio de cabeza, sino un cambio de vehículo. Tantos años demuestran que no funcionan las democracias, que son un nicho perfecto para que proliferen la corrupción, los favores, las promesas a cambio de votos, la centralización de recursos, el clasismo, el cacicazgo, no es más que una mala versión del feudalismo donde los nobles se benefician de la pobreza y trabajo del pueblo. Es hora de buscar otras opciones. Crearse una identidad y cobijarse en ella antes de pretender alcanzar cambios del tamaño de un dinosaurio. Entender al otro.

Causa curiosidad pensar en qué pensarán esos actores del fraude, de las ansias infantiles de poder, hoy, 2 de julio, al irse a dormir. “¡Qué bien! Engañamos al pueblo” “Seis años de gloria” “ya nos los chingamos seis años más” “ahora a pagar favores” “esta lanita no me caerá nada mal” “¿no que no, proles?” “a huevo”. Triste es que haya proles compartiendo falsamente este mismo ánimo. Ciegos, ineptos. Más macabro sería aún pensar que en verdad se la creyeron y se ven como una opción real para gobernar México.

No hay que preguntarse qué queda por hacer, pues es más lo que falta que lo que se ha hecho. Pero no debemos perder de vista que hemos hecho mucho, sólo que mal dirigido. Una revolución debe gestarse, no con las armas que ellos dominan –violencia, desorganización, clasismo, pólvora, macanas y escudos-, sino con las que no entienden. El gatillo de un libro está en el cerebro del lector.


 "Mi buen perro, mi bello perro, mi amado fifí, acércate
y ven a respirar un perfume excelente adquirido en la mejor
tienda de la ciudad".

El perro, agitando la cola -lo que es en estos pobres
seres, creo, el signo equivalente a la risa y la sonrisa- se
aproxima y, con curiosidad, húnde su naríz húmeda en el frasco
destapado; luego, reculando velozmente con horror, me ladra a
guisa de reproche.

"Ah, perro miserable, si te hubiera ofrecido un paquete
de excrementos, lo habrías olfateado con delicia, y quizá
devorado. De este modo, indigno compañero de mi opaca vida, te
pareces al público, a quien jamás hay que ofrecerle perfumes
delicados que lo exasperen, sino inmundicias esmeradamente
elegidas".



El perro y el frasco, Charle Baudelaire
"Poemas en Prosa"