Showing posts with label ficción. Show all posts
Showing posts with label ficción. Show all posts

Sunday, December 23, 2012

Escalas



Por: Perro

La globalización y el capitalismo son el último crimen que cometió la humanidad contra sí misma. En el zenit de la catástrofe humana –pobreza, recursos limitados malgastados, deuda, muerte, extinción, insalubridad, epidemias, etc.- poco se puede decir que ilumine una salida a la situación actual del planeta. Es un mundo donde la principal empresa de elaboración y distribución de bebidas gaseosas (y otros productos que compran a los mercados locales –extinción de la competencia-) patrocina estudios sobre nutrición, diabetes y obesidad, donde se vanagloria a la belleza como objeto de consumo, donde la nueva protesta contra el control mental es a través de redes sociales, páginas y demás recursos cibernéticos –incluyendo al presente blog-. Mucho se critica de la visión actual de los distintos grupos de poder, y éstos responden mediáticamente con celebraciones de la estupidez humana que son consumidas con avidez por un inmenso porcentaje de la población. El falso altruismo, ése que se deduce de impuestos, ése que consigue publicidad sin gravamen, socava los pocos yacimientos de esperanza en el planeta. La farsa del “sentido humano” de la vida, de la moral de dos, tres, cuatrocientas caras, la política y sus actores, todos estos inventos tratan de convencer a la masa de que “todos somos uno”.

No existe tal cosa como la comunidad global. Es imposible. Los grupos humanos, aún cuando han sobrepasado los límites biológicos de interacción gracias a la adicción tecnológica (más detalles en la entrada titulada “Breve ensayo sobre la autenticidad electrónica” en este mismo blog) sólo ven por sí mismos. Empero, el altruismo verdadero es más frecuente de lo que podría imaginarse. Es cuestión de superar la ilusión de las escalas. ¿A qué apunto? Primero, imagine el lector su red social (real, no los amigos de Facebook, Goggle+, aplicaciones de los Smartphones –quienes suelen ser, ahora, más inteligentes que muchos de sus propietarios-, y demás medios de comunicación a distancia): Si pudiera salvar a la mitad de ellas, ¿qué criterio emplearía para elegirlas? Seguramente se fijarían posiciones para la familia (puede o no ser el caso), los amigos más cercanos, las personas importantes para ellos, etc. Se jerarquizan en función de lo que representan para nosotros. Es inevitable. Esta misma jerarquía aplica al momento de elegir entre quienes se repartirá un beneficio, y aún cuando presumamos de objetividad extraordinaria, siempre estaremos sujetos a estándares internos que son partícipes inextirpables de la decisión. Claro que existe la ética, pero ella ha sufrido mucho ya en las instituciones, y con tan mermada fuerza no reluce demasiado en asuntos mundanos. Segundo: asumimos que todos los Homo sapiens son, en principio, seres sociales con un sentido de altruismo o al menos una sensatez suficientes como para ejercer acciones que promuevan el beneficio en su grupo (desde uno –él o ella- hasta el número que sea posible). Este punto en particular se debe considerar para contextualizar  Tercero: también se asume, salvo en el budismo, el perjuicio, más allá del acto de perdón. Cuarto: la consecución del beneficio puede suponer una empresa enajenante para el individuo, casi una adicción. Por ello, puede emplear métodos que sobrepasen los socialmente admitidos e, inclusive, pasar por encima de códigos éticos y legales.

Así, se puede trazar el panorama completo de por qué es imposible la existencia de una comunidad global: dado que hay jerarquización comprometida por las interacciones sociales, el beneficio no puede ser para todos, pues no hay interacciones sociales con todas las personas del mundo. La empatía experimentada ante la presencia (simbólica o física) de otros individuos en situaciones desventajosas en un principio puede calificar como distribución altruista de los bienes; sin embargo, se denota que existe un beneficio para el actor: ya sea la simple sensación (moralista o no) de complacencia por ayudar, o motivos más ocultos como la evasión fiscal, favores políticos o incluso el pago de una “deuda religiosa”. Entre más beneficios haya por repartir, más poder se adquiere sobre la sociedad. Si bien es cierto que existen (sólo en la teoría) derechos o beneficios inalienables, intransferibles e inextinguibles, sólo algunas personas tienen acceso –limitado- a ellos. El beneficio económico sólo se hace patente cuando existe un desequilibrio, cuando no todos tienen acceso a todo. La dosificación del beneficio en forma de programas, apoyos, donaciones y demás mierda mediática es esencial para mantener el desequilibrio, y para encubrirlo: quien lo otorga se pinta color héroe, la sociedad de clase media manifiesta su aprobación con el apoyo al consumo de los productos o servicios responsables y así se hace partícipe del ciclo pobreza-empatía-apoyo. Pero para que sea rentable, debe explotarse al máximo esa falsa beneficencia: la pobreza, las llamadas capacidades diferentes, la “apertura” a la expresión libre de las preferencias sexuales, pertenecer a un grupo originario (también denominados indígenas, nativos, salvajes, aborígenes, indios, etc.), es decir, todas las minorías (que en su conjunto son la gran mayoría) son fácilmente explotables. Y la clase política es la mejor comercializadora de estas situaciones: derrocha el erario público en un puñado de personas y sus gustos particulares, en la milicia para garantizar que no habrá golpes de estado, en comprar propaganda, televisoras y demás medios para hacerse visible ante la clase media. Mientras tanto, promueve la preservación del folclor del que tanto gustan los extranjeros y los adinerados, mantienen al pobre, pobre. Así garantizan que siempre habrá pobres y desvalidos y homosexuales e indígenas, en situación desventajosa, exprimible. Y pueden, entonces, haber campañas de recolección de cobijas, el “buen fin”, juguetones, teletones, campañas sociales para la aceptación de los derechos homosexuales e indígenas, comisiones de desarrollo del campo, comisiones de preservación de la cultura indígena y demás parafernalia avocada a vender al sistema como una “organización” “responsable” y “bondadosa”. Y es en este nicho donde encuentran cabida las transnacionales, los grandes corporativos, siempre ávidos de dinero, de publicidad gratuita, disfrazada de participación social, disfrazadas de acciones que están obligados a hacer en tanto humanos y causantes de la desgracia que “solucionan”.

Y luego, no conformes con lo ganado en estas puestas en escena, se cuelgan del aparato fiscal y deducen las donaciones que convencen de realizar al público. Es una estrategia ganar-ganar-ganar. Nunca pierden. Nunca. Y la gente participa a cambio de migajas. Descuentos ficticios, apoyos no deducibles, donaciones inexistentes, participación comprobada y exenta de impuestos. Y la población no sólo no emite juicios en torno a tan sensible punto, se apega a esas actitudes y las exalta, aún cuando es en su detrimento. La población está absorta en el mundo mínimo que el mismo sistema le ha construido. Son tan vulnerables porque no se percatan de ello. Se preocupan por mantenerse vivos día a día. Y eso beneficia al sistema. Lo nutre. Lo cuida. Y, siendo así, lo que más molesta es que se preocupen por crear un teatro para un público tan reducido. Pocos cuestionan, indagan, sopesan, y deciden. El resto se deja llevar. Pero ese resto compone un porcentaje abrumador de la masa humana. Algunos deciden no decidir. Otros no tienen siquiera esa opción. No conviene que unos ni otros decidan. Y podrían ser, los políticos, las empresas, cínicos con sus acciones, y nada pasaría. Tienen la milicia y la policía de su lado, con la tecnología y metodología para perseguir, amedrentar, desaparecer y burlarse de quien pretenda cambiar sus intereses. Es estúpido que gasten miles de millones de pesos en montar “complejas” maquinarias para exprimir el voto, el dinero y la preferencia de las personas: no lo necesitan. Las generaciones anteriores de políticos y empresarios ya hicieron el camino. Poco queda por hacer. Ellos cuidan a su pequeña comunidad, se cuidan entre sí, y esbozan “elaboradas” estrategias para preservar sus utilidades, como el ignominioso “pacto por México”, que pretende hacer creer a la masa que sus intereses están por encima de los de la clase política, cuando en realidad es un cierre de filas entre los actores de una estrategia de extinción de criterio en la población mexicana. Es imposible pensar que un idiota del calibre del actual presidente del país (casado en segundas nupcias con una ex-“actriz” de telenovelas de televisa, la impulsora y principal interesada de esta presidencia de juguete) pueda tener intenciones de desparasitar a la masa, arrancar las herramientas del sistema del que él emana, más cuando realiza propuestas tan estúpidas como prometer “mejores telenovelas” (Proceso, 2 de marzo de 2012). No es creíble que desee que la gente piense y reclame que le han visto la cara toda la vida. Sólo importan sus amigos [no su familia; se presume que tentativamente mató a su primera esposa tras una serie de escándalos de pareja (Proceso, 11 de enero de 2007)] y la gente a la que le debe su posición política: el Grupo Atlacomulco.

Se entiende, entonces, que este grupo de individuos hará lo que sea por defender sus intereses a costa de la población. Cambian menores de edad y pornografía infantil por botellas de cognac, terrenos para mineras por grandes sumas de dinero, favores de la Suprema Corte de Justicia de la Nación por regalos, bonos y bienes inexplicables. Todos ellos ganan. Pierde la gente del pueblo, y es feliz con ello: resulta que el sistema les conviene porque en su mediocre escala, les permite jugar al mismo juego: tranza y aprovéchate de quien puedas, con tal de poder compartir lo que has acumulado con quien te interesa compartirlo.

Referencias:

·         Redacción de Proceso. Promete Peña Nieto mejores telenovelas al electorado femenino. Proceso (2 de marzo, 2012); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=299806.
·         Villamil J. Peña Nieto: El político. Proceso (30 de marzo, 2012); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=302702.
·         Redacción de Proceso. De 1910 al Teletón. Proceso (5 de diciembre, 2010); disponible en: http://www.proceso.com.mx/?p=258766.
·         Hernández Alcántara M. El escándalo por la conjura contra Lydia Cacho, la peor experiencia de Mario Marín. La Jornada, año 27, número 9508 (1 de febrero, 2011).

Tuesday, January 10, 2012

Breve ensayo sobre la autenticidad electrónica

Por: Perro

Frecuentemente reniego sobre el origen de lo auténtico y las fronteras de la autenticidad con la falsedad. Pero cabe preguntarse, ¿Qué es lo verdaderamente auténtico? ¿Existe la autenticidad como propiedad inalienable e intransferible? Ya Stephen J. Gould había comentado sobre la eterna búsqueda de lo auténtico por parte de nuestra especie, pero por desgracia no vivió para contemplar el devenir de los acontecimientos que trajeron consigo el crecimiento y desarrollo de la red-del tamaño-del mundo. La autenticidad se esconde bajo una máscara construida por prejuicios, calificativos y expectativas; no deja de existir pero se opaca ante lo que la sociedad en la que vivimos espera de nosotros.

Pero esa máscara desaparece en el pseudoanonimato de la red: esa www ha logrado retirar ese maquillaje social y ofrece una ventana (o más bien un aparador) para la puesta en escena del verdadero yo. Las redes sociales, blogs y demás escaparates personales permiten que la gente muestre un lado más cercano a quien en realidad es, en tanto no hay una confrontación directa con sus interlocutores. La exposición en estos medios evitan la interacción directa y prácticamente instantánea que ofrece la charla o la ponencia, lo que brinda al responsable valiosos minutos/horas/días para pensar antes de responder. Incluso los chats en línea, o la mensajería instantánea, brindan una ventaja de tiempo entre una y otra idea que la plática uno a uno o el teléfono demandan inmediatamente. Pero es esa ventaja de tiempo la que nos ha llenado de lastres mentales que nos hacen cada vez menos ágiles, cada vez más llenos de pretextos, de mentiras, de ajustes a la verdad; cada vez menos congruentes. El no confrontar cara a cara a la contraparte de nuestro diálogo nos hace débiles, calculadores, la conversación se vuelve un ajedrez a distancia en el que la respuesta a nuestro movimiento puede ser consultada o completada en otras cabezas antes de llegar a su destino.

Al mismo tiempo, las acciones en la red muestran los gustos más profundos, las simpatías por situaciones estéticas, ideológicas, económicas, políticas y de otra índole que de otra manera pasan desapercibidas en tanto superfluas. Se busca la aprobación de la mayor cantidad de personas por cada una de nuestras “acciones”. Y se condena cada situación que no es aprobada por nuestra supuesta ideología profundamente, tan profundo como se puede por medio de palabras. Cualquiera es analista político, artista, crítico, cinéfilo, con sólo mostrar su unión al grupo de seguidores de un determinado tema o su antipatía con respecto a otros grupos. Poseer un sitio en la red se ha convertido en una plataforma para el lanzamiento al espacio cibernético de un cúmulo de posts y comentarios que buscan agradar a un alguien, cercano o lejano, con los fines más extravagantes: desde el “enamoramiento” de una contraparte hasta el agregue de una persona considerada como notable. Las acciones se encaminan a mostrar al individuo como un producto deseable, óptimo, disponible y receptivo; permite y promueve el coqueteo y el halago indirecto en espera de una respuesta, de cualquier tipo. Lo antes reservado para la amistad cercana ahora es dominio público y se somete a la competencia con otras vidas otrora privadas en una batalla por comparar quién tiene más: más amigos, más seguidores, más likes, más fotos, más viajes, más situaciones (agradables o desagradables), más actividad en línea. La dependencia de publicar a la vista de todos cualquier acción que se realice ha alcanzado niveles ridículos y ha hecho pensar que el mundo está tan al pendiente de nuestras acciones que debemos señalar qué hicimos, en dónde y con quién; hacer notar ese viaje a lugares extravagantes o la asistencia a ese acontecimiento social exclusivo o altamente demandado. Incluso en el momento mismo de la vivencia, el ferviente deseo de presumir bajo el falso argumento de compartir supedita la experiencia a la existencia de la posibilidad de subir algo que haga saber lo que estamos haciendo en ese momento, incluso en detrimento del momento vivido. Como ya mencionaba Elvira Lindo, en un artículo de El País (“No me quieras tanto”, El País, domingo 02 de octubre de 2011), es esa misma gente que anhelaba tanto vernos la que desprecia ese tiempo “valioso” con nosotros a favor del espacio-temporal virtual. Miles de millones de mensajes, avisos, correos electrónicos interrumpen diariamente cenas, conciertos, clases, reuniones, cursos, conferencias y citas en todo lugar donde una red esté disponible. Esa búsqueda de la autenticidad tan anhelada ha degenerado en una acusada necesidad de pertenencia y aceptación.

Pero, a final de cuentas, estas necesidades son auténticas. En un mundo globalizado, donde el tiempo laboral, las distancias físicas y experienciales en las relaciones humanas han aumentado desproporcionadamente y cada día es más necesario recurrir a las estrategias cibernéticas para intentar permanecer en contacto con los otros que alguna vez formaron parte de nuestra vida en el círculo cercano de personas con que nos relacionamos. No todo es reprobable en las comunidades virtuales, si bien al ser extensiones de la capacidad intelectual humana también poseen vicios. Por el precio de un acceso a la red, disponemos de un nicho desde el cual se puede compartir una noticia con una velocidad nunca antes experimentada por las ciencias de la información. Consultas y apoyo a movimientos sociales se pueden realizar desde una computadora, teléfono celular u otro adminículo de ciber-navegación. Recabar firmas de simpatía nunca fue tan sencillo como lo es ahora. Incluso estas tecnologías han permitido explotar el humor gráfico, la noticia fotoperiodística y la geografía como nunca antes. Sin embargo, estas acciones también brindan desarrollo de nuevas formas de crímenes: fraude electrónico, planeación de secuestros, embaucamiento, terrorismo y expresión de odio e intolerancia se han abierto paso a través del uso de la información que confiamos en e-Big Brother. El empleo de datos depositados en la red no se limita a grupos al margen de la ley, sino de la ley misma. No es sólo lo que escribimos o subimos a internet lo que dejamos como rastro de nuestra existencia: páginas visitadas, acciones bursátiles o comerciales, consultas, charlas que pensamos privadas, cotizaciones, vuelos, reservaciones y demás registros electrónicos sirven para rastrearnos. El antes llamado anonimato no es tal, por más que así lo deseemos creer. No somos diferentes ni dejamos de ser quien realmente somos por unos cuantos bytes más o unos cuantos bytes menos: la fama sigue siendo fama y el desapercibimiento sigue siendo desapercibimiento en ese lugar inmenso que físicamente no existe.

Es, por tanto, la red electrónica una extensión humana de las relaciones personales que ha aumentado nuestro número de relaciones posibles del hipotético número de 70-120 (de acuerdo con Hernando A. y colaboradores, 2009) que nos provee nuestra biología a más de 300 (promedio), y al mismo tiempo, es la computadora desde la cual accionamos una extensión de nosotros mismos. De muchos de los contactos que poseemos en nuestras listas no conocemos su voz, o en ocasiones, ni siquiera su apariencia física.

No pretendo desde esta cómoda posición condenar u ofender el uso de la red con mi pluma virtual, sino mostrar algunos aspectos que por momentos nos parecen lo suficientemente irrelevantes como para ser considerados dentro de la realidad de la vida cibernética. No es este espacio un reclamo indirecto a la experiencia cibernáutica pues a final de cuenta, su existencia es parte de la misma. Es la intención de hacer notar la pérdida de la congruencia y la falta de aceptación de uno mismo en función del otro. La red es una carretera que todos transitamos pero que a todos nos conduce a diferentes destinos. Activismo político, mercadotecnia, crítica a los modelos socioeconómicos, páginas de modelos estéticos, figuras públicas, fotos privadas, chantajes, reclamos y buenos deseos coexisten todos a escasos links de distancia, No es que se descubra o se ponga en manifiesto una característica nunca antes vista de la especie humana, sino que ésta ha encontrado un nuevo lugar en dónde hacer patentes sus características notables: la competencia, el gregarismo, la confrontación de lo adverso, el empleo de la ventaja, el engaño y el consumismo. Y me cuestiono a mí mismo: ¿Por qué colocar este texto a la vista de la opinión pública? ¿Por qué criticar el vehículo en el que yo mismo me transporto? Tal vez sea la misma necesidad de ser leído, criticado, aprobado o destruido. De que la palabra no sea estéril y llegue a causar polémica, respuesta, empatía o desasosiego al lector. Tal vez lo agobie o lo reconforte. Si este texto no es leído, compartido, posteado, criticado y destruido, posiblemente no habrá cumplido con su objetivo.