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Friday, October 26, 2012

No pienso regresar.



Por: Perro

Fue uno de los funerales más épicos (si se me permite la expresión) que jamás haya vivido. Era una luchadora. Una auténtica guerrera. Ni el cáncer, ni su padecimiento obstructivo crónico de las vías respiratorias, ni la muerte de su marido en un momento clave, fueron capaces de quebrarla. Pero esta semana, su corazón decidió que ya no más. Camelia y yo nos tomamos de la mano cuando nos trajeron sus cenizas. No tenía hijos, pero tenía tantos alumnos que sus familiares eran superados por una proporción de 9:1. Parece ser que la gente con la que compartía más genética no entendía de dónde salían tantas lágrimas de esa anciana aburrida, que no hablaba en las reuniones familiares más que de premios, tesis, publicaciones y congresos. Cuando iba. El séquito de desconocidos compartiendo historias y sollozos parecía interminable. Más de un sobrino tuvo que rectificar la sala de velación al no reconocer a nadie inmediatamente después de entrar al recinto.

Es muy difícil vaciar una casa llena de tantos recuerdos, de tantos logros, de tantas vivencias. Al llegar, su doctorado Suma cum laude fue lo primero que se vislumbró por entre los juegos de luces y sombras que el atardecer plasma momentáneamente en las paredes de su antiguo recinto. Poca familia –no puedes llegar a los 69 años con tanta historia y suficiente cariño de hogar- arribó para llevarse las cosas menos valiosas: sus joyas, un automóvil que prácticamente no usaba, una colección de libros antiguos, un boceto de Cézanne –nunca supimos cómo se hizo de él, pero sospechamos que fue una aventura en París-, un par de carpetas con datos de bancos para sacar el frío dinero. Camelia se acercó a la repisa del pasillo que llevaba a su habitación y tomó un álbum de fotografías: fue entonces que nos percatamos que habíamos vivido demasiado.

No sé cuántas botellas de vino rosado espumoso habremos bebido con ella; botellas de tequila, botellas de ron. Creo que hasta botellas de anís. No pocas veces masticó tabaco. Un  verano al comienzo de la década de los 70 nos llevó en un viaje express a Veracruz. Llegamos al atardecer, brincamos del malecón y rodamos por la arena hasta unos 5 metros del mar. Mientras contemplábamos el océano, de la nada, sacó un par de cigarrillos de marihuana. ¿Dónde los guardó? Nunca supimos. Esa noche acabamos bebiendo con un grupo de canadienses del que tuvimos que escapar al día siguiente cuando una de las chicas notó que su novio había pasado la noche con Anna y conmigo.

Siempre estuvo en su camino Raúl, quien tuvo la imprudencia de morir demasiado joven. Anna y él llevaban cuatro años de casados, cuando un día no regresó más. Fue terrible. Acompañamos a Anna al SEMEFO a reconocer el cadáver. Lo baleó un policía ebrio por rebasarlo y se estrelló contra un muro; todavía estaba vivo cuando lo remataron a balazos. Le vertieron mezcal encima para argumentar que estaba borracho. Los policías no requirieron más que su explicación para no sufrir de ninguna consecuencia. Desde esa madrugada, se volvió más seria, pero nunca perdió ese carácter libre y desenfadado. Sólo odiaba a la policía, en especial a los tamarindos. Aún después de su partida, no dejó de ir nunca a los lugares que frecuentaban: bares, cafés de esquina de los vecindarios exclusivos –que ella odiaba-, y todos los años invariablemente pasaba la transición otoño-invierno en el zócalo. Alguna vez la abordaron mientras bebíamos en el Río de la plata, con la finalidad de hacerle una entrevista. ¿Qué respondió? Pregúntales a mis acompañantes: si no te pueden responder por mí, no deberían estar en esta mesa. Esto bastó para ahuyentar al curioso.


Siempre fue apreciada su belleza. Tuvo al menos dos docenas de novios, y un par de novias. Cuando obtuvo su grado de investigadora titular, nos fuimos a festejar a Coyoacán. Ahí, en compañía de una cada vez menos numerosa comitiva académica, se fue transformando el vino en champaña, la champaña en cerveza, la cerveza en tequila y el tequila en mezcal. Lástima de festejo en martes. El miércoles se presentó en el auditorio principal de la Unidad, y no bien terminó la presentación de su plan de trabajo, salió corriendo-tambaleándose hacia el baño. El triste baño. Un mal arquitecto decidió ubicarlo a dos metros y medio de la salida del auditorio, donde un estrepitoso festejo salió tan pleno, tan desinhibido, que la audiencia entera se estremeció. Regresó como pudo, subió al estrado y dijo: para quien no haya estado presente anoche, ¿alguna pregunta?

Sin embargo, ese lado romántico cada vez era menos conocido. Sólo quienes vivimos a lo largo de su camino lo conocimos cabalmente. Pero era una mente prodigiosa. Respetada, incluso venerada, nunca se portó como una diva, como una rockstar. Y una semana antes de morir, dijo: “Pues esta fue mi vida, pésele a quien le guste, gústele a quien le pese. Para mí que este cardiólogo me va a matar. Como sea, me vaya hoy o dentro de diez años, me tenga que retirar de la profesión o de la vida, no pienso regresar. Y háganle como quieran. No me recuerden, déjenme descansar”. Lo siento, te quisimos tanto que no te podemos dejar ir. Ya no te puedes quejar, tus apacibles cenizas no repudian el relato. No regresarás, porque nunca te fuiste. No te fuiste pero no podemos encontrar tus litros de lágrimas, tus cajas de cabello, tus voces, risas y gritos; fallamos al buscar esos minutos, horas, días, que cantabas, insultabas, amabas o despreciabas. No vemos dónde escondiste los errores, los aciertos, la inmensa alegría y el desconsuelo. No supe dónde buscar tu ausencia. Mueres hasta que tus acciones dejan de hacer eco en la existencia de alguien más. No sé cuándo morirás.



EPÍLOGO

Hace cuatro años que te tuve que ver partir. Siento el dolor de la aguja que bombea su esfuerzo por mantenerme con vida. Camelia no pudo venir. Qué bueno. No quiero que me vea así. Hace tres semanas que no puedo comer más. Extraño cagar. De pronto vienen a mí imágenes de momentos que terminan y se fugan y no regresan, ¡ah! Pero qué bien saben. Nunca pensé conocer Houston así. Es el mismo desfile: alumnos, amigos de carrera, colegas, todos vienen a despedirse. Camelia nos tuvo que ver partir. Ojalá ella estuviera aquí. Ojalá yo estuviera aquí. La transmutación de humano a recuerdo-fantasma es tan poco creíble… cada manguerita, cada cable, cada dolor que inicia y muere con el analgésico, cada uno de estos eventos te hace menos ser vivo, y más ser cósmico. Creo que es mi última tarde, en el ocaso de mi vida. Hora de partir. Empaco mis mejores memorias, me pongo mi mejor actitud y me desprendo de todo lo que nunca fue mío. No dejo nada pendiente, pues no pienso regresar.

Tuesday, January 10, 2012

Breve ensayo sobre la autenticidad electrónica

Por: Perro

Frecuentemente reniego sobre el origen de lo auténtico y las fronteras de la autenticidad con la falsedad. Pero cabe preguntarse, ¿Qué es lo verdaderamente auténtico? ¿Existe la autenticidad como propiedad inalienable e intransferible? Ya Stephen J. Gould había comentado sobre la eterna búsqueda de lo auténtico por parte de nuestra especie, pero por desgracia no vivió para contemplar el devenir de los acontecimientos que trajeron consigo el crecimiento y desarrollo de la red-del tamaño-del mundo. La autenticidad se esconde bajo una máscara construida por prejuicios, calificativos y expectativas; no deja de existir pero se opaca ante lo que la sociedad en la que vivimos espera de nosotros.

Pero esa máscara desaparece en el pseudoanonimato de la red: esa www ha logrado retirar ese maquillaje social y ofrece una ventana (o más bien un aparador) para la puesta en escena del verdadero yo. Las redes sociales, blogs y demás escaparates personales permiten que la gente muestre un lado más cercano a quien en realidad es, en tanto no hay una confrontación directa con sus interlocutores. La exposición en estos medios evitan la interacción directa y prácticamente instantánea que ofrece la charla o la ponencia, lo que brinda al responsable valiosos minutos/horas/días para pensar antes de responder. Incluso los chats en línea, o la mensajería instantánea, brindan una ventaja de tiempo entre una y otra idea que la plática uno a uno o el teléfono demandan inmediatamente. Pero es esa ventaja de tiempo la que nos ha llenado de lastres mentales que nos hacen cada vez menos ágiles, cada vez más llenos de pretextos, de mentiras, de ajustes a la verdad; cada vez menos congruentes. El no confrontar cara a cara a la contraparte de nuestro diálogo nos hace débiles, calculadores, la conversación se vuelve un ajedrez a distancia en el que la respuesta a nuestro movimiento puede ser consultada o completada en otras cabezas antes de llegar a su destino.

Al mismo tiempo, las acciones en la red muestran los gustos más profundos, las simpatías por situaciones estéticas, ideológicas, económicas, políticas y de otra índole que de otra manera pasan desapercibidas en tanto superfluas. Se busca la aprobación de la mayor cantidad de personas por cada una de nuestras “acciones”. Y se condena cada situación que no es aprobada por nuestra supuesta ideología profundamente, tan profundo como se puede por medio de palabras. Cualquiera es analista político, artista, crítico, cinéfilo, con sólo mostrar su unión al grupo de seguidores de un determinado tema o su antipatía con respecto a otros grupos. Poseer un sitio en la red se ha convertido en una plataforma para el lanzamiento al espacio cibernético de un cúmulo de posts y comentarios que buscan agradar a un alguien, cercano o lejano, con los fines más extravagantes: desde el “enamoramiento” de una contraparte hasta el agregue de una persona considerada como notable. Las acciones se encaminan a mostrar al individuo como un producto deseable, óptimo, disponible y receptivo; permite y promueve el coqueteo y el halago indirecto en espera de una respuesta, de cualquier tipo. Lo antes reservado para la amistad cercana ahora es dominio público y se somete a la competencia con otras vidas otrora privadas en una batalla por comparar quién tiene más: más amigos, más seguidores, más likes, más fotos, más viajes, más situaciones (agradables o desagradables), más actividad en línea. La dependencia de publicar a la vista de todos cualquier acción que se realice ha alcanzado niveles ridículos y ha hecho pensar que el mundo está tan al pendiente de nuestras acciones que debemos señalar qué hicimos, en dónde y con quién; hacer notar ese viaje a lugares extravagantes o la asistencia a ese acontecimiento social exclusivo o altamente demandado. Incluso en el momento mismo de la vivencia, el ferviente deseo de presumir bajo el falso argumento de compartir supedita la experiencia a la existencia de la posibilidad de subir algo que haga saber lo que estamos haciendo en ese momento, incluso en detrimento del momento vivido. Como ya mencionaba Elvira Lindo, en un artículo de El País (“No me quieras tanto”, El País, domingo 02 de octubre de 2011), es esa misma gente que anhelaba tanto vernos la que desprecia ese tiempo “valioso” con nosotros a favor del espacio-temporal virtual. Miles de millones de mensajes, avisos, correos electrónicos interrumpen diariamente cenas, conciertos, clases, reuniones, cursos, conferencias y citas en todo lugar donde una red esté disponible. Esa búsqueda de la autenticidad tan anhelada ha degenerado en una acusada necesidad de pertenencia y aceptación.

Pero, a final de cuentas, estas necesidades son auténticas. En un mundo globalizado, donde el tiempo laboral, las distancias físicas y experienciales en las relaciones humanas han aumentado desproporcionadamente y cada día es más necesario recurrir a las estrategias cibernéticas para intentar permanecer en contacto con los otros que alguna vez formaron parte de nuestra vida en el círculo cercano de personas con que nos relacionamos. No todo es reprobable en las comunidades virtuales, si bien al ser extensiones de la capacidad intelectual humana también poseen vicios. Por el precio de un acceso a la red, disponemos de un nicho desde el cual se puede compartir una noticia con una velocidad nunca antes experimentada por las ciencias de la información. Consultas y apoyo a movimientos sociales se pueden realizar desde una computadora, teléfono celular u otro adminículo de ciber-navegación. Recabar firmas de simpatía nunca fue tan sencillo como lo es ahora. Incluso estas tecnologías han permitido explotar el humor gráfico, la noticia fotoperiodística y la geografía como nunca antes. Sin embargo, estas acciones también brindan desarrollo de nuevas formas de crímenes: fraude electrónico, planeación de secuestros, embaucamiento, terrorismo y expresión de odio e intolerancia se han abierto paso a través del uso de la información que confiamos en e-Big Brother. El empleo de datos depositados en la red no se limita a grupos al margen de la ley, sino de la ley misma. No es sólo lo que escribimos o subimos a internet lo que dejamos como rastro de nuestra existencia: páginas visitadas, acciones bursátiles o comerciales, consultas, charlas que pensamos privadas, cotizaciones, vuelos, reservaciones y demás registros electrónicos sirven para rastrearnos. El antes llamado anonimato no es tal, por más que así lo deseemos creer. No somos diferentes ni dejamos de ser quien realmente somos por unos cuantos bytes más o unos cuantos bytes menos: la fama sigue siendo fama y el desapercibimiento sigue siendo desapercibimiento en ese lugar inmenso que físicamente no existe.

Es, por tanto, la red electrónica una extensión humana de las relaciones personales que ha aumentado nuestro número de relaciones posibles del hipotético número de 70-120 (de acuerdo con Hernando A. y colaboradores, 2009) que nos provee nuestra biología a más de 300 (promedio), y al mismo tiempo, es la computadora desde la cual accionamos una extensión de nosotros mismos. De muchos de los contactos que poseemos en nuestras listas no conocemos su voz, o en ocasiones, ni siquiera su apariencia física.

No pretendo desde esta cómoda posición condenar u ofender el uso de la red con mi pluma virtual, sino mostrar algunos aspectos que por momentos nos parecen lo suficientemente irrelevantes como para ser considerados dentro de la realidad de la vida cibernética. No es este espacio un reclamo indirecto a la experiencia cibernáutica pues a final de cuenta, su existencia es parte de la misma. Es la intención de hacer notar la pérdida de la congruencia y la falta de aceptación de uno mismo en función del otro. La red es una carretera que todos transitamos pero que a todos nos conduce a diferentes destinos. Activismo político, mercadotecnia, crítica a los modelos socioeconómicos, páginas de modelos estéticos, figuras públicas, fotos privadas, chantajes, reclamos y buenos deseos coexisten todos a escasos links de distancia, No es que se descubra o se ponga en manifiesto una característica nunca antes vista de la especie humana, sino que ésta ha encontrado un nuevo lugar en dónde hacer patentes sus características notables: la competencia, el gregarismo, la confrontación de lo adverso, el empleo de la ventaja, el engaño y el consumismo. Y me cuestiono a mí mismo: ¿Por qué colocar este texto a la vista de la opinión pública? ¿Por qué criticar el vehículo en el que yo mismo me transporto? Tal vez sea la misma necesidad de ser leído, criticado, aprobado o destruido. De que la palabra no sea estéril y llegue a causar polémica, respuesta, empatía o desasosiego al lector. Tal vez lo agobie o lo reconforte. Si este texto no es leído, compartido, posteado, criticado y destruido, posiblemente no habrá cumplido con su objetivo.