Saturday, January 16, 2010

Donde quiera que estés


Por: Perro


A.

Una tarde soleada, se cuela la luz por entre las persianas, huele a abril. Recostada en mis brazos, a un metro y medio de mí veo tus calcetines que se amoldan perfectamente a tus pies, meciéndose felizmente por entre la brisa. Una película que se hace absurda conforme el momento avanza y el tibio calor de tu cuerpo me atrapa. Tu cabello cae sobre mi pecho, tranquilo, porque no hay nada mejor qué sentir que ese instante. Te arrullas y te duermes. Afuera puede ahora caer una tormenta, su frío no atacará mi corazón esta noche.


B.

La sierra se abre inmensa ante nuestros ojos. El esfuerzo, lo improbable, el universo. Secas el sudor escaso que recorre tu frente, el viento sopla más fuerte a esta altura. Alcanzo a percibir esa mezcla de tu olor corporal con desodorante para mujer, un poco del perfume que siempre dices usar, las hierbas, el polvo. Un rato de descanso, se ven coches en la carretera que pasa unos 5 Km más abajo. Te inclinas y me abrazas. Cuando te separas, lentamente te tomo de la cintura y te pego a mí. Me propinas el beso más cálido, más afectuoso que he sentido en esa tarde. La mochila a los hombros, el cielo de telón. A distancias increíbles de lo que conocemos, a horas de lo cotidiano, a días de nuestras angustias, me queda claro que nuestros caminos nos han llevado a disfrutar ese pequeño instante de felicidad, juntos. Hasta el agua sabe exquisita para este paladar borracho. Otro beso, y nos encaminamos hacia abajo. Tal vez alguien nos proporcione un viaje gratis rumbo a nuestro destino, enclavado en ninguna parte.


C.

La suave piel que cubre tus hombros sobresale por los bordes anchos de la parte superior de tu suéter. La playa, a unos 300 metros del lugar donde nos hospedamos. Ni es un sitio turístico, de ésos que acostumbras, ni es el mejor hotel de la región, ni eres tú el retrato de la modelo de revistas que sueles ser, ni yo soy el galán digno de la escena. El atardecer se mezcla con esa linda mirada, 49% inocencia, 51% picardía. Resultado: te ves coqueta, sensual, insoportablemente bella. Tus bermudas azules apenas se distinguen del mar cuando llegamos a la playa para robar los últimos instantes de ese paraíso espacio-temporal. La espuma de las olas cubre tus pies y da un toque especial a la escena. Tú ni lo sospechas, y yo no lo consiento, pero estoy enamorado. Mientras chapoteas suavemente, me acerco más y más, hasta alcanzar a rozar tu figura con mi codo. Volteas un poco extrañada. Te tomo de la espalda, y suavemente giro tu figura hasta que quedamos frente a frente. Es mejor no decir nada en una situación en la que lo efímero del instante se vuelve el escudo perfecto para un acto de locura. Te beso, me besas, y tu mirada me indica que ese lugar nunca será el mismo de nuevo, y que es verdad que el tiempo nunca corre hacia atrás.


D.

Mientras la música se agolpa en las paredes internas del cráneo, el vino corre por las venas, olores clandestinos se filtran por entre nuestras fosas nasales. La noche fría es el pretexto para dormir sin ropa. Sólo un beso es capaz de encender el cielo. Te toco, te percibo. Tu voz emite pequeños cantos que terminan con mi nombre y acaban con mi angustia. Tus uñas juguetean en mi espalda en la escasa luz que baña nuestra desnudez. The Beatles, The Doors, Joaquín Sabina…

El sueño termina por vencer la noche, el amanecer nos encuentra abrazados. Malditos ronquidos, creo que tu sueño no fue tan placentero como el mío. El olor a desayuno anuncia el próximo descenso en la realidad de la ciudad.


E.

Tú.


F.

Lo mismo un partido que la lectura, un concierto que el teatro, el viaje que la noche, la fiesta que la mañana, la comida que los besos, el tequila que la pijama, las distracciones que las caricias, tu perfume que las prisas, la película que el frío, los días malos que el museo, las experiencias que los sueños, la incomodidad que los recuerdos, las clases que el transporte, el sudor que el café, tu piel que la conversación, tu enojo que la tarde, tu vida que la mía y dos caminos que se encuentran…

Tuesday, December 29, 2009

Another star...


Por: Perro


Pocos momentos duelen más que aquellos en los que perdemos contacto físico con lo que queremos. La muerte es un estado de equilibrio con el universo, el instante a partir del cual regresamos a los elementos constitutivos de nuestro ser biológico y contribuimos a la entropía que nos rodea. Desde este breve espacio, al momento en que este 2009 agoniza, un agradecimiento por haber hecho diferentes nuestras vidas a todos aquellos que nos dejaron de acompañar…


Al ser parte de un cosmos no estático, nuestra materia se funde de nuevo con las sustancias estelares tarde o temprano y nuestros cuerpos vividos, las experiencias recorridas o aquellas que recordamos quienes seguimos en este plano, consistentemente pasan a formar parte de la materia prima para nuevas posibilidades.


Nada es para siempre en la tierra, sólo un poco aquí

Nezahualcoyotl, s. XV

Wednesday, December 16, 2009

Estigma II


Por: Perro


Claro que se volvía loco por ella. Pero, ¿cómo no iba a ser? Una mirada profunda, libre, acaramelada sin empalagar. Unos labios coquetos, limpios, severos. El cuerpo delicado, deseable, de ésos que ceden al tacto sin mucha batalla.


Que fuera lo que tenía que ser, la apuesta incorrecta cuando se sabe perdido el juego. Un paso. La lengua humedece sus labios. Los ojos se esconden tras un poco de cabello que cae suavemente sobre el rostro, que se encuentra hacia abajo, ligeramente, para dar más énfasis a los destellos que escapan del par de iris. Las manos, delicadas, rematan en unos dedos juguetones, cálidos, con pequeñas gotas de sudor ínfimo, prístino. El cuello, la piel del cuello, encabronadamente tibia, con la certeza de que cede al tacto adecuado.


Otro paso. El mundo encima. No es cualquier cerebro el que tienes delante tuyo. Una compleja personalidad abrasa las palabras a su paso y las convierte en inocua ceniza, más por defensa que por placer. No es cualquier palabra la que logrará abrir los oídos de semejante mujer, no. Una vida más allá del dolor y las mentiras. No superflua, no dormida.


Otro más. ¿Cómo piensas continuar? ¿Es acaso triunfal el haberse puesto al frente? Una chica segura de sí misma, una mujer completa. ¿Es la mano temblorosa lo que desea acariciar su cabello? ¿Será la boca reseca quien propine un beso?


Ella reacciona, voltea a otro lado. ¿Perdió el interés? ¿Perdí la batalla? Perdió el destino otra historia? Carga con el estigma de ser perfecta, no autoimpuesto, tal vez ni siquiera consciente. Tus nervios te delatan. Un movimiento en falso y se irá. Otro paso. Y otro. Y… una llamada al celular.


Todo se ha acabado, todo. No más nervios. Una sonrisa y algunas palabras sueltas cercenan tus previos pensamientos y te arrojan a la cara el hecho ineludible: la perfección, por más estigma, nunca viaja sola.

Deja de enamorarte, Vol. 04


Por: Perro


Y mientras el dulce éter se mete en mis venas, escribo los párrafos de un consejo que sería bueno que siguiera en el futuro… lástima (acaso) que tu partida evitará que lo haga, dado que me sumiré en la inconsciencia que otorgan las sustancias químicas a los aventureros que se animan a recorrer sus infinitos canales.


Una luna para dos amantes… tus besos me cubrían el cuerpo mientras mis caricias tocaban tu alma. La tibia sensación del cariño que emana de lo más profundo y culpable de tus entrañas bañan este animal De pronto, la banal pregunta, el maldito pasado, la imposibilidad de mentirle a tus ojos negros como mi destino… Sólo dos palabras bastaban, y sólo tres empleaste: has acabado conmigo. Mis errores pasados opacaron nuevamente mis intenciones actuales. Tus cabellos se transforman en la falda que ahora desearía poder abrir, falda que cubre el sitio al cual mis explicaciones pretenden llegar, aunque sé que no tendrían por qué ser necesarias. Mi pasado es lo que me ha llevado a ser lo que soy, y si puedes vivir con él, quédate, y si no, qué importa… ¿qué importa? No, no, no… claro que importa, por algo eres tú… ¿eras tú?


Mientras nos precipitamos rápidamente al fracaso, me abates a preguntas, me ciegas con el resplandor de tus lágrimas que querían obtener de mí algo que hube de ceder a mis tiempos pretéritos. ¿Qué diablos iba yo a saber que viviría tanto? ¿Por qué mis aciertos (errores) pasados pesan así?

Al final caigo en cuenta… hoy será ayer mañana… a ver cómo me explico esto delante de la siguiente persona que deseé enmarañar su cabello en mis dedos y su vida en mis despojos…


¡Qué alegre se pasa la vida

Bebiendo vino

Qué placer cada día

Recordar lo que nunca ha sido!

Thursday, November 19, 2009

La penúltima cruzada


Por: Perro

Estamos una vez más fuera de este mundo. Te miro, hablas y no te escucho del todo. Recorro con la vista sigilosa cada rincón de tu rostro. Parpadeo y cada vez que abro de nuevo los ojos reconozco patrones que me inclinan a explotar.

Me llenas de miradas que con el atardecer se desvanecen por saber que no es a mí a quien tú buscas. Espera el leopardo en las alturas, con el viento en contra, con el juego a favor. Un instante de cercanía desata los eventos siguientes. No puedo evitarlo, mi mano recorre tu mejilla; unos ojos desconcertados observan pero no recriminan. Se cierran un momento, me preguntas: -¿Qué estás haciendo?-, con la cara hacia el suelo. No acierto a contestar, con la otra mano tomo tu brazo, como pidiendo el beneficio del silencio.

Mi pobre olfato distingue entre el olor de tu perfume y el olor de tu aliento… el perfume delicado, como pensado en el color de tu piel; tu aliento a maíz de cine, a uva, a pulmón que desea gritar para detener toda la puesta en escena.

Por un momento dejamos de existir. Mis ojos dejan de percibirte y sólo el temblor de una mano sudorosa me indica de lo cerca que está mi cuerpo de cometer una idiotez. Exhalo un último suspiro, el cálido aire expelido recorre tu cuello y se pierde al inicio del discreto escote. Me acerco –el leopardo ha bajado del árbol pero no ataca convencionalmente- suave, suave, una pluma toca el agua apenas mecida por la brisa. Siento tu respiración en mi mejilla, sientes mi miedo sobre tu piel.

Tus rosas labios, como presintiendo lo complejo del asunto, se humedecen sutilmente con la punta de tu lengua carmesí; no bien has escondido de nuevo el frágil órgano mi boca lo detiene con singular alegría. La suerte está echada –El leopardo muerde el cuello débil de su presa, quien no lucha: se sabe presa-, prosigue un vaivén de suaves destellos entre tu boca y mi hocico, entre dos olas, entre dos volcanes.

Mis manos tocan tu torso a la altura de tu pecho, en la porción lateral. Algo te hace brincar, echas un poco atrás el cuerpo, tu cabello cosquillea mi rostro mientras se mueve en retirada de la escena. No sabemos cómo terminar el momento, ni qué siga. Mientras el punto de contacto se hace cada vez más distante, abres los ojos con un brillo en el iris… el de la duda. Con mi mano en tu sien te solicito un poco más de silencio. Conforme se apaga la tarde, se extingue la cercanía. De pronto estalla: ¿Qué…? Lo podas de raíz. Entiendes que pasó así porque lo necesitábamos. Recorres mi mejilla con la palma de tu mano derecha, como comprobando que lo que acabas de sentir fue producto de otro ser real; yo resuelvo mi duda con el mismo tacto. Abres los labios: inevitable desenlace… me pierdo en ti de nuevo…

El sol de la ventana recuerda que es hora de la cotidianeidad. Por fortuna sólo fue un ensayo de mi cerebro. Quién sabe qué tiene que desde que no me atrevo a hacer las cosas las hace por mí. Me muestra los finales… me advierte de las consecuencias de los actos nunca cometidos. Qué bueno que no te perdí. Momentos así están hechos para amores eternos –de ésos que duran unos meses- o para personas que buscan pretextos dulces para alejarse. O para los pocos amigos locos que entienden el cariño humano como algo más fisiológico, más libre, más humano. No para tu moral ni para mi pasado.

El valor de tu amistad es mayor que el deseo de experimentar una sola vez el placer de tu proximidad. ¿Acaso podrías soportar el resto de tus días con ese anochecer en tu mente?

Así fue


Por: Perro


Ésa noche me probé a mí mismo que podía beber más de lo que pensaba, y que eso podía romper promesas. Otra noche puse en riesgo una vida aparte de la mía. De madrugada caminamos horas y horas por vacías avenidas. Cambiamos de sueños como cambiamos de escenarios. Un grito de alegría ahoga un momento de pésame. Sí, la felicidad de uno, el efímero momento a disfrutar, es el sepulcro de llantos ajenos.


Hay aciertos tardíos y errores permanentes, segundas vueltas y momentos finales. Está la magia, sí, del lugar que sólo se visita una vez, y la nostalgia de lo no vivido, pero también la adrenalina de lo prohibido y la relajación que provoca lo seguro.


Recuerdos, juramentos; momentos, remordimientos. ¿Estás consciente de tu papel en el desarrollo de tu vida? ¿Entiendes el azar? ¿Comprendes la voluntad? ¿Querer es poder? No hay destinos, no hay caminos trazados. No hay determinismos –bueno, sí, pero son muy pocos- y por tanto no hay excusas por adelantado –bueno, sí, pero son muy pocas-.


¿Qué pendientes dejas de lado cuando vives? ¿Qué responsabilidades cargas cuando sueñas? ¿Qué te pesa cuando vuelas? Pocas cosas son más tristes que un cadáver muerto, y una de ellas es un cadáver vivo. Tu vida es jazz con sabor a salsa para unos y a marcha fúnebre para otros. ¿Acaso importa?

Wednesday, November 04, 2009

A la luz de las mismas estrellas


Por: Perro

No hay días tristes, el problema es cuando llega la noche. Breves instantes, tu vida y la mía. Grandes anhelos: decir “siempre”, “nunca”, “al final”, “desde el principio”. No hay absolutos cuando se trata de existir. Mucho tiempo atrás te vi por primera vez, más no sabremos si me veía yo. Ahora los dos somos cualquiera, nos movemos a lo largo y ancho de nuestras realidades. Una vez senderos, se han cubierto con hierba. Una vez mares, lodo se abre paso. Tanto se recuerda que se hace eterno, se distorsiona y dudamos de su autenticidad. Se cruzan los caminos, más nadie advierte que un cruce contiene por definición la perpendicularidad. A estas horas sueñas, otros más te pensamos. Cuando me pienses, estaré inconsciente. Estamos techados por el mismo cielo, bebemos de la misma agua, vivimos los mismos tiempos. Vimos el camino tan distinto, ahora contemplamos distintos horizontes.

Me heriste, te herí, nos herimos. Te curé, me curaste, nos curamos. Fuimos lo que necesitábamos y luego necesitamos irnos. Hoy recuerdo, y suspiro. Tantas heridas pasadas nos han vuelto más fuertes, pero más fríos, secos, duros, insensibles. Insensibles al dolor ajeno, al provocado por nosotros. Podríamos pasar el uno junto al otro, lo hemos hecho. Algo dentro se tuerce, cada vez menos perceptible. Podríamos hablar horas, lo hemos hecho. Torpes recuerdos se agolpan en la garganta, cual lágrimas en los ojos. Aprendí a esquivarnos, aprendiste a no tocarme. Cada paso te lleva a más gélido, te acompaño a lo lejos. No sabes quién es el que escribe, no sé quién me lee. Al final pasa lo mismo que siempre y que nunca ocurrió: quisiste, quise, quisimos. No hicimos, no hiciste, no hice. Hablamos, pero callamos. Luego nos dejamos y no queda más que la incertidumbre de no haber hecho más, de haber querido hacer menos. Y volvemos los ojos al cielo, y vemos que tan infinitas posibilidades nos llevaron sólo a contemplarles más plácidos, más viejos, más muertos.

No hay culpas, no hay arrepentimientos, no regrets. Milímetros deliciosos se convirtieron en fríos kilómetros. Nada regresa a la vida, el recuerdo es sólo el analgésico prescrito para esos malos momentos a medio anochecer en que no se sabe qué se siente. La esperanza es un placebo emocional. El llanto, una liberación de oxitocina que relaja fisiológicamente y agota al cuerpo para que descanse la mente…

Monday, October 19, 2009

Sucesos improbables





Por: Perro


La historia que nunca pasó…


-1-


Tú, recostada en el sofá, con una almohada en la espalda. Aroma a café, tarde –ya casi noche- nublada. El perro durmiendo a tus pies. Llovizna. Un pedazo de pie de manzana a medio comer. Friends en la televisión. Caes dormida y sueñas con un galgo y un caballo blanco. Afuera una ambulancia a velocidad. Tu sueño: lo besas, apasionadamente, y los animales sólo observan. ¿Qué es eso que llamamos amor? Llueve francamente ahora. Un relámpago y te acurrucas. La luz se extingue. Tus pies sobresalen del sofá; una brisa los acaricia. Se intoxica el ambiente con el perfume que se desprende de tu cabello al moverte suavemente entre los cojines. El perro levanta la cabeza, otro trueno.


Sueñas un pasillo lejano, agarrada de su mano. Atardecer. No más galgo, no más caballo. El jardín se empapa, se ven desde las puertas de vidrio cómo se funden los pastos que soportan la tormenta con las enormes gotas que caen, en un profundo verde azulado teñido de gris. Tú duermes, y mientras tanto el mundo sigue. No te pidió permiso para continuar, simplemente tu tranquilidad le vale madres. Despiertas. Cierras la ventana que se abre paso por tu campo visual. Te vas a tu cuarto. Alguien dejó de existir.


-2-


Regresas a casa. Madera y vino invaden el ambiente. Te quedan seis años de vida. Esa tarde encuentras a tu mejor amigo de la preparatoria en las noticias. – ¿Será que aún se acuerda de nosotros?-. Un recuerdo repentino y absurdo te invade.


The Doors en el radio, cuatro cerebros a alta velocidad en una carretera. Fin de semana a la playa. Cervezas apagan la sensación de cautiverio alojada en la gran ciudad. Conforme se desvanece la mañana, se acaba el alcohol. Orinas al pie del camino, se siente el viento que corre desde los húmedos campos. Se escuchan los automóviles que huyen despavoridos del monstruo citadino. Llegan a la casa de sus tíos. Caldo de res, refrescos -¡qué pinche mareo! Debieron haber sido más de 12 cervezas-. La noche fresca, dos cajas de ámbar frescura. El malecón iluminado se extingue para dar paso a la arena, las olas. Solo la luna contempla la promesa de repetir el viaje tanto como se pueda. Un Chevy viejo espera las tres de la mañana y el fin de las canciones forzadas que supuran por sus bocinas. Te duermes. Se estaciona frente a su destino final. -¡Llegamos!- desearías no amanecer. Todo da vueltas, te vas a torcer el pie.


Anuncia que el año fiscal no será el mejor de la historia. Adiós al aumento de febrero. –Ojalá lo vea algún día-.


-3-


Un día nos conocimos y hasta que me enterraste no nos separamos. Te arreglas un poco el cabello mientras leo crítica política. Hueles a sandía, a maquillaje, a talco, a shampoo, a fresa, a delirio. Tu silueta resalta de la blusa que te has puesto. Cada detalle se hace estéticamente implacable: el broche del brassiere situado en la espalda se define debajo de la delgada tela, unos cuantos cabellos que brotan del arreglo de tu cabeza se pierden en el horizonte a la sazón de la luz que reflejan, un raspón blanquecino en la mezclilla de tus jeans a la altura de la rodilla recuerdan el trote y el pasar del tiempo. Un beso coqueto en el borde de mi boca y una disculpa –ya casi termino, ¿ok?- Asiento, y antes que te vayas, mis manos cometen el crimen.


Te tomo de la cintura, te arrastro suavemente a donde espero y te beso, te arruino minutos de labial. La lengua saborea el interior de tus mejillas, tus dientes responden con sutileza. El aroma se clava en los pulmones y algo me dice que no saldremos esta tarde. Te desabrocho el pantalón y subo tu blusa lentamente. Te retiras: -¡se hará tarde!-. Un beso en la frente y tu sonrisa que se tatúa en mi encéfalo. Te vas. Inevitable voltear a ver tu partida, me embeleso con la imagen. Volteas, sentiste mi mirada -¿y ahora qué?- preguntas. –Es como si…- me detengo, y pienso: si tus besos me duraran para siempre, si este momento no terminara, si el universo se detuviera… pero es más reto que avance y sigamos, porque lo que vale la pena rara vez dura más de algunas tardes -… se me antojara un vaso con whiskey-. Me ves extrañada. El precio que pago por no romper un momento. A veces me pierdo en lo asombroso de la cotidianeidad y prefiero no asustar a nadie con la locura de mi pensamiento.


-4-


Es de madrugada. Llueve pausadamente, como con pereza, como con desidia de cada gota que se resiste a morir contra el pavimento. Tú no lo sabes, pero todo acabó. Sueñas y no es conmigo. Tus manos suaves nunca volverán a tocar este rostro, y tal vez sea lo mejor para ti. Por meses me han dicho que te daño, que te he alejado de tu familia, de tus amigos, que invado las conversaciones con mi nombre. Esas piernas nunca volverán a sentir mis ansias sobre sus muslos, ni tus botones de aquella blusa a rayas serán casi arrancados por la desesperación por encontrarme como por vez primera con la piel de tu torso. Parece que sonríes. Si estuviera ahí -¿lo estoy?- te acariciaría el cabello, me quedaría oliendo la mano llena de ti, mezclada con el olor a cigarro barato característico de mis dedos. La calma de la noche que te envuelve se alberga en mi corazón. Te envuelve como alguna alocada tarde te envolvieron mis besos por todo tu delicado cuerpo, como mis fuertes manos te apretaron por el deseo de nunca soltarte. Pero el tiempo hizo que te soltara. Los caprichos de un errante cerebro que sucumben ante el sincero cariño que despierta en tu corazón. De hoy en adelante eres libre de nuevo. Nunca presa, pero ahora libre.


Una última poesía te compuse, se escribió con sangre en el pavimento.