Sunday, July 06, 2014
Mate al ingenuo
Tuesday, January 10, 2012
La muerte
Thursday, November 04, 2010
Lluvia de noviembre
Tuesday, December 29, 2009
Another star...
Por: Perro
Pocos momentos duelen más que aquellos en los que perdemos contacto físico con lo que queremos. La muerte es un estado de equilibrio con el universo, el instante a partir del cual regresamos a los elementos constitutivos de nuestro ser biológico y contribuimos a la entropía que nos rodea. Desde este breve espacio, al momento en que este 2009 agoniza, un agradecimiento por haber hecho diferentes nuestras vidas a todos aquellos que nos dejaron de acompañar…
Al ser parte de un cosmos no estático, nuestra materia se funde de nuevo con las sustancias estelares tarde o temprano y nuestros cuerpos vividos, las experiencias recorridas o aquellas que recordamos quienes seguimos en este plano, consistentemente pasan a formar parte de la materia prima para nuevas posibilidades.
Nada es para siempre en la tierra, sólo un poco aquí
Nezahualcoyotl, s. XV
Saturday, October 10, 2009
Seis horas antes del exilio
Por: Perro
¿Qué es de la vida sino pasajes asombrosos con penas y rabia, con llantos, alegrías y desastres? Pequeños accidentes, grandes incidentes. Un segundo, un trago, y la vida se fue en ello… mil destinos con un solo pasado. Hay quienes viven en la imitación, albergados a la sombra de trazadores de caminos, por miedo a equivocarse en el suyo propio. Hay quienes prefieren andar sobre sus pasos de nuevo, por temor a salir del confort que provoca el eterno hastío de lo cotidiano.
Hay quien se arriesga y muere en el intento, sólo para renacer más fuerte, más viejo, más adolorido pero más seguro. Cicatrices que cada vez sanan más rápido, la experiencia que socava sus ríos por toda tu anatomía, las palabras que hieren cada vez con menos eco, con menos sangre. Sangre, cada día más espesa, menos viva.
Buscas: primero en sueños, luego en botellas, al final entre el polvo. Proyectas: primero a la frontera inmaterial de un infinito etéreo, para terminar vaciándote a un agujero. Pides perdón, una, diez, mil veces. Llega el día que te toca perdonar, y son las heridas las que te impiden derramar miel en el oído arrepentido. Silencio.
Ves montañas, picos inalcanzables que te intimidan y te seducen a escalarlos. El camino te rompe las piernas. La cima, al llegar, no ofrece mucho más de lo que tu imaginación había abstraído. ¿Valió la pena el viaje? Sí, si tú lo decides así, como consuelo a lo inútil de una travesía que sólo sirvió para demostrarte que eres capaz de las cosas inauditas que te contarás una y otra vez para darte ánimos al final de tu recorrido.
Falsedades, mentiras. Todos somos presas por acto u omisión de verdades, cometidas por nosotros, para nosotros. Autocomplacencia, la necesidad de cerrar ciclos. Dejas una puerta abierta, no sabes si para entrar o para salir, para que otros sigan entrando o se vayan de aquí.
Aves de vuelo pesado se pasean torpemente en un gris cielo que depara la vacuidad de un inanimado ser al borde del olvido. Aves que descargan su tonada sobre sordos oídos que no desean ser salvados. Esclavos de la sociedad que anhelamos, vasallos de sus deseos, de sus intrigas, de sus imperfecciones. La aspereza de las verdades frías lima las salientes de un animal pútrido que se seca a la luz de la aurora de los amaneceres de alguien más. Mala suerte, para ti es la luz del ocaso.
Abstinencia de razón, escasez de pensamiento. Más cómodo resulta el inerte descanso que el trote de medio día, en esas mañanas que abrasan el pavimento insulso, ni una triste nube que cubra los escasos recuerdos que sudas al pasar. Sólo transitas, sólo existes, no caminas por el destino, ni huyes del punto de partida, ni disfrutas del trayecto. No te quedas porque es peor ser pisado por otros transeúntes. Te paras, caminas, corres, sólo porque de no hacerlo tarda más en llegar el fin a tu cuerpo.
Al fin, la noche llega. No ves, no sientes. Apenas oyes lo que aparenta ser un silbido de tus obstruidos conductos respiratorios. Tragas agua, licores, restos de maquillaje. Todo se amasa tiernamente en el abdomen prominente, abyecto, taponado con masas de pretextos y excusas. Ahora quieres reventar. Piensas que es la luz del tren, pero te topas con la luna. No hay peor castigo para el que desea que su idea en otro camino. Te ríes. Te mueres.
If, someday, someone of you misses this empty body, whisper to the stars
Saturday, September 26, 2009
In memoriam
Por: Perro
Sentado en la tranquilidad del entierro, el difunto sopesa las situaciones que lo llevaron a dejar de ser lo que nunca fue, y reflexiona en torno a lo muerto que supone estar vivo. El presunto interfecto se aprecia sin vida cuando sus funciones vitales dentro de un marco social cesan, cuando es la misma situación la que le arroja flores al cadáver. Hay muchas formas de morir, casi tantas como excusas para saberse muerto y actuar como vivo, semejante número como deudas quedan al partir el occiso. Se muere cuando termina un trabajo, cuando el ajetreo de la ciudad se vuelve cotidiano y da lo mismo el clima que siempre atormenta por el exceso de sol, la mojada lluvia, el frío que penetra hasta los huesos, la sequedad que se lleva las lágrimas. Se ve a la familia con el mismo gusto que el cerdo al carnicero, atenuadas verdades a medias cercenan la circulación de emociones, se gangrenan los planes y se posan sobre nosotros la pesadez por hacer las cosas y la apatía que produce no hacerlas.
Se pasa por alto la fiesta, el sonar de las campanas que anuncian otras muertes o los ruidos que procuran evitarlas, nos entierra la nostalgia, la amargura, el arrepentimiento. Se nos llenan los ojos de amaneceres no observados y las manos de callos por las cosas que nunca dejamos de hacer pero que no pretendíamos lograr. Los niveles de sueños y alegrías, de por sí escasos, se desvanecen torpemente entre velos de sinsabores y es el final trago de cerveza tibia el que ahoga ese último aliento que quería escapar, más que por señal de vida, por desesperanza. El muerto más bien es un suicida, cómplice silencioso y malsano que por efecto del autosabotaje se encamara desde las ramas más altas de la conciencia, estrujándolas, rompiéndolas, y asesta un golpe mortal al caer a un lecho de recuerdos secos y fríos. Las astillas de ese quebranto penetran poco a poco la inmadura carne que no supo ceder a los caprichos de otros actores que no supieron quedarse al final de la obra, que no hubiera supuesto el desenlace.
Trágica escena, la del cadáver al que no le informaron la hora de morir. Se va desbaratando lentamente a cada paso y deja tras de sí errores, pérdidas, ahorros… ese tiempo que guardaba para vacaciones, esas palabras que pretendía usar el día bochornoso en que se preciara de ser el centro de atención, las mil y un disculpas con los diez mil pretextos y las doscientas promesas a cumplir a futuro. Se le escapan gases hediondos de espera, de ansiedad, de risas ahogadas y sollozos que se evaporan, y riega con su pestilencia el efímero camino que recorre en busca de una tranquila tumba en dónde poner fin a su desgracia. Se le caen poco a poco las cicatrices, va por ahí chorreando sangre color rojo coraje, se lame las heridas color rosa labios y escupe saliva color azul olvido.
A su paso nadie le presta atención, pues está muerto. Ya no grita ni llama, no desvía la mirada ni la lleva perdida, es invisible pero estorboso hasta para sí mismo. Pelea contra el viento de cambio, el movimiento del aire que puede llevarle poco a poco las capas más externas de la piel partícipe del homicidio suicida, esa piel otras veces procurada, deseada, ávida de sentir y ser sentida, ahora olvidada, pisada, tatuada de pena y clavada con alfileres de desgano, de hastío, que evitan la precipitación de los pedazos de pasado que cubren el vacío cuerpo.
Tañen con hartazgo las campanas que avisan al inmundo ser que se ha demorado demasiado en la partida. Repican con sonidos de lejanos te-quieros, de amargos perdones, de inflados te-extraños, de épicos te-recuerdos. Sombría avanza la procesión de fantasmas que siempre temió pero nunca vio de frente y que hoy parten a dar el último adiós a quien deseaban enterrar vivo. Temores, dudas, objeciones, inseguridades y reclamos acompañan el fúnebre cortejo, con su llanto iluminan el paso que otros tantos ya han transitado. Una entraña del exánime se estrella aparatosamente contra el suelo y salpica, de manera patética, restos de música, imágenes, escritos, sabores y olores que alguna vez circularon por el interior de la amorfa masa desvelada.
Al terminar el camino, el fallecido se topa con su realidad pero no la ve, no la siente, no es capaz de reconocer con detalle que el purulento bulto que se refleja en ella no es otro que él (o ella) mismo(a). Con sumo pesar pero aparente placer se funden en un abrazo horrible que apelmaza los restos otrora vivos con un remolino de reclamos, de deseos, de lamentos dichos por los actores presenciales del desvanecimiento… es en vano, el muerto se ha ido.
