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Sunday, July 06, 2014

Mate al ingenuo



Por: Perro

Era una tarde que parecía cualquier cosa menos una declaración de guerra, una plegaria al suicidio. Ahí estábamos, tú y yo. Separados por un tablero. Ese tablero era al mismo tiempo lienzo y espectador. No sabía cómo había llegado ahí. No sabía cómo habías llegado ahí. ¿Por qué habrías de querer darme una lección, precisamente hoy? Titubeaba para hacer mi primera movida, como si tuviera que impresionarte, como si tuviera que asombrarme a mí mismo. Peón a d4. Tú a e6. Antes de tocar el caballo, me preguntas: ¿Es así como quieres proceder?

¿Será que me estás retando? Me quedo en silencio. Cf3. Te pregunto por qué lo hiciste. e6. No respondes, y lo reflejo en el tablero. c4. “No lo hice yo. No lo hiciste tú. A veces es mejor pensar que las cosas son así porque independientemente de los errores y aciertos, poco o nada habría cambiado el panorama actual. A veces es mejor no ponerse a pensar qué llevó a ese estado, pues es peor darse cuenta de la cantidad de veces que pudimos cambiar el camino, que pudimos realmente influir en el resultado final, y por desconocimiento o desidia, no lo hicimos”. Mueves a c6. Me hiere tu falta de respeto a mi auténtica angustia. e3. Lentamente y como si no quisieras desatar la tormenta, mueves Cf6. No dices nada. En el tablero y en la batalla, esperas mi respuesta. Da4 y replico: “No es justo”. Ad2 “Bussiness are bussiness”. Exploto. cxd5. exd5. “¿Por qué haces esto?”. Un ave cercana trina, con desprecio, con falta de intención. Casi como me siento en estos momentos. “¿Por qué juegas si no quieres jugar?”. Cc3 y me reclino hacia atrás. ¿Cómo fue que empezó todo esto?

Mueves a a5. Quiero anticipar tus jugadas, quiero anticipar tus preguntas. Pero quiero aún más desentrañar respuestas para las mías. Ad2. Esto te tiene que hacer retirarte de ese flanco. Mueves a b5 y me haces retroceder a mí. “¿Por qué juegas a defender tu causa de lo que los demás hacen? ¿No sería mejor que propusieras?” Me quedo como empapado, sorprendido. Con una mirada diriges mi atención al tablero. Retrocedo Db3. Sopla una brisa que por poco y desacomoda algunas de las piezas. Tú adelantas a a4. “¿Por qué si no quieres perder entras a un juego con apuestas tan elevadas, sin saber qué es lo que en realidad pasa en el tablero?”. Ad6 y casi de inmediato me apresuro a responder Ae2. “Tienes mucho miedo. Temes que al perder piezas que consideras importantes, no puedas seguir jugando. Olvidas con facilidad que el objetivo no es llegar con todas las piezas al final, sino llegar al final. No sabes matar.” O-O. A falta de mejor respuesta, copio el movimiento y obtengo tu desaprobación. Continúas: “Matar es tan definitivo y eso es lo que no cuadra en tu pequeña mente. No sabes qué hacer con la pérdida.” Cg4. Respondo que no uses las pérdidas para dar lecciones mientras muevo mi torre a c1. Dc7 y noto condescendencia en tus actitudes. “¡Tú no vas a venir a decirme qué significa la muerte! Tú no sabes ni siquiera qué es la vida. It's when you start to become really afraid of death that you learn to appreciate life. Do you like life, sweetheart?”. Ah2+. Una lágrima asoma por la comisura de mis párpados. “Te dije que no jugaras. Te advertí que no te sintieras más inteligente de lo que realmente eres. Te dije, puta madre, que no jugaras piezas cuyo valor desconocías, no el valor para ti, ése no importa en lo absoluto. El valor para los demás. Ése es el que te debe importar. El precio. No rompas lo que no puedes pagar”. Cxh2. Y continúas “Y todavía te di una oportunidad de escapar. Y no la aceptaste. Y te ofrecí una tregua, y no supiste su valor”. Me doy cuenta de lo que dices, en el tablero. “Creíste que con un par de palabras de disculpa se arreglaría todo. Tú no has matado a nadie. No. No podrías dispararle a alguien aunque tu vida dependiera de ello, porque tu concepto de eternidad es muy idealista. No podrías matarte a ti mismo, pero no hiciste nada para salvarte”. El viento comienza a soplar más fuerte. A lo lejos se escucha música, como de esa que se pone en sábados por la tarde para amenizar el consumo de alcohol, con la familia, con los amigos. Esa que uno reproduce en el estéreo para recordar que la vida es más sencilla de lo que se plantea. Que los lunes no son más que lunes. Que el amor puede caducar y que todo contrato puede extinguirse.

Sacas una cajetilla y una pistola. La colocas junto al tablero. Abro los ojos como nunca antes en mi vida lo había hecho. Siento la sangre subir a mi rostro al tiempo que enciendes tu cigarrillo. Vacilo al decir “Anda, somos amigos”. “No. Tú crees que somos amigos”. Siento mi rostro trabarse en una mueca que denota nerviosismo y al mismo tiempo abandono, y una sensación de tímida risa nerviosa se apodera de mí. “No puedes hacer amigos con la gente con la que haces tratos, así como no puedes hacer tratos con los amigos. Algo terminará padeciendo ante ese proceder.” Observo como el humo del cigarrillo se desprende y se aleja. Apenas distingo su silueta contra las hojas de un frondoso árbol cercano. “No sabes jugar. ¿Qué pasa cuando no sabes jugar?”. Respondo con una falsa sensación de seguridad “¿Pierdes?”. “¿Qué quieres que haga entonces? Al menos tu congruencia llega hasta aquí. Si sabías a lo que te exponías, ¿Por qué no mediste las consecuencias antes de lanzarte así al vacío? Sí, sí somos amigos. Eso sólo lo hace más difícil. También te quiero, y eso lo hace un suicidio, porque con cada cosa querida que perdemos, muere una parte de nosotros. Irreparable. Pero tu abuso del conocimiento de que te quiero le devuelve el valor de trámite a esta partida. No debiste entrar con el pensamiento de que por existir este o cualquier otro vínculo, estarías a salvo. Mi nombre no es Paracaídas”. Tu seriedad invadía todo el espacio abierto. De pronto ya no escuchaba más aves. La música sonaba como una burla a lo que vivía. Era como una escena de película en la que lo único que esperaba era que cesara esa parte y pasáramos a otra toma. “¿Qué quieres que haga?”. El grito asustó a un grupo de palomas que buscaba migas de pan cerca de nuestro encuentro. Pedirte retroceder las jugadas sería un error, una ofensa. Pedirte clemencia sería ignorar tu ciencia. Pedirte olvidar la partida y dejarme huir sería lo más insensato que podría cruzar por mi cabeza, después de no hacerte caso cuando pude haber modificado el camino. Tantas veces. La ceniza caía del cigarrillo prendido de tu mano inerte. No sabía cuánto tiempo más esperarías mi respuesta. Conforme la Tierra dejaba de dar esta cara al sol, se encendían algunas luces y algunos sonidos cotidianos me servían como flotadores a los cuales asirme en esta tormenta en la que me encontraba. ¿Cómo fue que empezó todo esto?

Se murió la punta incandescente del cigarrillo. Yo no podía creer lo que sucedía a mi alrededor. Pensaba en una mordedura de cobra recibida, y en el reloj que marca los minutos restantes antes de que el veneno haga su efecto. Pensaba en lo inevitable de la caída del avión cuando no queda más combustible en la reserva. Tú, impaciente pero en calma, veías fijamente a mi rey. Yo distraía mi tensión en cuentas estúpidas: cuántos automóviles de color rojo, cuántas casas con luces encendidas, cuántas veces pude haber evitado este desenlace. Sentía cómo se entumían mis piernas, en parte por el frío, en parte por el nerviosismo, en parte por la posición. No acertaba decir ni una sola palabra, ni mover un solo dedo. Cada parpadeo pesaba como si fuera una cortina de acero blindado, y el lapso antes de volver a abrir los ojos desechaba esperanzas de que ese momento no existiera, albergaba la oportunidad de empezar de nuevo. O al menos, de que mi oponente, tú, te retiraras y dejaras que todo acabara en una lección para mí.

Sin levantar la vista, hiciste una pregunta que me dejó helado. “¿Qué es lo que más vas a extrañar de vivir?”. Entendí que la partida había terminado. No habría segundas oportunidades en el tablero. Jugué precipitadamente y sin saber muy bien qué hacía. No sé en qué orden enlisté lo que, según yo y así, sin más preparación, extrañaría de la vida. No recuerdo cuántas ni cuáles de estas cosas te las dije, y cuáles me guardé para mis entrañas. Las rutinas de los domingos por la tarde cuando era más joven, siempre llenas de música. El olor de la cerveza al entibiarse. Las noches de billar. El sabor que deja el vino tinto, el buen vino tinto. Los obituarios. Los homenajes. Lo exagerado de los tabloides amarillistas. El olor a pasto recién cortado. Las tardes que conversamos en las que no entendía que parte de lo que decías era para salvarme. Todas las veces que declaré no necesitar de nada ni de nadie que me salvara. La inocencia de mi sobrina al jugar con las flores. Las tardes viajando por autopistas con destinos no siempre conocidos. El aroma frío de los pinos en las montañas. Las crudas con whiskey. El olor a chocolate quemado por no moverlo frecuentemente al prepararlo. Los amaneceres lluviosos de sábado, sin más compromisos que pedir pizzas que inundaban con su olor el departamento. Las canciones sin sentido que tantas veces criticamos pero que indudablemente son necesarias para hacer descansar el cerebro de su tormentoso pensar diario. Esas fiestas llenas de música electrónica y tragos irrepetibles, producto de las manos de decenas de barmans profesionales improvisados. Sobre todo las que terminaban al amanecer. Los chistes gráficos. Los licuados de vainilla. Las tardes de beisbol con mi padre. Las festividades que se pasaban entre reclamos y odio con la familia, pero que al final terminaban con ese dejo de añoranza.

“Extraño más cosas de las que puedo extrañar. Por favor, deja esto de lado”, exclamé. Agarraste la pistola y mientras se me escapaban algunas lágrimas, colocabas el silenciador. “Sabes que no quiero hacerlo. Sabes que vivimos vidas en las que seguro la mitad de lo que hacemos, o más, no corresponde con lo que queremos hacer. Sin embargo, todos debemos estar arruinados, entonces todos debemos hacer cosas que colectivamente denominamos ‘deberes’. Esos deberes no son más que la venganza de alguien más que no pudo hacer lo que quería, y desquita su frustración al imponer deberes a quienes tiene bajo su poder”.  Suspiré sin mucho afán. “Do you like life, sweetheart?”. No podía creer que fueras tú quien estuviera haciendo esto. “Sí´”. “¿Qué?”. “Sí, si me gusta la vida”. “Entonces no será una bala mal gastada; ‘I take no pleasure in taking life if it’s from a person who doesn’t care about it’”.

Con la pistola en tu mano derecha, te inclinaste sobre el tablero y me miraste fijamente. “¿Qué haras con mi cuerpo?” “¿Yo? Nada. De eso se encarga alguien más”. Sabía que todo había acabado. Pasaste la pistola cerca de mi cabeza, y luego apuntaste al rey. Dxh2++. Apretaste el gatillo. La figura del rey desapareció tras el disparo. Ahora la dirigías a mi cabeza. “Por favor, date la vuelta. No quiero que tus ojos me claven tu última mirada. No quiero sufrir eso”. Me invadió la sensación inequívoca de que era el momento de abandonar este plano existencial. Sentí tu mano en mi cabeza “Reclínala por favor”. Como si fueras a hacerme un corte de pelo, colocaste mi cabeza a tu conveniencia. Sin percibir otra cosa que los sonidos lejanos y el movimiento del pasto provocado por la brisa, esperaba el disparo. No sabía si cerrar los ojos o dejarlos abiertos. Escuchaba tus movimientos, lentos, calculados. Sacaste algo de un bolsillo y lo colocaste sobre el tablero, sin importar que se alterara el orden de las piezas. Ese fue el momento final. No pude escuchar el gatillo, pero sí el disparo. Instintivamente, cerré los ojos y me dejé ir, solté mi cuerpo. Luego, nada. No sé cuánto tiempo pasé así. Poco a poco hice consciencia de que no estaba muerto. Yacía en el pasto, inmóvil, sobre mi lado derecho. Ya estaba francamente oscuro cuando decidí ponerme de pie. O la muerte era extrañamente similar a la vida, o ésta última no había terminado aún para mí. Voltee hacia el tablero. No había ningún rastro de ti. Ni de nadie más. La molesta música seguía con su ofensiva cotidianeidad. Había una nota sobre el tablero. La abrí.

“Querido muerto en vida:

Pocas sensaciones deben ser tan terribles como saber el momento exacto en que se ha de morir. La diaria batalla entre la vida y la muerte tiene el encanto de no saber en qué momento se jugará la última pieza, cuándo se exhalará el último aliento. Te dije que te quiero. Por esta razón, mi regalo para ti no es el perdón, sino el no retirarte ese final derecho a no saber cuándo has de perder el rey.

No me esperes. No vivas tu vida esperando nada más. Llévate tantas cosas en la cabeza como puedas. Que tu camino a la inconsciencia final esté lleno de recuerdos que desees extrañar por el resto de tu eternidad”.

Tuesday, January 10, 2012

La muerte

Por: Perro

La muerte es un estado transitorio y molesto. No aludo al término de la actividad biológica sino al cese de funciones que se pueden antojar más vitales.
Es ese estado incómodo y estático en el que el agua es tibia, ofensivamente tibia. No te quemas ni te enfrías. Es la convalecencia sin peligro de complicaciones pero sin salud. Es el refractario periodo en que ni comienzas ni estás cerca del final y tampoco estás en movimiento… es la incómoda pausa insulsa que mancha tu carrera. Es la salvación de Benedetti, el desasosiego de Bukowski. Es la hoja a medio leer, a medio escribir. 

Irrita, como un vaso de cerveza templada, sin gas. No tienes fuerzas para levantarte pero tampoco el pretexto para complacerte en el piso. Ni tienes dinero para cambiar al mundo, ni careces tanto de él como para no hacer nada. El punto de inflexión entre la desaceleración y la vertiginosa subida, sin que sepas en qué momento llegaste a ese punto. Estás muerto. Lo sabes porque no hay signos del ollin dentro de ti, y respiras porque no puedes decirle a tus células que les negarás el oxígeno, pero no convencido de proveerlo al cerebro. O al corazón. O de menos a los músculos.
Pausa maldita, ocio de perdedores. Ni estás tan mal que puedas escribir al respecto, ni estás tan bien que puedas escribir al respecto. Los minutos antes de la hora que esperas para gastar. Y lo sabes. Y estás consciente. Y no haces nada, como a la espera de una nueva ola que te arrastre o te obligue a nadar, y la calma tarde te baña con su salado líquido y no es de día ni de noche, y no tienes hambre pero tampoco saciedad ni tienes sueño ni ganas de estar despierto. Como a la espera de un golpe brusco que te sacuda y te quite la vida o que te dé la lucha, la prueba, que te invite al movimiento.
No puedes justificar el suicidio ante ti mismo, ni puedes demostrarte que vale la pena no hacerlo. 

Quiescencia.

Los optimistas te dirán:
Levántate.
Lucha.
Mejora.

Los pesimistas te dirán:
Cáete.
Muere.
Fracasa.

Ambos son sensatos. Tú decides
no caer
ni levantarte. Te mantienes.

¿Para qué?

Thursday, November 04, 2010

Lluvia de noviembre

Por: Perro

Escogiste una tarde de lo más sencilla para partir y sin embargo, una lluvia a destiempo con un sol de atardecer primaveral, te dieron la despedida. No hay mucho que las palabras puedan decir, escritas o habladas. Me enseñaste la tranquilidad, cosa que yo desconocía. Me escuchaste cuando nadie más lo hizo y me acompañaste tanto tiempo en mis desvelos. Nunca reclamaste nada, aunque recuerdo que pedías mucho, a veces. Compartíamos gustos culinarios –prácticamente cualquier platillo era bienvenido en el hocico de los dos- e inclusive la cerveza.

Crecimos juntos en muchos aspectos, y contigo aprendí a ser un perro, a disfrutar de los olores, a perseguir sonidos, a dormir dónde y cómo sea, a tirarme al sol, a querer sencillamente por querer, a restregarme en el pasto. Pero quedaron muchas cosas que nunca pude imitar de ti. No tengo tu paciencia, tu fuerza, tu persistencia. No se reconfortar con la presencia como lo hacías tú, ni puedo actuar sencillo, ni soltar todo lo que tengo dentro con un solo ladrido.

Hoy decidiste que ya no habría más lucha, ni más dolor. Esperaste a que llegara para comunicarme tu partida y me diste la oportunidad de compartir contigo tus últimos momentos en este plano existencial.

Ma cualli ohtli, nicniuhtzin. Regresas a las estrellas de donde todos venimos y a donde todos terminaremos algún día. Dejas un vacío que nada llenará, dejas un recuerdo que siempre perdurará y dejas un camino a mi lado que nadie más caminará.

Gracias por todo.

’cause nothing lasts forever, even cold November rain…

Tuesday, December 29, 2009

Another star...


Por: Perro


Pocos momentos duelen más que aquellos en los que perdemos contacto físico con lo que queremos. La muerte es un estado de equilibrio con el universo, el instante a partir del cual regresamos a los elementos constitutivos de nuestro ser biológico y contribuimos a la entropía que nos rodea. Desde este breve espacio, al momento en que este 2009 agoniza, un agradecimiento por haber hecho diferentes nuestras vidas a todos aquellos que nos dejaron de acompañar…


Al ser parte de un cosmos no estático, nuestra materia se funde de nuevo con las sustancias estelares tarde o temprano y nuestros cuerpos vividos, las experiencias recorridas o aquellas que recordamos quienes seguimos en este plano, consistentemente pasan a formar parte de la materia prima para nuevas posibilidades.


Nada es para siempre en la tierra, sólo un poco aquí

Nezahualcoyotl, s. XV

Saturday, October 10, 2009

Seis horas antes del exilio



Por: Perro


¿Qué es de la vida sino pasajes asombrosos con penas y rabia, con llantos, alegrías y desastres? Pequeños accidentes, grandes incidentes. Un segundo, un trago, y la vida se fue en ello… mil destinos con un solo pasado. Hay quienes viven en la imitación, albergados a la sombra de trazadores de caminos, por miedo a equivocarse en el suyo propio. Hay quienes prefieren andar sobre sus pasos de nuevo, por temor a salir del confort que provoca el eterno hastío de lo cotidiano.


Hay quien se arriesga y muere en el intento, sólo para renacer más fuerte, más viejo, más adolorido pero más seguro. Cicatrices que cada vez sanan más rápido, la experiencia que socava sus ríos por toda tu anatomía, las palabras que hieren cada vez con menos eco, con menos sangre. Sangre, cada día más espesa, menos viva.


Buscas: primero en sueños, luego en botellas, al final entre el polvo. Proyectas: primero a la frontera inmaterial de un infinito etéreo, para terminar vaciándote a un agujero. Pides perdón, una, diez, mil veces. Llega el día que te toca perdonar, y son las heridas las que te impiden derramar miel en el oído arrepentido. Silencio.


Ves montañas, picos inalcanzables que te intimidan y te seducen a escalarlos. El camino te rompe las piernas. La cima, al llegar, no ofrece mucho más de lo que tu imaginación había abstraído. ¿Valió la pena el viaje? Sí, si tú lo decides así, como consuelo a lo inútil de una travesía que sólo sirvió para demostrarte que eres capaz de las cosas inauditas que te contarás una y otra vez para darte ánimos al final de tu recorrido.


Falsedades, mentiras. Todos somos presas por acto u omisión de verdades, cometidas por nosotros, para nosotros. Autocomplacencia, la necesidad de cerrar ciclos. Dejas una puerta abierta, no sabes si para entrar o para salir, para que otros sigan entrando o se vayan de aquí.


Aves de vuelo pesado se pasean torpemente en un gris cielo que depara la vacuidad de un inanimado ser al borde del olvido. Aves que descargan su tonada sobre sordos oídos que no desean ser salvados. Esclavos de la sociedad que anhelamos, vasallos de sus deseos, de sus intrigas, de sus imperfecciones. La aspereza de las verdades frías lima las salientes de un animal pútrido que se seca a la luz de la aurora de los amaneceres de alguien más. Mala suerte, para ti es la luz del ocaso.


Abstinencia de razón, escasez de pensamiento. Más cómodo resulta el inerte descanso que el trote de medio día, en esas mañanas que abrasan el pavimento insulso, ni una triste nube que cubra los escasos recuerdos que sudas al pasar. Sólo transitas, sólo existes, no caminas por el destino, ni huyes del punto de partida, ni disfrutas del trayecto. No te quedas porque es peor ser pisado por otros transeúntes. Te paras, caminas, corres, sólo porque de no hacerlo tarda más en llegar el fin a tu cuerpo.


Al fin, la noche llega. No ves, no sientes. Apenas oyes lo que aparenta ser un silbido de tus obstruidos conductos respiratorios. Tragas agua, licores, restos de maquillaje. Todo se amasa tiernamente en el abdomen prominente, abyecto, taponado con masas de pretextos y excusas. Ahora quieres reventar. Piensas que es la luz del tren, pero te topas con la luna. No hay peor castigo para el que desea que su idea en otro camino. Te ríes. Te mueres.



If, someday, someone of you misses this empty body, whisper to the stars...

Saturday, September 26, 2009

In memoriam


Por: Perro


Sentado en la tranquilidad del entierro, el difunto sopesa las situaciones que lo llevaron a dejar de ser lo que nunca fue, y reflexiona en torno a lo muerto que supone estar vivo. El presunto interfecto se aprecia sin vida cuando sus funciones vitales dentro de un marco social cesan, cuando es la misma situación la que le arroja flores al cadáver. Hay muchas formas de morir, casi tantas como excusas para saberse muerto y actuar como vivo, semejante número como deudas quedan al partir el occiso. Se muere cuando termina un trabajo, cuando el ajetreo de la ciudad se vuelve cotidiano y da lo mismo el clima que siempre atormenta por el exceso de sol, la mojada lluvia, el frío que penetra hasta los huesos, la sequedad que se lleva las lágrimas. Se ve a la familia con el mismo gusto que el cerdo al carnicero, atenuadas verdades a medias cercenan la circulación de emociones, se gangrenan los planes y se posan sobre nosotros la pesadez por hacer las cosas y la apatía que produce no hacerlas.


Se pasa por alto la fiesta, el sonar de las campanas que anuncian otras muertes o los ruidos que procuran evitarlas, nos entierra la nostalgia, la amargura, el arrepentimiento. Se nos llenan los ojos de amaneceres no observados y las manos de callos por las cosas que nunca dejamos de hacer pero que no pretendíamos lograr. Los niveles de sueños y alegrías, de por sí escasos, se desvanecen torpemente entre velos de sinsabores y es el final trago de cerveza tibia el que ahoga ese último aliento que quería escapar, más que por señal de vida, por desesperanza. El muerto más bien es un suicida, cómplice silencioso y malsano que por efecto del autosabotaje se encamara desde las ramas más altas de la conciencia, estrujándolas, rompiéndolas, y asesta un golpe mortal al caer a un lecho de recuerdos secos y fríos. Las astillas de ese quebranto penetran poco a poco la inmadura carne que no supo ceder a los caprichos de otros actores que no supieron quedarse al final de la obra, que no hubiera supuesto el desenlace.


Trágica escena, la del cadáver al que no le informaron la hora de morir. Se va desbaratando lentamente a cada paso y deja tras de sí errores, pérdidas, ahorros… ese tiempo que guardaba para vacaciones, esas palabras que pretendía usar el día bochornoso en que se preciara de ser el centro de atención, las mil y un disculpas con los diez mil pretextos y las doscientas promesas a cumplir a futuro. Se le escapan gases hediondos de espera, de ansiedad, de risas ahogadas y sollozos que se evaporan, y riega con su pestilencia el efímero camino que recorre en busca de una tranquila tumba en dónde poner fin a su desgracia. Se le caen poco a poco las cicatrices, va por ahí chorreando sangre color rojo coraje, se lame las heridas color rosa labios y escupe saliva color azul olvido.


A su paso nadie le presta atención, pues está muerto. Ya no grita ni llama, no desvía la mirada ni la lleva perdida, es invisible pero estorboso hasta para sí mismo. Pelea contra el viento de cambio, el movimiento del aire que puede llevarle poco a poco las capas más externas de la piel partícipe del homicidio suicida, esa piel otras veces procurada, deseada, ávida de sentir y ser sentida, ahora olvidada, pisada, tatuada de pena y clavada con alfileres de desgano, de hastío, que evitan la precipitación de los pedazos de pasado que cubren el vacío cuerpo.


Tañen con hartazgo las campanas que avisan al inmundo ser que se ha demorado demasiado en la partida. Repican con sonidos de lejanos te-quieros, de amargos perdones, de inflados te-extraños, de épicos te-recuerdos. Sombría avanza la procesión de fantasmas que siempre temió pero nunca vio de frente y que hoy parten a dar el último adiós a quien deseaban enterrar vivo. Temores, dudas, objeciones, inseguridades y reclamos acompañan el fúnebre cortejo, con su llanto iluminan el paso que otros tantos ya han transitado. Una entraña del exánime se estrella aparatosamente contra el suelo y salpica, de manera patética, restos de música, imágenes, escritos, sabores y olores que alguna vez circularon por el interior de la amorfa masa desvelada.


Al terminar el camino, el fallecido se topa con su realidad pero no la ve, no la siente, no es capaz de reconocer con detalle que el purulento bulto que se refleja en ella no es otro que él (o ella) mismo(a). Con sumo pesar pero aparente placer se funden en un abrazo horrible que apelmaza los restos otrora vivos con un remolino de reclamos, de deseos, de lamentos dichos por los actores presenciales del desvanecimiento… es en vano, el muerto se ha ido.