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Monday, October 16, 2017

Pasos




Por: Perro

A veces.
A veces siempre.
A veces cuando más lo necesito,
a veces cuando más daño me hace.

A veces son pequeños pasos
                Y otras son carreras completas.

Tu presencia inaudible me sigue y me acompaña
A veces me entristece porque no la entiendo
Pero siempre, siempre la agradezco
Porque ilumina.

A veces cuando hace frío
A veces cuando hace miedo
A veces cuando se hace más largo, y solo, y sórdido el camino
A veces cuando necesito un respiro.

A veces.
Sólo a veces.
No únicamente cuando te necesito
Pero sólo a veces.

A veces cuando río.
A veces cuando no termino noqueado por mí o por mi culpa.
A veces cuando no estoy ebrio.
A veces cuando no puedo pensar ni siquiera en mí mismo.

A veces
                recuerdo
casi te siento
                casi
perenne.
               
Imagino
                Echada a mi lado
Corriendo en los pasillos
                Olisqueando los rincones
Con esos pasos que te caracteriz(ab)an
Dormida entre mis pies
Echa bolita antes del amanecer.

Entonces procuro moverme despacio para no asustarte
                Te saludo
Y agradezco mi idea de que estás aquí.

Aunque desearía que estuvieras aquí.

Thursday, July 17, 2014

Desgaste



Por: Perro

No es el cansancio, ni el hartazgo, ni la insufrible cotidianeidad que a fuerza de ser constante hipnotiza. No es desidia, ni desagrado, ni es flojera, acaso. No es miedo o respeto alguno por la página en blanco, por la base vacía, por la carpeta a medio revisar. Podría pensar que la cantidad obscena, insalubre, ridícula de pendientes, podría ser la explicación para mi apatía. Pero no. Ni siquiera es falso existencialismo, sensación de vacuidad, o el desgano mortal producto del entretenimiento pasajero de las masas. Resulta que todo cerebro, aún acostumbrado a trabajar todo el tiempo, toda la vida, simplemente a veces decide: no más. Y así como el conductor cansado al que no se debe tentar, y menos aún, invitar, a continuar su camino, no conviene incrementar la presión a un cerebro recargado. Nunca se sabe de qué manera va a explotar. No se puede predecir hacia dónde se dirigirán sus ácidos contenidos y sus tóxicos gases. Si se fuerza un cerebro, si se le hace perder su liviano equilibrio de fuerzas, podemos desatar la belleza mortal de una supernova.

No se debe aumentar la presión a ese caldo delicado en el que se cuecen lentamente las ideas sobre los conflictos políticos internacionales, la indolencia del mexicano, los recuerdos de tiempos menos graves, los dolores, los pesares, las ausencias, las carencias, los excesos, con trozos de resignación que pelean contra los ideales (reprimidos o no), el agridulce sabor de las escasas victorias, el peso nebuloso de las derrotas; ese caldo que alberga también partículas de miles de millones de favores, compromisos, pedidos, refranes, proyectos, deseos, promesas, sitios por visitar, libros por leer, trabajos por hacer, días por reposar, deudas por pagar (o adquirir), normas por acatar, lazos por atar, ataduras por cortar, vicios por disfrutar, caminos en los cuales perderse y estrellas por contemplar. Conforme pasa el tiempo, se espesa cada vez más, los elementos iniciales van perdiendo forma hasta quedar inmersos en un concentrado amorfo con tantos ingredientes que la memoria se atreve a confundir. En la parte más profunda, más alejada de la luz, se adquiere ese sabor amargo, a quemado, de los miedos, los “deber-de”, “tener-qué”, las falsas poses, las auténticas poses, las envidias, los engaños, las mentiras, las imprecisiones, los errores, las trivialidades que se apoderan de los pensamientos en el momento definitivo, durante el minuto final, al realizar la incisión definitiva. Se amasan y acumulan y caramelizan en una costra difícil de remover, cuyo tamaño, grosor y contenido resulta arduo de estimar. Sólo sabemos que se componen de la materia sobrecalentada del mismo caldo, todo aquello que no logró escapar a la fuente de energía de esta olla que llamamos existencia.

De tanto en tanto, esta masa arroja aromas y vapores agradables, algún pedazo correctamente cocinado cuyo sabor y aspecto es resultado de miles de reacciones y la paciencia para que ocurrieran. Son los menos, por mera entropía. Muchas de las partículas, trozos, y del mismo caldo, se pierden en las brasas al caer inevitablemente producto de la incorporación de nuevas partículas, y trozos y caldo, sin que podamos retenerlas, sin que queramos detenerlas, y sin que siquiera acertemos a percatarnos de su ausencia. En un vano intento por controlar lo que se quema y acomodar lo que se cae, el mismo movimiento empuja por el borde más y más materia amorfa que se vuelve humo, charco, ceniza.

Vivimos por esos afortunados y menos probables resultados finales agradables. Es por eso que seguimos pegados a la olla, es por eso que mantenemos vivo el fuego.

Saturday, March 15, 2014

Sin título, sin palabras



 

“There are no happy endings.
Endings are the saddest part, 
So just give me a happy middle
And a very happy start.”

-Shel Silverstein, Every Thing on it.

Por: Perro

Nunca está uno preparado para las despedidas. Nunca. Nunca imaginé tampoco que la tuya llegaría en marzo, sino más bien hacia finales de diciembre. Marzo es tan temprano, tan cercano. Nunca es una palabra tan triste y tan vacía, tan definitiva. Como cuando se escribe “nunca podré volver a verte”. Como cuando se cae en cuenta que nunca regresaré y te oleré, y me olerás, y te abrazaré y vendrás a recordarme que la computadora durará más que esas tardes. Y no pensé que tendría que decirte adiós así. Y es que uno es ateo y no cree en nada hasta que desea uno un segundo encuentro, un “hasta luego”, un “te veo más tarde”. Uno es escéptico hasta que abre uno la puerta y desea que todo haya cambiado, que ese día no haya nunca pasado, que las malditas pesadillas son así. Y es que uno no cree en caminos y en destinos hasta que se le planta a uno la muerte. Tan rápida, tan inadvertida.

Hoy me enfrento al dolor más cruel que recuerde en los últimos tiempos. Hoy perdí la esperanza de que siguiéramos siendo una familia como la habíamos soñado. Hoy tuve que aceptar que esa barca imaginaria que nos llevaba al futuro se dañó y no nos lleva juntos nunca más. Hoy tuve que olvidar las preocupaciones de cómo viajar contigo a otros países, de cómo iríamos a la playa, de que las vacunas vienen el mes que entra, y tuve que desligarme del hecho de que el mundo me da un descanso al entrar a ese lugar que gracias a tu mamá, a tu hermana y a ti se hizo hogar. Hoy tuve que poner a prueba las palabras que tantas veces me he oído decir, pragmáticamente, que todos somos polvo de estrellas y que a polvo de estrellas vamos a regresar. Hoy tuve que renunciar a volver a ver la alegría, la tuya y la mía, y resignarme a que esos momentos ya no llegarán, sino que se quedarán por siempre como fragmentos en un cerebro que hoy es un poco más pequeño, y mucho más triste. Hoy tengo que inventarme un pretexto para seguir adelante y no pensar que qué pasó, en qué falló, en qué pude haber cambiado. Tuve que quedarme con tu partida en mis brazos, y mi coraje hecho pedazos.

No volveré a sentirte dormir pegada a mí, ni tu pelito moviéndose al saltar, ni tu emoción al verme llegar. Hoy dejas un vacío que nada podrá llenar, ni que pretendo que nada llene jamás. Todos esos pequeños detalles ahora tendrán que vivir en estos recuerdos que por ahora no pueden aparecer sin causar tristeza. Todavía llego y espero encontrar un rastro, una huella, un ladrido, un poquito de la alegría que nos brindabas. Ahora me pesa buscarte por los rincones que te gustaban, comer las cosas que compartíamos, salir y no poder llevarte, dormir y no poder despertar y buscarte. Siempre estarás aunque ya no estés. Porque es fácil decir que el consuelo llega y la resignación aparece y la sobriedad coloca de nuevo todo en su lugar, y que el ajetreo y las responsabilidades y la mierda de cada día ayuda a superar o hacer que duela menos, y es más fácil aún decirlo cuando no se vive, pero lo que realmente termina con todo es tener que tragarse el cuento cuando es uno quien lo experimenta.

Te extraño, Phoebe. Te extraño y te quiero, y eso nunca cambiará. Y nunca dejaré de pensar en que te fuiste muy temprano, pero que seguirás aquí mucho tiempo después de tu partida.


Por tu papá, a diez días de haber tenido que decir adiós.