martes, febrero 11, 2014

Batallas vacías



Por: Perro

De cierta forma, siempre ha sido así. Pero no, nunca antes como ahora. Puedo recordar las mismas sensaciones que se agolpan en mi memoria una y otra vez, con distintos sabores, con distintos matices, pero no con las miradas de ahora. Ese momento al borde del abismo, vulnerable, libre, insignificante y actor único de ese instante. Domado y desbocado, alegre y sumido en la más profunda depresión, el principio y otro final y una nueva trama qué contar. Todo a punto de suceder, y nada más qué esperar después. La cotidianidad que abruma y protege deja absorto ante el universo de posibilidades. Y todas ellas pueden matarse con la indecisión y la apatía. Acaso algunas sobrevivirán si se comienza a andar el camino.

La desesperanza del recuerdo vago de aquel miedo –otrora invencible, o al menos eso parecía- ante la página vacía y retadora, ante el trayecto no andado e invisible por la bruma de la duda y lo perecedero de la existencia. Hoy, la página ya está llena de sentencias que en su momento fueron cálidas ideas, juguetonas todas ellas, sin saber que a cada trazo se escribía el antecedente necesario del panorama que recién descubro. El camino tiene las huellas marcadas… unas apresuradas, otras apenas visibles, otras parecen haber sido tatuadas en el pasado como si no se quisiera dar ese paso, como arrastrando la vida y sus recuerdos, como no queriendo dejar ese paraje. Hoy ya sé lo que es el camino. Y la hoja no vacía.

No busco caridad ni franco desahogo en la acción de compartir este trecho del viaje. Pero a veces interesa platicar con el confiable desconocido, el taxista, el cantinero, el lector anónimo, y saber que el emisor tiene quién le escuche, o le lea. Sin casualidades ni destinos, no queda más que culpar por el sendero al senderista mismo. Y esa batalla, la más sincera, la más honesta, es también la más difícil de librar.

Ante mis ojos, el espíritu hambriento, con odio, con ternura, con tremenda tristeza, con euforia, coraje, el demonio de cien mil cabezas pelea consigo mismo cercenando los cuellos que sostienen las vasijas menos agraciadas, como si quisiera dejar detrás tanto equipaje, y conforme tira las cabezas, éstas se aferran cual cadenas y grilletes, y le dejan inmóvil, apenas capaz de seguir su cacería. Pero no estamos solos. Este dragón y yo, entablados en la escena de elecciones peligrosas, tenemos de fondo innumerables dragones y sus pasajeros, dragones que se mutilan a sí mismos y que hacen hervir la sangre de cuanto espectador puede contemplar algo más que su propia pista. Este reacomodo de cabezas no tiene mayor fin que el fin mismo. Cuando la última cabeza, victoriosa, se ha despojado de todas las demás, incluso de aquellas que le apresaban, ha dejado de pelear. Ya no queda nada más por hacer. Y entonces muere. ¿Es, acaso, menester para vivir esta vida, no dejar de pelear jamás? ¿Qué hay de la promesa, la paz en el pórtico, la limpieza en el ático, la siesta después de la comida? ¿Qué pasa con el dragón, cuando quedas dormido, tan profundamente que es imposible siquiera recordar su aliento en sueños?

Somos el ollin, el desequilibrio, el movimiento perpetuo. Somos andantes condenados al camino, somos recuerdos vivos para alguien más. Somos una sonrisa, una amenaza, una promesa, un disgusto, un error, una inspiración, una tentación. Incidimos sin mayor responsabilidad que la duración de nuestros actos en tantos escenarios distintos que nadie, ni nosotros mismos, podemos decir ideas absolutas de nadie. Ni de nosotros mismos. Porque pocos tienen el valor de hacerse la pregunta, cuando nadie más escucha, cuando no hay nadie más presente que nuestra nimia existencia, cuando no hay más cámaras que la memoria y no más ventanas que un espejo. Y menos viajeros tienen siquiera una estrategia, o acaso una excusa, para responder a la cuestión: ¿Quién carajos eres y en quién te estás convirtiendo?