miércoles, enero 12, 2011

Instantáneas, I

Por: Perro

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Dentro, el despliegue de The Wall, Roger Waters interpretando. Fuera del recinto, una multitud proveniente de distintos sectores de una sociedad demacrada y asaltada por sus propios gobernantes trata de entrar para vivir un poco de este suspiro contra el sistema. Al grito de “¡portazo!”, tratan de derribar una valla metálica. Golpes, CO2 de los extinguidores, tubos, patadas, sillas. Sangre en las caras de los no-asistentes. Waters critica al sistema represor desde sus letras. Ese sistema de corte capitalista que puso el precio elevado en las entradas de su concierto, que a la postre desataría una pelea por los boletos, en taquilla, en reventa y en las puertas. Saña en quienes portan el gafete de autoridad. Y nadie pudo derribar la valla.


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Ser revolucionario no es no usar ropa de marca, no es privarse de conciertos, de espectáculos; no significa ser pobre o dejar de lado su dinero. Revolucionario no es llevar una estampa del Che, o frases en el mensaje personal del Messenger. Una actitud revolucionaria no es unirse a una guerrilla. Ni consumir sustancias prohibidas, comprar piratería, vivir al margen del sistema. No significa no volver a probar refresco, no consumir comida chatarra rápida, no ver la televisión. Ése es el revolucionario pasivo que al sistema le conviene que exista. El revolucionario que se planta con una pose y su ideal es un slogan publicitario. Estos autodenominados revolucionarios no son más que esperanzas mesiánicas para un puñado de gente que prefiere pensar que pensando se cambia el mundo. Ser revolucionario es actuar congruente con lo que se piensa, y pensar que las cosas pueden y deben ser mejores de cómo son ahora, para todos. Y hacer algo al respecto.


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El reto de la hoja en blanco es semejante al reto del camino no comenzado. Ambos se extienden ante nuestros ojos, vacíos, y nos retan a caminar/escribir. Y lo hemos hecho antes. Es sólo que no sabemos cómo llenar con nuestros pasos/letras esas carreteras/líneas. No escribo para nadie en particular, como no camino para alguien en especial. Da lo mismo escribir de una rosa que de la masturbación; al final, alguien se ofenderá. Da igual caminar por la acera que por los carriles, a alguien le estorbaremos/alguien nos estorbará. Para qué estropear la prosa con peticiones inútiles que terminarán siendo aborrecidas por alguien más. Si he de ser odiado, al menos que sea sincero mi trazo/paso.


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¿Qué pasa cuando, tras una partida de ajedrez, quedan los dos reyes solos? ¿Qué ocurre cuando los peones han sido abatidos, los alfiles han sucumbido, no hay más caballos, ni torres, y las reinas se han marchado? Los dos reyes solos no pueden hacerse daño. A esto es a lo que yo llamo diplomacia. Sin ejército de por medio, la excusa resulta perfecta. Cualquier semejanza con la realidad es macabra coincidencia.