lunes, marzo 29, 2010

Suicidio en dos actos



Por: Perro

Primera parte


No era el sendero que deseabas tomar. Sin embargo, lo has recorrido ya con enferma sobriedad. Dista mucho de ser el trabajo perfecto, pero cada día le encuentras un nuevo pretexto. Caminas por los pasillos y empiezas a sentirte cómodo de comer ahí la chatarra que encuentras por entre las calles aledañas, principias a recordar el camino de tal forma que puedes avanzar unos metros sin encontrar obstáculos.

Comienzas a pasar más y más tiempo con menos y menos lamentos; el recuerdo de las tardes y noches en situaciones más acordes con la utopía de otros trabajos es cada vez más nostálgico pero más recuerdo.


El sueldo permite que compres una actitud de desenfado y justifiques el abandono de tus inquietas actividades anteriores, te entregas al empleo en pos de los reclamos y premios de tus jefes. Cada vez tratas de enterrar más los recuerdos del sabor de la libertad de sobrevivir con lo que te hace feliz, más que de vivir con lo que puedes hacer para gente que no le importa conocer siquiera un poco más del ser que habita en ese cuerpo.


El ajetreo de la recién adquirida vida diaria se ha vuelto parte de las razones por las que no tienes tiempo para cambiar el rumbo, mientras que lo adquirido a través de tu salario te ha envuelto en una cadena de deudas y recompensas que hacen más necesario tu nuevo trabajo. Te ha atrapado el capitalismo, felicidades, eres uno más de los que ha escogido la vida


Con un poco de manejo adecuado, de sucumbir a los deseos monetarios de tus propietarios, un día te ascenderán, tal vez tengas la oportunidad de arruinar una vida o dos, y te den un sueldo que te alcance para “vivir como blanco a costa de trabajar como negro”. El reclamo de tus mal meditadas elecciones se hará patente el día que a bordo de tu flamante vida, pases frente a la inmutable sede de tus antiguos flirteos con un mundo mejor, con una postura libre y con un lugar que tal vez te trató mal, pero al menos te conocía.


Segunda parte


No era el sendero que deseabas tomar. Sin embargo, lo has recorrido ya con enferma paciencia. Dista mucho de ser la vida perfecta, pero cada noche le encuentras un distante nuevo sueño. Caminas por tus pasillos y empiezas a sentirte más tranquilo de suspirar los recuerdos de un pasado que no pudo encontrar en el presente un futuro, principias a recordar su presencia de tal forma que puedes avanzar unos metros sin vacilar.


Comienzas a pasar más y más días con menos y menos llantos; el recuerdo de las vivencias y momentos en situaciones más acordes con la fantasía de tiempos más exactos es cada vez más nostálgico pero más recuerdo.

Su ausencia permite que tomes una actitud de abandono y justifiques la entrega de tus momentos a los anestésicos necesarios, te pierdes en el empleo, en el estudio, en los bares, en pos de los recuerdos que no son más. Cada vez recuerdas más el sabor de la libertad de un momento feliz y simple en sus brazos, un beso, una palabra, una mirada, un destello que despertaba en el ser que habitaba en este cuerpo.


El letargo de la recién adquirida ruina diaria se ha vuelto parte de los sinsabores por los que no tienes oportunidades de cambiar el pasado, mientras que lo adquirido a través de tus vivencias te ha envuelto en una serie de dudas y tristezas que hacen más deseable tu anterior andar. Te ha atrapado el valemadrismo, felicidades, eres uno más de los que ha escogido la muerte


Con un poco de manejo inadecuado, de sucumbir a los deseos alcohólicos de tu cerebro, un día te matarás, tal vez tengas la oportunidad de arruinar tu vida una vez más o acaso dos, y te den un golpe que te alcance para recordar que “el que a hierro mata, a hierro muere”. El reclamo de tus mal meditadas elecciones se hará patente el día que a bordo de tu desfigurada vida, pases frente a la inmutable sede de tus antiguos deseos de un mundo mejor, de un sueño libre y de una experiencia que tal vez te trató mal, pero al menos te quería.

viernes, marzo 12, 2010

Once upon a time...


Por: Perro

Se admiraba por las imágenes que provenían de todas las escenas que se pintaban a su paso. Una mirada jugueteaba a encontrar formas conocidas entre los distintos espacios-tiempos retratados en las paredes de un pasillo interminable. Las mil posibilidades que se esconden tras cada cita con el pasado y el futuro la asombraban.

Un campo regado de aromas frescos de primavera, el frío del invierno que recuerda que ningún otoño es eterno, un amanecer que oculta tras de sí los anocheceres que deja a su paso. El rojo, el azul, el amarillo… un pálido violeta que asoma en el centro de sus pupilas y se desvanece en el sueño del vuelo, en la inmensidad de un paisaje que no existe.

El beso más nítido, más sincero… el dolor de la partida. El mismo pasto que ameniza una tarde naranja cubre cementerios en mañanas más lejanas. Imágenes la perturbaban conforme no ubicaba su inicio y a veces desconcertaba su desenlace. Las manos que tejen historias de rumbos conocidos y aventuras confortables. La cálida mirada de un amor que nunca muere. El cabello más hermoso que jamás hubiese visto emanaba canciones de espera que recorrían las paredes y se desparramaban en aceitosos colores que eran pisados a su paso.

Embriagantes desfiles de sabores que nunca había probado pero que de extraña manera le recordaban los eventos que habrían de venir y que jamás previó. El frío del agua matinal en febreros soleados y el calor de la sopa maternal de aquellas noches al final del año. Una sensación de aprecio por cadenas impuestas que evitan que despegue: el miedo a alcanzar horizontes. Toma una mano y siente al otro, vivo, siente lo que despierta en él. Agridulces tintes nublan su visión periférica mientras se derriten las cadenas, cortinas de humo envuelven su ser y lo despojan de la cómoda prisión.

Está a centímetros de los ojos que más podrá amar jamás: familiares pero olvidados, el pasado ha hecho que pocas veces los haya visto con intención. De pronto se agolpan las imágenes sobre su frente inmediato: olor a flor de amanecer, canto del ave de cuatrocientas voces, una fuerza geológica, un mar profundo y desconocido, la estética absoluta, el tacto de la mariposa que desciende, mirada de mujer, intuición de niña, sueño mitigado por realidades relativas a pasados y personas y tradiciones y cultura, suaves instintos avivados por sensaciones de un amanecer, miedo con hedor y bravía fría, ternura maltratada y coraje mal habido. Labios imposibles, ojos improbables, se arquean las cejas simultáneamente en la imagen y en su ser. Ante sus ojos se construía contra su voluntad el ser más maravilloso que jamás hubiese visto, destellos de locura impregnan cada detalle vívido y lo enfatizan delicadamente.

No eran más que espejos…