jueves, noviembre 19, 2009

La penúltima cruzada


Por: Perro

Estamos una vez más fuera de este mundo. Te miro, hablas y no te escucho del todo. Recorro con la vista sigilosa cada rincón de tu rostro. Parpadeo y cada vez que abro de nuevo los ojos reconozco patrones que me inclinan a explotar.

Me llenas de miradas que con el atardecer se desvanecen por saber que no es a mí a quien tú buscas. Espera el leopardo en las alturas, con el viento en contra, con el juego a favor. Un instante de cercanía desata los eventos siguientes. No puedo evitarlo, mi mano recorre tu mejilla; unos ojos desconcertados observan pero no recriminan. Se cierran un momento, me preguntas: -¿Qué estás haciendo?-, con la cara hacia el suelo. No acierto a contestar, con la otra mano tomo tu brazo, como pidiendo el beneficio del silencio.

Mi pobre olfato distingue entre el olor de tu perfume y el olor de tu aliento… el perfume delicado, como pensado en el color de tu piel; tu aliento a maíz de cine, a uva, a pulmón que desea gritar para detener toda la puesta en escena.

Por un momento dejamos de existir. Mis ojos dejan de percibirte y sólo el temblor de una mano sudorosa me indica de lo cerca que está mi cuerpo de cometer una idiotez. Exhalo un último suspiro, el cálido aire expelido recorre tu cuello y se pierde al inicio del discreto escote. Me acerco –el leopardo ha bajado del árbol pero no ataca convencionalmente- suave, suave, una pluma toca el agua apenas mecida por la brisa. Siento tu respiración en mi mejilla, sientes mi miedo sobre tu piel.

Tus rosas labios, como presintiendo lo complejo del asunto, se humedecen sutilmente con la punta de tu lengua carmesí; no bien has escondido de nuevo el frágil órgano mi boca lo detiene con singular alegría. La suerte está echada –El leopardo muerde el cuello débil de su presa, quien no lucha: se sabe presa-, prosigue un vaivén de suaves destellos entre tu boca y mi hocico, entre dos olas, entre dos volcanes.

Mis manos tocan tu torso a la altura de tu pecho, en la porción lateral. Algo te hace brincar, echas un poco atrás el cuerpo, tu cabello cosquillea mi rostro mientras se mueve en retirada de la escena. No sabemos cómo terminar el momento, ni qué siga. Mientras el punto de contacto se hace cada vez más distante, abres los ojos con un brillo en el iris… el de la duda. Con mi mano en tu sien te solicito un poco más de silencio. Conforme se apaga la tarde, se extingue la cercanía. De pronto estalla: ¿Qué…? Lo podas de raíz. Entiendes que pasó así porque lo necesitábamos. Recorres mi mejilla con la palma de tu mano derecha, como comprobando que lo que acabas de sentir fue producto de otro ser real; yo resuelvo mi duda con el mismo tacto. Abres los labios: inevitable desenlace… me pierdo en ti de nuevo…

El sol de la ventana recuerda que es hora de la cotidianeidad. Por fortuna sólo fue un ensayo de mi cerebro. Quién sabe qué tiene que desde que no me atrevo a hacer las cosas las hace por mí. Me muestra los finales… me advierte de las consecuencias de los actos nunca cometidos. Qué bueno que no te perdí. Momentos así están hechos para amores eternos –de ésos que duran unos meses- o para personas que buscan pretextos dulces para alejarse. O para los pocos amigos locos que entienden el cariño humano como algo más fisiológico, más libre, más humano. No para tu moral ni para mi pasado.

El valor de tu amistad es mayor que el deseo de experimentar una sola vez el placer de tu proximidad. ¿Acaso podrías soportar el resto de tus días con ese anochecer en tu mente?

Así fue


Por: Perro


Ésa noche me probé a mí mismo que podía beber más de lo que pensaba, y que eso podía romper promesas. Otra noche puse en riesgo una vida aparte de la mía. De madrugada caminamos horas y horas por vacías avenidas. Cambiamos de sueños como cambiamos de escenarios. Un grito de alegría ahoga un momento de pésame. Sí, la felicidad de uno, el efímero momento a disfrutar, es el sepulcro de llantos ajenos.


Hay aciertos tardíos y errores permanentes, segundas vueltas y momentos finales. Está la magia, sí, del lugar que sólo se visita una vez, y la nostalgia de lo no vivido, pero también la adrenalina de lo prohibido y la relajación que provoca lo seguro.


Recuerdos, juramentos; momentos, remordimientos. ¿Estás consciente de tu papel en el desarrollo de tu vida? ¿Entiendes el azar? ¿Comprendes la voluntad? ¿Querer es poder? No hay destinos, no hay caminos trazados. No hay determinismos –bueno, sí, pero son muy pocos- y por tanto no hay excusas por adelantado –bueno, sí, pero son muy pocas-.


¿Qué pendientes dejas de lado cuando vives? ¿Qué responsabilidades cargas cuando sueñas? ¿Qué te pesa cuando vuelas? Pocas cosas son más tristes que un cadáver muerto, y una de ellas es un cadáver vivo. Tu vida es jazz con sabor a salsa para unos y a marcha fúnebre para otros. ¿Acaso importa?

miércoles, noviembre 04, 2009

A la luz de las mismas estrellas


Por: Perro

No hay días tristes, el problema es cuando llega la noche. Breves instantes, tu vida y la mía. Grandes anhelos: decir “siempre”, “nunca”, “al final”, “desde el principio”. No hay absolutos cuando se trata de existir. Mucho tiempo atrás te vi por primera vez, más no sabremos si me veía yo. Ahora los dos somos cualquiera, nos movemos a lo largo y ancho de nuestras realidades. Una vez senderos, se han cubierto con hierba. Una vez mares, lodo se abre paso. Tanto se recuerda que se hace eterno, se distorsiona y dudamos de su autenticidad. Se cruzan los caminos, más nadie advierte que un cruce contiene por definición la perpendicularidad. A estas horas sueñas, otros más te pensamos. Cuando me pienses, estaré inconsciente. Estamos techados por el mismo cielo, bebemos de la misma agua, vivimos los mismos tiempos. Vimos el camino tan distinto, ahora contemplamos distintos horizontes.

Me heriste, te herí, nos herimos. Te curé, me curaste, nos curamos. Fuimos lo que necesitábamos y luego necesitamos irnos. Hoy recuerdo, y suspiro. Tantas heridas pasadas nos han vuelto más fuertes, pero más fríos, secos, duros, insensibles. Insensibles al dolor ajeno, al provocado por nosotros. Podríamos pasar el uno junto al otro, lo hemos hecho. Algo dentro se tuerce, cada vez menos perceptible. Podríamos hablar horas, lo hemos hecho. Torpes recuerdos se agolpan en la garganta, cual lágrimas en los ojos. Aprendí a esquivarnos, aprendiste a no tocarme. Cada paso te lleva a más gélido, te acompaño a lo lejos. No sabes quién es el que escribe, no sé quién me lee. Al final pasa lo mismo que siempre y que nunca ocurrió: quisiste, quise, quisimos. No hicimos, no hiciste, no hice. Hablamos, pero callamos. Luego nos dejamos y no queda más que la incertidumbre de no haber hecho más, de haber querido hacer menos. Y volvemos los ojos al cielo, y vemos que tan infinitas posibilidades nos llevaron sólo a contemplarles más plácidos, más viejos, más muertos.

No hay culpas, no hay arrepentimientos, no regrets. Milímetros deliciosos se convirtieron en fríos kilómetros. Nada regresa a la vida, el recuerdo es sólo el analgésico prescrito para esos malos momentos a medio anochecer en que no se sabe qué se siente. La esperanza es un placebo emocional. El llanto, una liberación de oxitocina que relaja fisiológicamente y agota al cuerpo para que descanse la mente…