domingo, octubre 18, 2009

Sucesos improbables





Por: Perro


La historia que nunca pasó…


-1-


Tú, recostada en el sofá, con una almohada en la espalda. Aroma a café, tarde –ya casi noche- nublada. El perro durmiendo a tus pies. Llovizna. Un pedazo de pie de manzana a medio comer. Friends en la televisión. Caes dormida y sueñas con un galgo y un caballo blanco. Afuera una ambulancia a velocidad. Tu sueño: lo besas, apasionadamente, y los animales sólo observan. ¿Qué es eso que llamamos amor? Llueve francamente ahora. Un relámpago y te acurrucas. La luz se extingue. Tus pies sobresalen del sofá; una brisa los acaricia. Se intoxica el ambiente con el perfume que se desprende de tu cabello al moverte suavemente entre los cojines. El perro levanta la cabeza, otro trueno.


Sueñas un pasillo lejano, agarrada de su mano. Atardecer. No más galgo, no más caballo. El jardín se empapa, se ven desde las puertas de vidrio cómo se funden los pastos que soportan la tormenta con las enormes gotas que caen, en un profundo verde azulado teñido de gris. Tú duermes, y mientras tanto el mundo sigue. No te pidió permiso para continuar, simplemente tu tranquilidad le vale madres. Despiertas. Cierras la ventana que se abre paso por tu campo visual. Te vas a tu cuarto. Alguien dejó de existir.


-2-


Regresas a casa. Madera y vino invaden el ambiente. Te quedan seis años de vida. Esa tarde encuentras a tu mejor amigo de la preparatoria en las noticias. – ¿Será que aún se acuerda de nosotros?-. Un recuerdo repentino y absurdo te invade.


The Doors en el radio, cuatro cerebros a alta velocidad en una carretera. Fin de semana a la playa. Cervezas apagan la sensación de cautiverio alojada en la gran ciudad. Conforme se desvanece la mañana, se acaba el alcohol. Orinas al pie del camino, se siente el viento que corre desde los húmedos campos. Se escuchan los automóviles que huyen despavoridos del monstruo citadino. Llegan a la casa de sus tíos. Caldo de res, refrescos -¡qué pinche mareo! Debieron haber sido más de 12 cervezas-. La noche fresca, dos cajas de ámbar frescura. El malecón iluminado se extingue para dar paso a la arena, las olas. Solo la luna contempla la promesa de repetir el viaje tanto como se pueda. Un Chevy viejo espera las tres de la mañana y el fin de las canciones forzadas que supuran por sus bocinas. Te duermes. Se estaciona frente a su destino final. -¡Llegamos!- desearías no amanecer. Todo da vueltas, te vas a torcer el pie.


Anuncia que el año fiscal no será el mejor de la historia. Adiós al aumento de febrero. –Ojalá lo vea algún día-.


-3-


Un día nos conocimos y hasta que me enterraste no nos separamos. Te arreglas un poco el cabello mientras leo crítica política. Hueles a sandía, a maquillaje, a talco, a shampoo, a fresa, a delirio. Tu silueta resalta de la blusa que te has puesto. Cada detalle se hace estéticamente implacable: el broche del brassiere situado en la espalda se define debajo de la delgada tela, unos cuantos cabellos que brotan del arreglo de tu cabeza se pierden en el horizonte a la sazón de la luz que reflejan, un raspón blanquecino en la mezclilla de tus jeans a la altura de la rodilla recuerdan el trote y el pasar del tiempo. Un beso coqueto en el borde de mi boca y una disculpa –ya casi termino, ¿ok?- Asiento, y antes que te vayas, mis manos cometen el crimen.


Te tomo de la cintura, te arrastro suavemente a donde espero y te beso, te arruino minutos de labial. La lengua saborea el interior de tus mejillas, tus dientes responden con sutileza. El aroma se clava en los pulmones y algo me dice que no saldremos esta tarde. Te desabrocho el pantalón y subo tu blusa lentamente. Te retiras: -¡se hará tarde!-. Un beso en la frente y tu sonrisa que se tatúa en mi encéfalo. Te vas. Inevitable voltear a ver tu partida, me embeleso con la imagen. Volteas, sentiste mi mirada -¿y ahora qué?- preguntas. –Es como si…- me detengo, y pienso: si tus besos me duraran para siempre, si este momento no terminara, si el universo se detuviera… pero es más reto que avance y sigamos, porque lo que vale la pena rara vez dura más de algunas tardes -… se me antojara un vaso con whiskey-. Me ves extrañada. El precio que pago por no romper un momento. A veces me pierdo en lo asombroso de la cotidianeidad y prefiero no asustar a nadie con la locura de mi pensamiento.


-4-


Es de madrugada. Llueve pausadamente, como con pereza, como con desidia de cada gota que se resiste a morir contra el pavimento. Tú no lo sabes, pero todo acabó. Sueñas y no es conmigo. Tus manos suaves nunca volverán a tocar este rostro, y tal vez sea lo mejor para ti. Por meses me han dicho que te daño, que te he alejado de tu familia, de tus amigos, que invado las conversaciones con mi nombre. Esas piernas nunca volverán a sentir mis ansias sobre sus muslos, ni tus botones de aquella blusa a rayas serán casi arrancados por la desesperación por encontrarme como por vez primera con la piel de tu torso. Parece que sonríes. Si estuviera ahí -¿lo estoy?- te acariciaría el cabello, me quedaría oliendo la mano llena de ti, mezclada con el olor a cigarro barato característico de mis dedos. La calma de la noche que te envuelve se alberga en mi corazón. Te envuelve como alguna alocada tarde te envolvieron mis besos por todo tu delicado cuerpo, como mis fuertes manos te apretaron por el deseo de nunca soltarte. Pero el tiempo hizo que te soltara. Los caprichos de un errante cerebro que sucumben ante el sincero cariño que despierta en tu corazón. De hoy en adelante eres libre de nuevo. Nunca presa, pero ahora libre.


Una última poesía te compuse, se escribió con sangre en el pavimento.

sábado, octubre 10, 2009

Un llamado a la congruencia


Por: Perro


Estimado lector:


Es evidente que este es un espacio –suyo, sí; tan suyo como mío y el de mi colega- de creación literaria y crítica sociopolítica. Sin embargo, como toda obra artística, usted es sólo la mitad de la participación. El escritor ha generado este rincón para poder expresarse libremente y exponer su obra literaria. Aclaro que dichos textos no se hacen pensados en situaciones particulares o en forma de venganza, reclamo u ofensa; es más, no necesariamente reflejan situaciones vividas por el autor: si bien algunos de ellos son textos autobiográficos, otros son meramente experimentación artística o incluso basados en historias de terceros.


No omito apuntar que, al igual que cualquier pieza de arte, la producción del texto por lo general no va encaminada a despertar un juego de pensamientos en un interlocutor: para ello, los que escriben enviarían un mail, carta o mensaje a la persona a la que va dirigido. Es, por lo tanto, poco lúcido ofenderse por algo que no tiene la intención de lastimar al receptor. Si a usted, estimado lector, le ofenden las escenas violentas en los noticieros, es sólo su decisión dejar la transmisión del canal y continuar observando. Si una puesta en escena, una escultura o un cuadro le parecen grotescos, nadie le obliga a quedarse en ese lugar. Pero no puede por ello arremeter contra el artista –independientemente de que se nos pueda colocar en dicha categoría o no-, no puede demandar a la televisora y no puede destrozar la obra… peor aún sería siquiera insinuar al escritor que cambie su forma de escribir.


Así que, si usted no se considera apto para este tipo de lecturas, se le invita a no reclamar y abstenerse de la lectura de este sitio.


Citando nuevamente a una gran amiga: “Cada quien es responsable de lo que siente”…

Seis horas antes del exilio



Por: Perro


¿Qué es de la vida sino pasajes asombrosos con penas y rabia, con llantos, alegrías y desastres? Pequeños accidentes, grandes incidentes. Un segundo, un trago, y la vida se fue en ello… mil destinos con un solo pasado. Hay quienes viven en la imitación, albergados a la sombra de trazadores de caminos, por miedo a equivocarse en el suyo propio. Hay quienes prefieren andar sobre sus pasos de nuevo, por temor a salir del confort que provoca el eterno hastío de lo cotidiano.


Hay quien se arriesga y muere en el intento, sólo para renacer más fuerte, más viejo, más adolorido pero más seguro. Cicatrices que cada vez sanan más rápido, la experiencia que socava sus ríos por toda tu anatomía, las palabras que hieren cada vez con menos eco, con menos sangre. Sangre, cada día más espesa, menos viva.


Buscas: primero en sueños, luego en botellas, al final entre el polvo. Proyectas: primero a la frontera inmaterial de un infinito etéreo, para terminar vaciándote a un agujero. Pides perdón, una, diez, mil veces. Llega el día que te toca perdonar, y son las heridas las que te impiden derramar miel en el oído arrepentido. Silencio.


Ves montañas, picos inalcanzables que te intimidan y te seducen a escalarlos. El camino te rompe las piernas. La cima, al llegar, no ofrece mucho más de lo que tu imaginación había abstraído. ¿Valió la pena el viaje? Sí, si tú lo decides así, como consuelo a lo inútil de una travesía que sólo sirvió para demostrarte que eres capaz de las cosas inauditas que te contarás una y otra vez para darte ánimos al final de tu recorrido.


Falsedades, mentiras. Todos somos presas por acto u omisión de verdades, cometidas por nosotros, para nosotros. Autocomplacencia, la necesidad de cerrar ciclos. Dejas una puerta abierta, no sabes si para entrar o para salir, para que otros sigan entrando o se vayan de aquí.


Aves de vuelo pesado se pasean torpemente en un gris cielo que depara la vacuidad de un inanimado ser al borde del olvido. Aves que descargan su tonada sobre sordos oídos que no desean ser salvados. Esclavos de la sociedad que anhelamos, vasallos de sus deseos, de sus intrigas, de sus imperfecciones. La aspereza de las verdades frías lima las salientes de un animal pútrido que se seca a la luz de la aurora de los amaneceres de alguien más. Mala suerte, para ti es la luz del ocaso.


Abstinencia de razón, escasez de pensamiento. Más cómodo resulta el inerte descanso que el trote de medio día, en esas mañanas que abrasan el pavimento insulso, ni una triste nube que cubra los escasos recuerdos que sudas al pasar. Sólo transitas, sólo existes, no caminas por el destino, ni huyes del punto de partida, ni disfrutas del trayecto. No te quedas porque es peor ser pisado por otros transeúntes. Te paras, caminas, corres, sólo porque de no hacerlo tarda más en llegar el fin a tu cuerpo.


Al fin, la noche llega. No ves, no sientes. Apenas oyes lo que aparenta ser un silbido de tus obstruidos conductos respiratorios. Tragas agua, licores, restos de maquillaje. Todo se amasa tiernamente en el abdomen prominente, abyecto, taponado con masas de pretextos y excusas. Ahora quieres reventar. Piensas que es la luz del tren, pero te topas con la luna. No hay peor castigo para el que desea que su idea en otro camino. Te ríes. Te mueres.



If, someday, someone of you misses this empty body, whisper to the stars...