sábado, septiembre 26, 2009

Porque la vida es ahora...


Por: Perro


Recicla:


Vidrio Plástico Madera


Amores Papeles (con tus escritos o no)


Metal Compostea tus errores Regala tu pasado si ya no lo usas


Tela Botellas vacías The same old fears…


Ahorra:


Agua Emociones Dinero


Alimentos Gasolina Momentos


Pensamientos Sentimientos Vida…


Sensaciones Palabras Molestias Tiempo


Tal vez alguien más los disfrute por ti.

He ahí lo frustrante de recibir una herencia…

In memoriam


Por: Perro


Sentado en la tranquilidad del entierro, el difunto sopesa las situaciones que lo llevaron a dejar de ser lo que nunca fue, y reflexiona en torno a lo muerto que supone estar vivo. El presunto interfecto se aprecia sin vida cuando sus funciones vitales dentro de un marco social cesan, cuando es la misma situación la que le arroja flores al cadáver. Hay muchas formas de morir, casi tantas como excusas para saberse muerto y actuar como vivo, semejante número como deudas quedan al partir el occiso. Se muere cuando termina un trabajo, cuando el ajetreo de la ciudad se vuelve cotidiano y da lo mismo el clima que siempre atormenta por el exceso de sol, la mojada lluvia, el frío que penetra hasta los huesos, la sequedad que se lleva las lágrimas. Se ve a la familia con el mismo gusto que el cerdo al carnicero, atenuadas verdades a medias cercenan la circulación de emociones, se gangrenan los planes y se posan sobre nosotros la pesadez por hacer las cosas y la apatía que produce no hacerlas.


Se pasa por alto la fiesta, el sonar de las campanas que anuncian otras muertes o los ruidos que procuran evitarlas, nos entierra la nostalgia, la amargura, el arrepentimiento. Se nos llenan los ojos de amaneceres no observados y las manos de callos por las cosas que nunca dejamos de hacer pero que no pretendíamos lograr. Los niveles de sueños y alegrías, de por sí escasos, se desvanecen torpemente entre velos de sinsabores y es el final trago de cerveza tibia el que ahoga ese último aliento que quería escapar, más que por señal de vida, por desesperanza. El muerto más bien es un suicida, cómplice silencioso y malsano que por efecto del autosabotaje se encamara desde las ramas más altas de la conciencia, estrujándolas, rompiéndolas, y asesta un golpe mortal al caer a un lecho de recuerdos secos y fríos. Las astillas de ese quebranto penetran poco a poco la inmadura carne que no supo ceder a los caprichos de otros actores que no supieron quedarse al final de la obra, que no hubiera supuesto el desenlace.


Trágica escena, la del cadáver al que no le informaron la hora de morir. Se va desbaratando lentamente a cada paso y deja tras de sí errores, pérdidas, ahorros… ese tiempo que guardaba para vacaciones, esas palabras que pretendía usar el día bochornoso en que se preciara de ser el centro de atención, las mil y un disculpas con los diez mil pretextos y las doscientas promesas a cumplir a futuro. Se le escapan gases hediondos de espera, de ansiedad, de risas ahogadas y sollozos que se evaporan, y riega con su pestilencia el efímero camino que recorre en busca de una tranquila tumba en dónde poner fin a su desgracia. Se le caen poco a poco las cicatrices, va por ahí chorreando sangre color rojo coraje, se lame las heridas color rosa labios y escupe saliva color azul olvido.


A su paso nadie le presta atención, pues está muerto. Ya no grita ni llama, no desvía la mirada ni la lleva perdida, es invisible pero estorboso hasta para sí mismo. Pelea contra el viento de cambio, el movimiento del aire que puede llevarle poco a poco las capas más externas de la piel partícipe del homicidio suicida, esa piel otras veces procurada, deseada, ávida de sentir y ser sentida, ahora olvidada, pisada, tatuada de pena y clavada con alfileres de desgano, de hastío, que evitan la precipitación de los pedazos de pasado que cubren el vacío cuerpo.


Tañen con hartazgo las campanas que avisan al inmundo ser que se ha demorado demasiado en la partida. Repican con sonidos de lejanos te-quieros, de amargos perdones, de inflados te-extraños, de épicos te-recuerdos. Sombría avanza la procesión de fantasmas que siempre temió pero nunca vio de frente y que hoy parten a dar el último adiós a quien deseaban enterrar vivo. Temores, dudas, objeciones, inseguridades y reclamos acompañan el fúnebre cortejo, con su llanto iluminan el paso que otros tantos ya han transitado. Una entraña del exánime se estrella aparatosamente contra el suelo y salpica, de manera patética, restos de música, imágenes, escritos, sabores y olores que alguna vez circularon por el interior de la amorfa masa desvelada.


Al terminar el camino, el fallecido se topa con su realidad pero no la ve, no la siente, no es capaz de reconocer con detalle que el purulento bulto que se refleja en ella no es otro que él (o ella) mismo(a). Con sumo pesar pero aparente placer se funden en un abrazo horrible que apelmaza los restos otrora vivos con un remolino de reclamos, de deseos, de lamentos dichos por los actores presenciales del desvanecimiento… es en vano, el muerto se ha ido.